martes, 22 de septiembre de 2009

Una isla para tres

Me levanté esperando ver el techo de mi camarote al abrir los ojos. Pero en lugar de eso, contemplé el techo de una cueva. Entonces volví a recordarlo todo: ya no me encontraba en el barco pirata capitaneado por mi cuñado, el joven Guillaume-Thomas Lebon, sino en una isla. Jacqueline se hallaba a mi lado, ya despierta, sentada; y el pelirrojo Antoine Blanc, a varios metros, durmiendo. La tarde anterior, Jacqueline había discutido con Guillaume-Thomas, y este nos había enviado a los calabozos a ella, a Blanc y a mí, por haber intervenido en la disputa. Blanc, estando borracho, había tirado una vela encendida en la celda, y afortunadamente, los tres habíamos logrado escapar de allí, y llegar sanos y salvos a una isla, flotando en colchones. La comida del baúl que Guillaume-Thomas nos había dejado se estaba acabando, tendríamos que arreglarnos para obtener más alimentos.
Blanc se incorporó, frotándose los ojos y las mejillas.
-¡Espigado, rubita, venid conmigo, hay que explorar la isla! –nos dijo.
Le pedí que se dejase de motes y luego cogí a Jacqueline de la mano. Blanc corría por la arena, parecía muy contento. Nosotros, no tanto. Subiendo una cuesta había una montañita, y de allí provenía un riachuelo. Nos paramos a beber y a lavarnos la cara. Pero de repente, Blanc agarró a Jacqueline y la cogió en brazos, al borde del agua, diciéndole:
-¿A que te tiro? ¡Estás sudando, necesitas bañarte!
-¡Para, bájame! –le pidió Jacqueline-. ¡Joachim! –acudió a mí.
Blanc la balanceó un poco más, entre sus brazos, y finalmente la soltó. Él sí que se lanzó al río, completamente vestido y sonriendo.
-¡Mira, Jacqueline, no pasa nada! –exclamó.
Pero ella ya se había ido.
-Tu esposa no parece muy contenta –me dijo Blanc -. Y eso es malo para la convivencia entre los tres. Vete a tranquilizarla.
Lo que me costó fue encontrarla. Estaba bajo un árbol, en el extremo de la isla.
-Blanc a veces fastidia, ya lo sabes, pero no lo hace en serio –le dije.
-Blanc es parecido a Guillaume, pero peor –comentó Jacqueline-. Estamos aquí por su culpa, es un estúpido, él quemó la celda...
-Guillaume vendrá a buscarnos. Dijo que no quería deshacerse de nosotros, que nos necesitaba en el barco. Solo tenemos que aguantar un poco.
Volví a la cueva con Jacqueline, y allí ambos nos encontramos con Blanc, que estaba cocinando un gran animal.
-Hay bichos como este por ahí, entre los árboles –nos dijo-. Y además... ¡hay cocos! Creo que alimentan, probad uno.
Cortó uno de esos frutos con una navaja y se lo dio a Jacqueline, besándola en la mano.
-Toma, y perdona por lo de antes –le dijo-. No estabas sudando, solo era una broma.
Al cabo de un rato, Blanc le preguntó:
-¿Te gusta el coco?
-No demasiado –dijo ella.
-Pues a ver si te gusta más la carne.
-No, la carne que sea para vosotros. Yo prefiero la comida del baúl de Guillaume.
-La carne llega para todos –le dije-. Y sobra.
-Ya, Joachim, pero a mí... esos animales así, “matados aquí mismo”... no sé, habiendo otra cosa, la prefiero.
Blanc se rió.
-¡Pues a ver qué comes cuando se terminen los alimentos de tu hermano! –dijo-. ¡Y a ver si la educas, Joachim, para que sea más conformista! Y preocúpate de instruirla un poco más. Los animales “matados aquí mismo” son los que mejor saben.
-¡Eso dice todo el mundo, pero habiendo otra cosa, la prefiero! –gritó Jacqueline-. ¡Y no he dicho que vaya a rechazar la carne cuando no haya otra comida! Tú no eres el único capaz de sobrevivir aquí. Piensas que eres un héroe, pero no impresionas a nadie. Déjame en paz, Blanc, déjame en paz.
-Lo haré si me apetece.
Yo me di cuenta de que la discusión estaba yendo demasiado lejos.
-Eh, tranquilos –dije-. Vamos a comer.
Blanc no parecía demasiado dispuesto a hacerme caso, pero finalmente paró con la discusión. No obstante, por la tarde tuvieron otra. Jacqueline fue al río a lavarse la cabeza y Blanc, cuando la vio de vuelta con su rubia melena humedecida, le dijo:
-Estás muy guapa, el pelo te ha quedado muy bonito, ¿tenías algún producto guardado?
-No –respondió ella-. Pero me he echado fruta.
Blanc le gritó entre insultos que necesitábamos la fruta para comer.
-No es para tanto –le dije al muchacho-. Hay fruta de sobra, y la higiene también es importante para evitar enfermedades.
Blanc se contuvo entonces, pero mientras preparábamos la cena, el joven provocó a Jacqueline, mostrándole cada alimento y diciéndole: <>.
-Bueno, Blanc, ya vale –respondió ella.
-No, lo digo porque yo siempre me froto con pescado antes de darme un baño –se burló él.
-¡A ver, déjala de una vez! –intervine.
Miré a Blanc con seriedad y él se calló. Acaricié a Jacqueline y susurré:
-Es cierto que estás muy guapa.
Noté que ella no dejaba de mirarme durante la cena. Blanc le inspiraba desconfianza, y entonces recurría a mí para sentirse segura. Sus miradas parecían decir: <>. Yo deseaba quedarme a solas con ella, pero no hice nada, no iba a decirle a Blanc que se marchase.
Jacqueline, después de comer, se apartó un momento y Blanc aprovechó para decirme:
-¿Qué le pasa? Todo la molesta.
-Le pasa que está en una isla, en estas condiciones y... que te metes con ella. Así, no sé qué esperas que haga –le reproché.
-Solo intento bromear. Me cae simpática la nena, no pretendo ofenderla. ¿Pero tú...? Bueno, ahora ya estáis casados, pero cuando empezaste a conocerla, ¿qué hiciste para caerle bien?
-La he tratado bien, Blanc. Ella... verás, si te portas de esa forma, no va a confiar en ti, se sentirá intimidada. Tiene sus cosas, sus pequeños defectos, pero yo también, y a mí no me dices nada. ¿Por qué te metes con ella y conmigo no? Al hacer eso, ella nota que la tratas diferente, y no le gusta. Además, es muy tímida. Tiene que saber que puede confiar en ti. Debes ser amable y no reprocharle todo lo que hace.
Blanc sonrió.
-Haré lo que pueda –prometió.
Jacqueline volvió y Blanc me dijo al oído:
-Intentaré hacer lo que me sugieres, pero antes, vete a tranquilizarla. Si está nerviosa, las cosas me saldrán peor.
Yo me acerqué a ella y la invité a salir de la cueva y disfrutar del paisaje. La joven aceptó.
-No estamos tan mal –le dije, a la luz de la luna-. Si nada de esto hubiera pasado, no nos encontraríamos juntos frente al mar, bajo el cielo estrellado, a comienzos del mes de febrero. Nosotros, la naturaleza... esto me parece muy romántico.
-Romántico... si lo tuviésemos bajo control –opinó-. Unas vacaciones en esta isla... estarían bien, pero... si supiésemos que un barco vendría al cabo de un tiempo a sacarnos de aquí. Y sin Blanc. Nosotros dos solos.
-Pero ahora, ahora mismo, estamos bien. Blanc... está en la cueva, es como si nos encontrásemos solos. Intenta aprovechar estos momentos. Mira, si nunca hubieses renunciado a ese matrimonio que Martel tenía planeado contigo, si lo hubieses aceptado a la fuerza desde el principio, no te habrías subido al barco en el que nos conocimos. Guillaume no te habría capturado, y ahora, seguro que tú no estabas aquí, en esta isla. ¿Y qué piensas? ¿Estás contenta de haber huido del matrimonio forzoso, y de haberme conocido a mí, o habrías preferido casarte con Martel y vivir con él, sin sobresaltos?
-Joachim, te quiero, ya lo sabes –me dijo-. No me voy a arrepentir nunca de que nos hayamos casado. Sea donde sea, quiero estar contigo.
Primeramente, el objetivo de decirle estas cosas a Jacqueline había sido obedecer a Blanc, tranquilizar a la chica para que luego ella y él apartasen sus diferencias y se llevasen mejor. Pero ahora que la tenía tranquila, había que aprovechar. La llevé lejos de la cueva, al cerro, desde donde se veía toda la playa. Yo quería estar con ella; la joven y Blanc ya tendrían tiempo de hablar más tarde. Nos quedamos fuera unas horas y volvimos a la cueva pasada la media noche. Descubrimos a Blanc todavía despierto, sentado en su esquina de la cueva.
-¡Ah, hola! –dijo él-. Jacqueline, ¿estás bien?
-¿Si estoy bien? ¿Qué pasa, tengo mala cara? –preguntó ella.
-No, claro que no. A la luz de las velas estás muy guapa, pareces muy sana. Te lo preguntaba por educación. Porque... mira, si llegas a las tantas con Joachim, aunque sea una falta de respeto para el otro habitante de la isla, que soy yo, a mí no importa.
-¿Y por qué es una falta de respeto?
-Porque quería hablar contigo, y he tenido que esperar horas despierto, a que volvieses, pero... no te preocupes.
-Perdóname, no lo sabía. ¿Y qué me quieres?
-Quiero que sepas que... confío en ti –declaró Blanc.
Luego él me miró y susurró: <<¿Era eso lo que tenía que decirle? ¿Qué me has mandado tú que le dijese? ¡Ah, no! Que ella tiene que saber que puede confiar en mí. De acuerdo>>.
-Puedes confiar en mí –añadió Blanc, en voz alta.
-Bueno –murmuró ella.
Y se echó en el colchón. Blanc me agarró del pantalón y yo me senté a su lado.
-¿Lo he hecho bien? –me preguntó el joven.
-No sé, creo que demasiado forzado –admití-. Tienes que demostrarlo con acciones. Trátala bien, no solo de palabra. Y con naturalidad, cuando se presente el momento.
Durante los días siguientes, Blanc no tuvo mucho tiempo de enmendar su comportamiento con Jacqueline. La chica me decía <>, y pasábamos bastante tiempo juntos, sin Blanc, exceptuando las horas de las comidas.
Una noche, Jacqueline y yo nos sentamos en una roca después de cenar, y tiempo después, ella se quedó dormida en mis brazos. Blanc se acercó justo entonces y me dijo:
-¿Jugamos a tirar piedras al mar, a ver cuántos botes dan?
-No –respondí-. No la despiertes.
Blanc se acercó más a nosotros y murmuró:
-Yo no tengo una Jacqueline. Y es una pena.
La noche siguiente procuramos hacerle algo de compañía a Blanc. Nos sentamos alrededor del fuego y él discurrió una actividad que consistía en contar secretos. Había que tirar los dados (él siempre andaba con ellos en el bolsillo) y quien sacase el número más alto, debía contar un secreto.
-No esperéis que vaya a decir nada –avisó Jacqueline-. Si me toca contar algo, me lo invento.
-Así no vale –respondió Blanc.
-Bueno, pues contaré algo que no me comprometa.
Tiramos los dados y me tocó a mí contar el secreto. Miré al fuego y dije:
-Cuando Jacqueline me admitió como novio... bah, nada, eso no.
-¡No le cuentes mi vida privada a Blanc! –intervino Jacqueline.
-No, si es cosa mía –dije.
-¡Venga, cuéntalo! –apremió Blanc-. ¡Cuéntalo, Joachim! ¡No te dejaré en paz hasta que me lo digas!
Evité mirarlos a ellos y admití:
-Cuando Jacqueline me admitió como novio, yo... cogí mi espada y... bailé haciendo malabares con ella, con el arma. Envainada, claro.
Ellos dos se rieron. Yo estaba colorado como un tomate y Jacqueline también se puso roja porque mi secreto la incumbía.
-¿Podrías hacernos una demostración? –pidió Blanc.
-Ni loco.
-Nunca has bailado conmigo –se quejó Jacqueline-. Nunca. ¿Tiene más suerte una espada que yo?
Blanc se rió.
-¡Venga, Clerc, sácala a bailar! – exclamó-. Lo está deseando.
-No. No hay música –dije.
-¿Y había música cuando bailaste con la espada? –insistió Blanc.
-En mi cabeza, y ahora no la hay –me apresuré a decir-. Y... ya está bien de hacerme pasar vergüenza a mí. Os toca a vosotros tirar los dados.
Me hicieron caso, aún entre risas. Le tocó contar el secreto a Jacqueline y entonces si que se quedó seria.
-No sé qué decir –comentó-. A ver... no sé si es un secreto, es...
-Si no se lo has contado a nadie, es un secreto –informó Blanc.
-Entonces lo es. Cuando era pequeña, le dije a Auguste, al mayor de mis hermanos, que quería ser pirata. Él empezó a pegarme y yo lo mordí para que me soltase. Él tiene... aún conserva la cicatriz en el dedo. Y yo también tengo una marca pequeña, que casi no se nota, aquí –se tocó la parte baja de la espalda -, porque me clavó las uñas. A él le daba mucha rabia que yo le hubiese producido una herida (yo tenía cuatro años y él nueve) y le dijo a todo el mundo que se había lastimado al quedarle el dedo entre la puerta, al cerrarla. Yo no le conté a nadie la verdad porque tenía miedo de que Auguste se vengase.
-¿Puedes enseñarnos tu marca? –se interesó Blanc.
-No –respondimos Jacqueline y yo a la vez.
Y para cambiar de tema, le dije a la chica.
-No sabía que Auguste fuese así. Cuando lo vi, en Navidades, me pareció amable.
-Era un niño cuando me pegó. No lo juzgues por eso.
Blanc sonrió.
-Tú tienes un hermano pirata, otro... violento... –le comentó a Jacqueline-. ¿Hay alguno más? ¿Un verdugo, o algo así?
-Hay otro, pero no es verdugo. Es más honrado que tú, así que cállate.
Le hice un gesto a Blanc que significaba <>, y él obedeció. Ahora le tocaba a él contar su secreto.
-He oído que en cierta isla se encuentra la mejor armadura jamás fabricada. Es ligera, pero no permite que la penetren ni las espadas ni las balas –nos explicó-. Se lo he oído al segundo de a bordo y a Martel. El segundo de a bordo quiere encontrar la armadura, pero el capitán no está interesado. Entonces, entre Martel y Olivier están elaborando un plan para convencer al capitán Lebon.
-¿En qué isla se encuentra? –pregunté.
-No lo sé, no he escuchado el nombre. Pero por cierto, esta isla, en la que estamos ahora, ¿cómo se llama?
-Ni idea –dije-. Ni siquiera sé si aparece en los mapas.
Blanc se encogió de hombros.
-Bueno, lo de la armadura es solo una leyenda –comentó-. No os lo creáis a pies juntillas.
Blanc se llevó una fruta a la boca y Jacqueline le dijo:
-¡Pero eso no es un secreto!
-Bueno, tú no lo sabías, nena. Y Joachim tampoco. Os he contado algo que desconocíais, y eso ya puede considerarse un secreto.
Hablamos de otras cosas y Blanc nos dijo que se sentía solo, que Jacqueline y yo estábamos juntos y lo dejábamos de lado.
-Como aquí no hay nadie más, si vosotros tuvieseis una hija, dentro de unos quince años ella podría convertirse en mi mujer –comentó.
-¿Piensas que vamos a permanecer aquí quince años? –dijo Jacqueline-. ¡No, por favor! ¡Tenemos que construir un barco para salir de aquí, yo esto no lo aguanto!
-¿Y quién te iba a casar con nuestra hipotética hija? –le pregunté a Blanc, sonriendo.
Él permaneció en silencio durante unos segundos y respondió:
-Nadie. Y la niña ni siquiera me querría. Solo era un comentario para que comprendieseis cómo se siento a veces. Pero no os apuréis, es normal que queráis estar solos los dos. Estáis muy enamorados y este sitio es bastante romántico, me parece.
Me desperté bastante temprano al día siguiente, antes que Jacqueline y que Blanc. Me quité la camisa (manchada de rojo, por culpa de la fruta) y el calzado, dejándolo en la orilla del mar. Me dispuse a hacer unos largos, y al cabo de un rato descubrí que se acercaba un barco a la isla. Recordé las ansias de Jacqueline por abandonar aquel lugar y quise volver a la playa para encender un fuego y llamar la atención de los tripulantes del barco. Pero ellos ya me habían visto mientras yo estaba en el agua.
El navío era el Francés Temerario, el de Guillaume. Eso lo supe nada más ver a Claude Olivier, segundo de a bordo, acercándose a mí en un bote.
-¡Ah, vaya, eres tú! –exclamó-. El capitán se alegrará de verte, os estaba buscando a ti, a la chica y al pelirrojo. Pues tendré que llevarte al barco, a ver si agrado al capitán.
Me subí al bote.
-Jacqueline y Blanc están en esa isla… -empecé a decir.
-¡Eh, Olivier, da vuelta! –gritó Guillaume, que se encontraba asomado a la borda del barco. ¡Tenemos que irnos ya!
-Pero... mi capitán... –discrepó Olivier.
-Olivier, ya volveremos más tarde, pero es que ahora nos espera una lucha. Es contra piratas ingleses, que son unos chulos. Tenemos que ganarles, es muy importante. Luego volveremos aquí.
Olivier y yo subimos al Francés Temerario.
-Mi capitán, escuchad, Jacqueline y... –empecé a decirle a Guillaume.
-¡Ya traeremos a Jacqueline y al otro, pero ahora hay que luchar! –me interrumpió él-. Mira, Clerc, ¿ves aquel barco a lo lejos? ¡Pues es el de los ingleses! ¡Se creen los mejores piratas y hay que demostrarles lo equivocados que están! ¡Venga, prepárate! Vístete una camisa, cálzate y coge una espada. Pero antes... cuéntame lo que ocurrió en la celda antes de que os escapaseis. ¡Había fuego, Clerc! No sé qué estaríais haciendo.
Le expliqué lo sucedido y me dirigí al camarote que solíamos ocupar Jacqueline y yo, pero por el camino me encontré con Martel.
-¿Intentas darnos envidia a los demás? –me preguntó-. ¿Ahora presumes de torso? Pues ni siquiera tienes pelos en el pecho. Vaya hombrecito.
-Mejor. Y vos no los tenéis en la cabeza, cosa que es más grave –respondí.
Le mojé los pantalones cuando rozaron con los míos, al pasar, aunque yo no lo pretendía totalmente. Me cambié de ropa en el camarote, cogí mi espada y subí a cubierta. El barco inglés se alejaba.
-¡Hay que darse prisa, hay que pillarlo! –apremiaba Guillaume.
-Por favor, mi capitán, tenemos que ir a la isla. Jacqueline... –empecé a decir.
-¡¡Ya iremos!! –bramó él.
Yo me asomé a la borda y grité:
-¡¡¡Jacqueline, estoy en el barco!!!
Guillaume se echó a reír.
-¿Piensas que te va a oír desde aquí?
No contesté. Esperaba que sí, para que no se preocupase al percatarse de mi ausencia. Yo no sabía si ella estaría inquieta o no, si me habría oído o si al contrario, mi intento había sido inútil. Pero yo sí que estaba inquieto. Pasaban las horas y Guillaume seguía guiando el barco con la intención de alcanzar a los ingleses. Al amanecer del día siguiente, el objetivo continuaba siendo el mismo. Trabajamos todos duramente para darle alcance al barco inglés, y esa tarde sí que lo logramos. Me libré de la lucha porque Guillaume me mandó a preparar la cena, esa era mi salvación. Unas cuantas horas más tarde, un grupo de piratas del Francés Temerario entró cantando en la cocina. Habíamos ganado la batalla. Ahora sí que se habían disuelto todas las desavenencias entre ciertos piratas y el capitán Lebon. Todos admitían que este era un buen capitán, incluso los que hacía pocas semanas se habían atrevido a llevar a cabo un motín contra él. Estos últimos lucharon en la batalla y poco después fueron enviados de vuelta a los calabozos.
Nadie se preocupaba de volver a la isla rápidamente, el único objetivo de los piratas era celebrar la victoria. La mayoría de ellos se levantó bastante tarde al día siguiente; el viaje de vuelta a la isla se estaba retrasando. Yo me preguntaba qué estarían haciendo Jacqueline y Blanc en la isla. No terminaban de congeniar y yo temía que las cosas hubiesen empeorado, que Blanc no le dirigiese la palabra a Jacqueline y que ella tuviese que arreglarse sola para cazar. Siempre podría pescar, cosa que era más fácil, pero se sentiría muy sola si Blanc la dejaba de lado.
Estas dudas desaparecieron unos días después, cuando por fin llegamos a la isla. Entonces, Olivier y Martel cogieron sendos botes para llegar hasta la playa; y yo, cuando me enteré, les pedí que me dejasen ir en uno de ellos, explicándoles que quería ver a Jacqueline. Ellos accedieron. Lo que me extrañó fue que Olivier llevase una pala. Yo no dejaba de mirar al frente y por fin vi a la chica. Ella y Blanc se encontraban pescando en la playa. Por encima del vestido, a modo de chaqueta, desabrochada, Jacqueline llevaba puesta la camisa que yo había dejado en la isla. La joven me vio, se me acercó nadando y se subió al bote en el que íbamos Olivier y yo.
-Joachim, ¿dónde estabas? –me preguntó-. Blanc creía que no volverías. Me alegro muchísimo de verte.
La besé.
-Yo también, mi amor –le dije.
Acto seguido le resumí lo que me había sucedido en el Francés Temerario. Al llegar a la arena, Blanc me estrechó la mano, sonriente.
-Vale, Jacqueline, el chico está vivo, te debo dos monedas –dijo.
Pero de repente Olivier tiró la pala en el suelo, y entre él y Martel me quitaron a Jacqueline de los brazos y la empujaron por la arena. Ella se quedó de rodillas mientras Martel la agarraba y Olivier le hacía un corte con la espada, en el brazo derecho. Jacqueline se quejó, luego la soltaron y yo me puse de pie delante de ella para que no la volviesen a tocar.
-¡¿Esto por qué?! –dije-. Como se repita...
Olivier miró a Martel y este hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-En esta isla se halla la mejor armadura de todos los tiempos –explicó el segundo de a bordo-. Y para encontrarla, para saber en dónde cavar, hay que seguir el rastro que deja la sangre de una mujer. La sangre irá resbalando hacia el lugar exacto en el que haya que cavar para encontrar la armadura. Pero, a la chica la tiene que rajar alguien que conozca la leyenda, no vale que sangre porque sí, de esa forma no se encuentra el tesoro.
-¡Eso son supersticiones, no os permito que le hagáis daño a mi esposa por culpa de esa tontería! –exclamé.
-¡No son supersticiones! –opinó Martel-. A ver, chavalito, tú sabrás que un imán atrae metal, ¿verdad? Pues a lo mejor resulta que la sangre de mujer tiene un componente químico especial que...
-Pero Jacqueline no es una mujer hecha y derecha, solo tiene dieciséis años –intervino Blanc.
-Eso no importa –aseguró Martel-. Es de género femenino, con eso basta. Y ahora, esperemos.
Yo estaba completamente seguro de que la sangre no haría nada raro, y por supuesto que acerté. Le impregnaba la manga de la camisa a Jacqueline y caía en la arena, pero no indicaba ninguna ruta.
-Ya está, no funciona, hay que frenarle la hemorragia –dije.
-Espera. A lo mejor es que la niña se encuentra sobre la armadura, tal vez haya que cavar ahí mismo –intervino Martel.
-Bueno, que se siente a unos metros de distancia. Cuando esté allí, si la sangre resbala hacia donde está ahora la niña, es que hay que cavar aquí –opinó Olivier.
Jacqueline se levantó y se sentó a unos metros. Yo me senté a su lado. Y la sangre caía en donde se hallaba ella, claro está. Seguía sin marcar ningún camino.
-¿Y si la armadura se encuentra en otra isla? –preguntó Martel.
-No, eso no, Martel – respondió Olivier-. Mi padre me dejó un pequeño mapa en el que se indica la localización de la armadura. Y por aquí cerca no hay más islas, tiene que ser esta, por necesidad.
-¿Vuestro padre? –murmuró Jacqueline.
-Sí, él enterró la armadura –respondió Olivier-. En esta isla desconocida, que no aparece en los mapas oficiales. Buen lugar.
Esperamos unos minutos. Jacqueline se inclinó a un lado, sentada. Estaba pálida.
-Ya bastará, ¿no? –intervino Blanc-. Habrá que taparle la herida con un trapo para que deje de sangrar.
-¡No hasta que encontremos la armadura! –bramó Martel.
-¡Pues yo no voy a permitir que se desangre! –grité.
-Tranquilo, Clerc, le he clavado la espada en el brazo para que la herida no fuese mortal –intervino Olivier-. Podría haberle rajado la barriga, o el pecho, pero no quiero matarla, así que no te pongas tonto.
-¿Le rajamos el brazo otra vez, a ver si acaba de surtir efecto? –propuso Martel.
-De acuerdo.
Olivier se acercó a Jacqueline, blandiendo la espada, y ella murmuró:
-Más no. Ya estoy sangrando, dejadme, por favor.
Yo estaba indignado. Me levanté y me interpuse entre Olivier y ella.
-Antes me la tendrás que clavar bien honda a mí –declaré.
Me estaba dejando llevar por la rabia, mi cabeza no era capaz de crear razonamientos de lo enfadado que estaba. La temeridad se había apoderado de mí, no podía reflexionar acerca de las consecuencias de mis acciones. Y al parecer, a Blanc le ocurría algo parecido.
-Olivier, os reto a un duelo –dijo-.Luchemos ahora mismo.
-¡No! –exclamó Jacqueline-. ¡Eso no me ayuda, no te precipites!
-Sí que te ayuda –contestó Blanc-. Si venzo, ni Olivier ni Blanc te volverán a hacer daño. Y si pierdo... nos quedamos como ahora. No hay nada que perder.
-Gracias, Blanc, pero no puedo...
-De nada, guapa –la cortó él-. Y ahora atiende tú, Olivier, te dejo elegir arma, y... el primero que sangre, pierde. ¿De acuerdo?
-Sí, claro –respondió el segundo de a bordo, con una tranquilidad pasmosa-. Elijo... vamos a ver... un duelo de espadas. Yo tengo la mía, tú coge la de Martel.
Blanc aceptó.
-No puedo permitírtelo –le dije a Blanc-. En todo caso, tendría que ser yo el que luchase...
-Clerc, mira –me interrumpió él, señalando hacia atrás-. Tu pequeña.
Me di la vuelta y vi a Jacqueline tendida en la arena, inconsciente. Corrí a arrodillarme a su lado y le froté la cara. Le rasgué la parte de abajo de la camisa (al fin y al cabo, la camisa era mía, aunque a ella le hubiese dado por ponerla por encima de su vestido) y con el trozo de tela que se desprendió improvisé un vendaje, que le até sobre la herida del brazo.
-Háblame –le pedí-. Dime algo, ¿puedes oírme?
No reaccionó. Escuché el ruido de las espadas y levanté la vista: Blanc y Olivier ya se hallaban luchando.
-Eh, Clerc, ¿qué tal va la nena? –me preguntó Blanc, sin abandonar el combate-. ¿Sigue inconsciente?
-Sí –respondí.
-Pues no la fuerces, no la agites, ya verás cómo se recupera pronto.
Mientras tanto, él seguía luchando contra Olivier. Yo alternaba la mirada entre ellos y Jacqueline. Y esta pronto abrió los ojos. Intentó incorporarse y yo dejé que apoyase su cabeza en mi pecho para que no se volviese a marear.
-Te he vendado el brazo, te vas a poner bien –le dije-. A lo mejor tienes sed, ¿quieres...?
-No. No tengo sed.
Miró de reojo a Olivier y a Blanc. Yo también me fijé en ellos. En ese preciso instante, Olivier acababa de lastimarse en los dedos de la mano derecha, estaba sangrando un poquito.
-¡He ganado! –gritó Blanc-. ¡Estáis sangrando, Olivier, el duelo ha terminado!
Olivier y Blanc seguían manteniendo las armas juntas, como si de un pulso de espadas se tratase. Blanc separó la suya, y entonces, la espada de Olivier se clavó cerca de la cadera derecha de nuestro amigo. Blanc dio un grito y a continuación dijo:
-¡Sois un tramposo!
-¡No! –contestó Olivier-. ¡Se me ha resbalado, de verdad, yo no quería! ¡Yo no deseaba hacerte daño, el capitán te quiere con vida, esa es la prueba!
Blanc se desplomó en el suelo. Jacqueline se puso de pie y yo le dije:
-No te muevas, no quiero que te marees otra vez –le pedí a la joven.
-Pero Blanc...
-Quédate aquí, voy a ayudarlo, pero tú no mires, no quiero que veas más sangre.
Me acerqué a Blanc. Su herida se hallaba algo por encima de la cadera. Me quité la camisa y la utilicé de vendaje.
-Hay un médico en el barco, te llevaremos –le prometí.
Él asintió con la cabeza, estaba muy pálido. Y Jacqueline también, pues no me hacía caso, sino que observaba la profunda herida de Blanc. La espada que este había utilizado en el duelo se encontraba sobre la arena. Martel hizo ademán de cogerla, ya que era suya, pero Olivier lo detuvo.
-Dejamos aquí las espadas y la pala, llevamos a Blanc al barco y luego volvemos –le dijo-. Buscaremos el tesoro cavando por ahí.
Agarraron a Blanc y lo metieron el Francés Temerario. Yo cogí a Jacqueline en brazos y también la llevé al navío.
-Te dije que no mirases –le reproché-. ¿Te mareas otra vez?
-Un poco. Pero oye, hay unos zapatos tuyos en la isla, los que te quitaste el día que te fuiste en el barco de Guillaume. Están en la cueva, los he guardado.
Volví a buscarlos una vez que hube dejado a la joven en el camarote. Olivier y Martel ya estaban cavando. Y así siguieron unas cuantas horas, hasta encontrar la armadura. Olivier se quedó con ella y Martel se enfadó, dijo que había que negociar. Yo acudí al camarote de Blanc. Un médico lo atendía y el chico se quejaba. Yo le dirigí palabras de ánimo al muchacho, pero él respondió:
-Soy un estúpido, pregúntale a Jacqueline lo que le dije mientras tú no estabas. Habla con ella, tienes derecho a saberlo.
Le hice caso, le pregunté a Jacqueline por lo ocurrido. Y ella me contó esto:
-Como pasaban los días y tú no regresabas, Blanc te daba por muerto. Además, vimos tu camisa manchada de rojo...
-Era fruta –expliqué.
-Ya, pero Blanc y yo al principio creíamos que era sangre. Luego yo me di cuenta de que no, pero él no me hizo caso. Bueno, él te daba por muerto, creía que te habías ahogado, o que te había atacado un tiburón. Y me dijo que en cuanto saliésemos de la isla, podía casarme con él para no estar sola. Yo me enfadé y él también, se escondió de mí. Eso fue hace dos días. No quedaban alimentos y yo al mediodía intenté cazar y pescar, pero no conseguí ninguna presa. Para alimentarme algo comí unas verduras raras, y creo que estaban en mal estado, me provocaron náuseas y pinchazos en el estómago.
>>A la hora de cenar, Blanc volvió y me preguntó qué tal. Yo lloré, le dije que te consideraba vivo y que por eso me había enfadado su propuesta, pero que no se escapase, que quería llevarme bien con él. Y le conté cómo me encontraba. Él creía que no iba a ser para tanto, le sorprendió que apenas hubiese comido. Luego me ofreció todo lo que había cazado para sí.
>>Cuando me puse mejor, Blanc y yo hablamos en serio y él me dijo que la propuesta me la había hecho por bien y respetándote a ti, que a ti te habría gustado que alguien me cuidase. Arreglamos las cosas, y... él se ha alegrado de que hayas vuelto. Lo sé.
Comprendí por qué Blanc había tenido tanto empeño esa mañana en defender a Jacqueline: hacía pocos días, la había abandonado.
-¿Estás bien? –le pregunté a ella.
-Sí, ¿y tú? ¿Vas a perdonar a Blanc? Lo hizo por bien, sin malicia. Sabes que antes, cuando tú y yo pasábamos tiempo juntos en la isla, él nos dejaba, no quería interrumpir. Nunca se ha metido en lo nuestro. Pero estos días te daba por muerto, Joachim, se le notaba que decía la verdad. Te lo prometo. Me propuso matrimonio para que yo tuviese a alguien. Pero no estaba enamorado de mí. Nunca lo ha estado. Y nunca ha habido nada entre él y yo, ni lo habrá, ¿de acuerdo? Vamos a olvidar esto.
Una mezcla de enfado y tristeza me llenó los ojos de lágrimas.
-Joachim, le dije que no. Jamás... –añadió Jacqueline.
-Déjame –respondí-. No tengo ganas de hablar, no me digas ni una palabra.
Pensé en Blanc y en ella y llegué a esta conclusión: Blanc solía ser realista cuando no estaba de broma, a veces demasiado realista. Entonces, al encontrarnos en unas condiciones tan precarias como podrían serlo las de una isla desierta, llevando una persona varios días desaparecida, era bastante lógico darla por muerta. Y Blanc se había alegrado de verme de vuelta, se le notaba, hacía unos minutos yo había podido comprobarlo. Además, de no ser por Blanc, Jacqueline seguiría perdiendo sangre en la playa. Gracias a él, Olivier y Martel la habían dejado en paz.
Cogí a Jacqueline de la cintura, le dije que estaba todo pasado, que no le daría más importancia al asunto de Blanc; y en ese momento alguien llamó a la puerta. Era Martel.
-Venid los dos a cocinar, órdenes del capitán –dijo.
Obedecimos. Más tarde, a la hora de comer, no vimos a Blanc en la mesa. Le pregunté por él al médico y dijo que seguía en la cama. Y al terminar de comer, en vez de quedarnos de sobremesa con los piratas, Jacqueline y yo fuimos a ver a Blanc. La puerta de su camarote estaba entrecerrada, y el joven nos dejó pasar. Seguía muy pálido y se hallaba acostado en la cama.
-La herida me escuece –dijo, cuándo le preguntamos cómo se encontraba-. ¿Y a ti? –añadió, dirigiéndose a Jacqueline-. ¿No te molesta la herida del brazo?
-Un poco, pero no es para tanto.
-Tú curarás pronto –aseguró Blanc.
-Tú también –respondió Jacqueline.
-No lo sé. Espero que no se me infecte la herida.
Nos quedamos bastante tiempo con Blanc. Él quería tenernos allí, no deseaba quedarse solo. Al cabo de más de media hora, el joven le pidió a Jacqueline que fuese a buscarle un vaso de agua. Ella obedeció, y en cuanto Blanc y yo nos quedamos solos, este me dijo:
-Has venido igual a verme, ¿no te ha contado Jacqueline lo sucedido durante tu ausencia?
-Sí –respondí.
Yo no quería hablar de eso.
-Ah, vale –dijo él -. Me alegro de que me hayas perdonado. Yo... te daba por muerto...
-Ya lo sé. Pero yo en tu caso no habría actuado como tú.
Blanc hizo una mueca de desacuerdo.
-Y si te hubieras muerto, ¿qué? –dijo-. ¿Preferirías que Jacqueline se hubiese quedado sola a que se hubiese casado conmigo?
-Estoy vivo –contesté-. Y en otro caso, ella debería decidir.
Blanc asintió con la cabeza y declaró:
-Me alegro mucho de que estés vivo. De verdad. Eres mi mejor amigo del barco.
Me tendió su pálida y sudorosa mano derecha y yo se la estreché.
Durante los días siguientes Jacqueline y yo continuamos visitando a Blanc, que no terminaba de mejorar. Una noche mandó llamarnos a Jacqueline y a mí. Nosotros fuimos a visitarlo a su cuarto y nos lo encontramos con fiebre.
-Se me ha infectado la herida, no hay duda –nos dijo.
-¿Quieres que avisemos al médico? –le pregunté.
-No. Ya ha venido, acaba de irse. Lo que quiero es estar con vosotros. Tengo que deciros algo, cerrad la puerta. Sentaos a mi lado.
Yo cerré la puerta e inmediatamente después Jacqueline y yo nos sentamos en la cama del enfermo. Este se desató una cuerdecita que llevaba alrededor del cuello, a modo de collar, y nos mostró un anillo de oro que colgaba de allí. Era la primera vez que yo se lo veía.
-Me gustaría que se lo dieseis a mi madre –explicó-. Y que le explicaseis qué ha sido de mí. Ella vive en Le Havre, ¿habéis estado allí alguna vez?
-Sí –contestó Jacqueline.
-Lo otro, todo lo que tengo... –intentó continuar.
Pero se interrumpió. Señaló un trapo mojado en agua fría, que se hallaba sobre la mesilla de noche. Jacqueline se lo puso en la frente.
-Todo lo demás es para vosotros –declaró-. Cogedlo todo, guardadlo en vuestro camarote antes de que se lo queden los piratas.
-¿Por qué dices eso? –le preguntó Jacqueline.
-Nunca me he sentido peor –aseguró Blanc-. No sé si sobreviviré.
-¡Es culpa mía! –exclamó Jacqueline -. ¡Propusiste el duelo para que me dejasen en paz!
Yo estaba sentado detrás de ella y la tomé en mis brazos. Ella no tenía culpa de nada.
-Tranquila –dijo Blanc-. Quisiste impedírmelo. Yo decidí iniciar el duelo para ayudarte. Tú no tienes la culpa de nada de lo que me ocurra.
>>Ahora ya está. Ya podéis iros. Es plena noche, os he llamado en un mal momento, pero no podía esperar. Tal vez mañana fuese demasiado tarde.
Jacqueline rompió a llorar, se dio la vuelta y se abrazó a mí. Yo la acaricié.
-Yo no me voy a marchar –le prometí a Blanc.
-Yo tampoco –dijo Jacqueline, sollozando-. Quiero hacer algo por ti.
-Me llamo Antoine-François –dijo Blanc-. Si lo deseas, cuando tengas un hijo, puedes llamarle Antoine o François de segundo nombre. Pero tal vez eso sea pedir demasiado. No lo hagas si no quieres. Mira, si te calmas, ya estarás haciendo algo por mí.
Jacqueline le prometió que le llamaríamos François a un hipotético hijo nuestro (ella prefería el nombre de François al de Antoine), pero por el momento no fue capaz de complacer a Blanc mediante la otra propuesta. Intenté tranquilizarla a base de caricias, pero eso no dio resultado. Aunque, finalmente, cayó agotada en un sillón de la habitación de Blanc. Se despertó unas tres horas después.
-Blanc, en la isla, una vez te dije que te creías un héroe pero que no impresionabas a nadie –le comentó -. Sin embargo, sí que eres un héroe. Sin ti, me habría desangrado.
-Y tú eres la mejor mujer de todas las de este barco –respondió Blanc sonriendo.
Yo también sonreí. Jacqueline era la única mujer del barco.
-En serio, eres la mejor chica que alguien puede conocer –añadió el joven.
Me miró a mí y me dijo:
-Me dejas que se lo diga, ¿verdad?
-Sí, porque es cierto –respondí.
Blanc contó varias anécdotas divertidas, y como Jacqueline y yo notamos que se encontraba mejor, lo abandonamos durante unos minutos para prepararles el desayuno a los piratas. Al terminar, yo me dirigí de nuevo al camarote de Blanc. Jacqueline fue a bañarse, por eso no volvió allí conmigo. Y me alegré de que no hubiera ido, porque delante del camarote de Blanc se hallaba Martel, con una espada clavada en el vientre. Se me pusieron los pelos de punta.
-Ayúdame –acertó a decir él.
Le saqué la espada del cuerpo.
-Olivier y yo luchamos por... la armadura –logró explicar Martel -.Yo gané, pero... él se resbaló... y... me clavó la espada sin querer. La armadura... dásela a Jacqueline. Pídele... perdón de mi parte... por todas las veces que la he picado, por todo lo malo que le he hecho. ¿Lo harás? ¿Se lo dirás?
-Sí –prometí.
-¿Dónde está... ella? ¿Puede venir? Quiero... verla una vez más.
-Se está bañando –respondí.
Pero no sé si llegó a escucharme o no. Yo no sabía qué hacer. Metí el cuerpo de Martel en el camarote de Blanc y limpié la sangre que manchaba el suelo del barco.
-¡Eh! ¿Es Martel? –preguntó Blanc, desde la cama.
-Sí. Se enfrentó a Olivier y... recibió un sablazo en el vientre. Acaba de morir.
Blanc se quedó serio y yo me dirigí a mi camarote. Cuando llegó Jacqueline, intenté desayunar con ella, pero casi no me entraba la comida. El asunto de Martel me había impresionado mucho.
-¿Vamos a ver a Blanc? –me preguntó la joven.
-¡No! –respondí, ya que el cuerpo de Martel se hallaba en el camarote de nuestro amigo-. Creo que... duerme. Vamos a dejarle descansar.
Le conté la noticia al capitán y este se la comunicó a la tripulación. Todos los del barco, excepto Jacqueline, sabían lo que había pasado. Volví al cuarto de Blanc y le expliqué que no era capaz de hablar de Jacqueline sobre eso.
-Yo podría contárselo, pero es mejor que se lo digas tú –opinó mi amigo-. Le cuentas lo de Martel y luego le dices: <>.
-Vaya, qué ocurrente. ¿Cómo es que no tienes novia? –pregunté.
-En el barco tenemos escasez de mujeres. Para una que hay, está cogida...
-Ya, pero... fuera.
-Las chicas me consideran un bruto –comentó Blanc.
Volví a mi camarote, con la armadura, y le dije a Jacqueline:
-Martel te pide perdón por todas las veces que se ha metido contigo, y...
-Ese viejo verde –murmuró ella.
Esas palabras me cortaron el discurso, no supe cómo continuar.
-Bueno... te da esto –añadí, entregándole la armadura.
Ella la cogió.
-¿Por qué, para qué la quiero? –me preguntó.
-No lo sé.
Volví a abandonar el camarote para ver a Blanc.
-No puedo contárselo –le expliqué-. Iba a hacerlo, pero le llamó “viejo verde” a Martel, y... no supe qué decirle. Además... sé que se va a impresionar.
Blanc se encogió de hombros.
-Inténtalo. Si no puedes, ya se lo cuento yo.
Regresé a mi camarote, pero Jacqueline ya no estaba allí. La busqué por todo el barco, y finalmente, la descubrí en una esquina de la bodega.
-¡Ya sé que está muerto! –anunció la joven-. ¡Guillaume me lo ha contado! Pero podías habérmelo dicho tú. No soy solo un cuerpo bonito, puedes contarme las cosas importantes, porque a lo mejor las entiendo mejor que tú.
-Si te pones así es que no lo estás entendiendo –respondí.
No debería haberla provocado. Discutimos, ella se escapó, y volvimos a vernos a la hora de la comida. Ella estaba sentada sola y yo me coloqué a su lado. Comimos sin hablar durante unos minutos y luego yo le dije:
-Yo solo quería protegerte. No quería qué sufrieses. ¿Estás bien?
-No –respondió-. No, no estoy bien. Me siento muy confusa. No sabía qué hacer, y... descargué mi rabia contra ti.
-No importa –le dije-. Yo también me siento confuso. Martel no era nuestro mejor amigo del barco, precisamente, pero siento que haya muerto.
-Si él no hubiera querido casarse conmigo, yo no habría huido de él, y por lo tanto, tú y yo no nos habríamos conocido –razonó ella.
-Antes de morir, quería verte y pedirte perdón –le comuniqué-. Sus últimos pensamientos fueron para ti. Pero no te pongas triste. Blanc ha sobrevivido, y yo estoy aquí. A mí me tienes para lo que quieras, puedes contar conmigo para todo. Te quiero.
Blanc entró renqueante en el comedor. Se sentó a mi lado y dijo:
-¡Que Martel descanse en paz eternamente, que conozca la Gloria! Escuchad. Vamos a ir a un puerto para enterrarlo, eso acaba de decir el capitán. Y esa es nuestra oportunidad de escapar del barco pirata. Hay que idear un plan. ¡Gracias, Martel, gracias! ¡Tú nos guiarás a la libertad!
CONTINUARÁ

No hay comentarios:

Publicar un comentario