martes, 22 de septiembre de 2009

La huida

-¡Eres un incompetente, Olivier! –gritaba el capitán-. ¡Por tu culpa hemos perdido un hombre y casi perdemos a otro más!
-Yo no quería, me resbalé, la espada también se me resbaló en las manos... –intentó disculparse Olivier.
-¡Cállate! A la próxima no volverás a tocar una espada. Nunca más.
Nos acercábamos a un pequeño puerto brasileño para enterrar allí a Jean-Charles Martel, víctima de la torpeza de Olivier. Nuestro amigo Antoine-François Blanc ideaba planes para huir de una vez del Francés Temerario, barco pirata en el que viajábamos. Blanc estaba débil, él también había sufrido las consecuencias del mal manejo que Olivier tenía de la espada, pero con mejores resultados que Martel.
Por fin llegamos a tierra y nos dirigimos a la capilla en la que se celebraría el entierro. El cura no hablaba francés y nosotros no entendíamos lo que decía. Hasta que Guillaume-Thomas Lebon, el capitán, le mandó a Jacqueline que pronunciase unas palabras en recuerdo de Martel.
-¡Yo no, di tú algo! –susurró mi esposa-. ¡No tengo nada preparado!
-A punto estuviste de casarte con él –respondió su hermano, el jovencísimo capitán -. Lo conoces mejor que yo. Venga. Si te niegas, te enviaré a los calabozos, y no es broma.
Jacqueline me miró y Guillaume la empujó suavemente hacia el altar. Ella accedió a dar el discurso:
-Martel era un abogado de París, era... tenía... no recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero... a mí me llevaba dieciocho y... yo tengo dieciséis, casi diecisiete, así que si os interesa saber su edad, calculadla vosotros mismos. De todas formas, a mí me parecía joven para morir.
-Mira qué guapa está –me susurró Blanc-. Te sientes orgulloso de ella, ¿verdad?
Asentí con la cabeza, distraídamente.
- No estaba casado, no tenía hijos... –siguió diciendo la chica.
-¡Porque tú no quisiste! ¡Te escapaste para no casarte con él! –gritó el capitán, provocando las carcajadas de los piratas.
Jacqueline se puso muy colorada y me miró. Yo le hice un gesto que significaba << sigue, no le des importancia>>.
-En su vida... cometió errores conmigo –prosiguió la joven-. Pero antes de morir, me pidió perdón por medio de Joachim –me sobresalté al oír mi nombre -, y a mí me gustaría estar allí presente para decirle que lo perdonaba. Pero seguro que ahora Martel me está oyendo y descubre cómo me siento. A mí me dejó la mejor armadura del mundo como herencia, y... a vosotros también os quedará algún legado suyo. Su... perseverancia, o alguna cualidad suya que mantendréis viva con vuestro comportamiento. Ya está.
Jacqueline volvió a sentarse a mi lado y Blanc le susurró:
-Muy bien, rubita. Mira, le has hecho llorar a Olivier.
Ella miró a la derecha.
-Eso es porque se arrepiente de haber “jugado” a las espadas con Martel –supuso-. Bueno, ¿qué vamos a hacer, cuándo nos escapamos?
-A ver, Jacqueline, cuando yo te dé la señal, tú finges que te encuentras mal, y entonces Joachim se aparta contigo. Pero antes, Joachim, tú ideas un tema polémico que enfrente a los piratas, y mientras discuten, yo me marcho con vosotros. Nos vamos y no regresamos jamás con los piratas, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Sí, espero que funcione –comenté.
-Jacqueline, tú llevas la malla por debajo de la ropa, ¿verdad? –le preguntó Blanc-. Si hay algún problema, así no te pasará nada.
-Ya, ¿pero vosotros?
-También –respondí-. Nuestras mallas no son las mejores del mundo, pero algo nos protegerán.
Yo ayudé a transportar el ataúd de Martel hasta el cementerio, que se hallaba justo al lado de la iglesia. Blanc hablaba intensamente con Jacqueline mientras varios marineros y yo transportábamos la caja. Yo colaboré también para cavar un hueco en el cementerio, en donde enterrar al abogado. Pasaron varios minutos y entonces Blanc gritó:
-¡Eh, se encuentra mal! ¡Joachim, tu esposa!
Miré hacia atrás. Jacqueline estaba apoyada en Blanc, con los ojos cerrados y tocándose el vientre. Yo la cogí en brazos.
-Vamos... intentaré reanimarla –les dije a los piratas-. Prohibido mirar, tal vez le tenga que quitar la ropa. Cuando se recupere, volvemos.
-¡Eh, quien mire será enterrado junto con Martel, así que a ver qué hacéis!- amenazó el capitán-. Es mi hermana.
Recordé que debía iniciar un tema de conversación polémico, entonces dije:
-Amigos, Jacqueline renuncia a la malla, me lo acababa de decir, antes de desmayarse. Debéis decidir quién se queda con esa herencia de Martel.
Estos comenzaron a discutir, excepto el médico de a bordo, que me preguntó:
-¿No deseas que atienda a la chica? Si te la curo, podrías darme la malla.
-No. ¡Pero mira, si el capitán se va a quedar con la armadura, eso está diciendo! Si la queréis para vos, plantadle cara, id a hablar con él.
El médico me hizo caso. Yo corrí con Jacqueline en brazos, pero no hacia la puerta del cementerio, eso podría resultar sospechoso. La llevé en sentido contrario, y, cuando ya nos hallábamos tapados por unos árboles, la bajé de mis brazos.
-Hay que esperar por Blanc –susurré-. Te encuentras bien, era todo cuento, ¿no?
-Sí.
Al cabo de un rato escuchamos unos pasos sigilosos y Blanc apareció.
-Muy bien, chicos, hasta ahora ha salido todo perfecto –comentó-. Muy buena disculpa para que nadie mirase, Joachim. Y ahora, nos iremos por la puerta de atrás.
Miré hacia la izquierda y me fijé en una puerta pequeña, de metal. Blanc llevaba los zapatos en la mano para no hacer ruido al pisar. Jacqueline y yo no lo imitamos; por el suelo se encontraban algunas piedrecillas.
Al salir del cementerio nos echamos a correr hacia el puerto. Todos queríamos regresar a casa.
-Chicos, yo vivo en Le Havre, con mi madre –nos contó Blanc-. Podéis venir conmigo y luego ya seguís los dos hasta París.
Recordé lo que había sucedido la última vez que Jacqueline y yo nos habíamos escapado del Francés Temerario: nos habíamos casado en La Rochelle, habíamos ido a París, y allí, al cabo de unos meses, los piratas nos habían vuelto a capturar. París ya no era seguro para nosotros; debíamos quedarnos en un lugar en el que no nos encontrasen los piratas.
-El capitán sabe en dónde vivimos Jacqueline y yo –comenté-. Para que deje de saberlo, tenemos que mudarnos.
-¿Adónde? –me preguntó la joven-. ¿A casa de tus padres, como antes de vivir nosotros solos?
-En principio, puede ser una opción. Guillaume no conoce ese barrio. La casa que nos ha dado tu padre para que vivamos me encanta, pero si Guillaume va a ir cada dos por tres a capturarnos allí, tendremos que cambiarnos a otra. Bueno, viviremos con mis padres, por ahora. Y luego, si podemos, lo mejor será cambiar de ciudad. Ya sé que tengo un buen empleo en París, pero... que nos capture Guillaume no es nada agradable.
Blanc sonrió.
-Entonces, ¿qué barco cogemos? – quiso saber él-. ¿Dónde va a nacer François?
-¿François? –repetí.
-Sí, claro. Cuando yo pensaba que el sablazo de Olivier me mataría, tú –señalando a Jacqueline – me prometiste que le llamarías François a un hijo tuyo en mi honor, ya que yo soy Antoine-François. Estoy vivo, pero como te he salvado de una buena, de la que querían hacerte el fallecido Martel y el estúpido de Olivier en la isla desierta, me debes una.
-Yo no voy a tener ningún hijo –respondió Jacqueline.
-¿No? ¿Nunca?
-Quiero decir que ahora no –aclaró la joven-. No estoy preparada. Pero cuando lo tenga, le llamaré François. O Joachim-François.
Ella me miró y yo asentí con la cabeza.
-Bueno, ¿qué barco cogemos? –repitió Blanc.
-En primer lugar, a ver con qué dinero contamos –comenté-. Cuando me secuestraron para formar parte de la tripulación del Francés Temerario, solo tenía unas monedas en el bolsillo, y con eso estoy ahora.
-Yo tengo algo de dinero, sin embargo, eso nos hará falta para comer. ¡Pero podemos viajar igual, Jacqueline es rica! –exclamó Blanc.
-¡En mi casa! –respondió ella-. Yo no llevaba ninguna moneda conmigo cuando me capturaron.
-Pero tienes esto –dijo Blanc, cogiéndola de la mano, y tocándole la alianza.
-¡No, eso no se vende!
Blanc no le hizo caso, intentó quitarle el anillo y yo le di un manotazo en el hombro al joven para que se detuviese.
-Vaya, Joachim, eres malo, me has hecho daño –me dijo Blanc, hablando como un niño resentido-. Tienes las manos muy grandes, ¿sabías?
-Sí. Soy muy alto.
-Eh, espera, a ver.
Me agarró la mano, y aparentando que iba a comparar el tamaño de mi mano con la suya, trató de quitarme mi alianza. Yo intenté soltarme y Jacqueline intervino diciendo:
-Podemos vender las armaduras.
Blanc me soltó.
-Sí, de acuerdo, pero la tuya no –respondí-. La tuya es muy valiosa. Él y yo venderemos las nuestras y sacaremos dinero.
Nos dirigimos a la plaza del pueblo y dimos con un herrero que nos compró las armaduras por un precio razonable. Pero cuando íbamos a volver al puerto, vimos al segundo de a bordo.
-No lo sé, tú sigue buscando –le decía él a otro pirata-. No, no los he visto, ni a la chavala ni a los otros dos mamarrachos. Pero el capitán quiere que los encontremos.
-Nos están buscando –susurré.
-Hay que marcharse –propuso Blanc-. Mirad, ahí.
El joven señalaba un carruaje que se hallaba en la entrada de la plaza.
-Está ocupado, es de otra gente... –dijo Jacqueline-. Mejor nos escondemos.
-Este es un caso extremo –opinó Blanc-. Lo mejor es marcharnos ya.
Nos acercamos al carruaje, pero entonces Olivier y su compinche nos descubrieron.
-¡Pero si son ellos! –exclamó el segundo de a bordo.
-Vamos, rápido, Joachim, dame tu espada –me pidió Jacqueline.
-¿Para qué?
-Por si nos tenemos que enfrentar a Olivier.
-¡Tú no!
-¡Sí! ¡Soy la única que lleva malla!
-No puedes, no, pero... ¿y las piernas?
-Por lo menos tengo el pecho protegido. Y vosotros no.
No le presté mi espada, no le iba a permitir que luchase. Pero ella me la arrebató del cinturón. Yo se la quité y le agarré el cuerpo para que no se acercase a Olivier. Ella protestó e intentó soltarse sin conseguirlo. Entre Blanc y yo la cogimos en brazos, echamos a correr y la metimos en el carruaje. Luego entramos nosotros. Un hombre de barba blanca, que se encontraba también allí dentro, gritó algo que no entendimos, dado el nulo conocimiento que nosotros teníamos de la lengua portuguesa. Y yo, en francés, lo más claramente que pude, le expliqué que huíamos de unos piratas y le señalé a Olivier y al compinche a través de la ventanilla. Él me entendió, comprendió que aquellos dos eran piratas, y le mandó al conductor que se pusiese en marcha rápidamente (bueno, eso debió de decirle; yo no entendí las palabras, pero eso fue lo que hizo el chofer).
No sabíamos adónde nos dirigíamos y nadie decía nada. Blanc y el hombre iban enfrente de mí, y Jacqueline a mi lado, a mi derecha. Pasados unos minutos, el hombre dijo algo en portugués y señaló a Jacqueline. Yo la miré, tenía los ojos humedecidos.
-¿Qué te pasa ahora? –susurré.
-A mí no me hacéis caso, me habéis empujado aquí y yo no quería. Yo habría preferido volver al puerto...
-Lo íbamos a hacer, pero entonces descubrimos a los piratas.
-Ya, pero... podíamos habernos escondido en la plaza, y cuando se marchasen ellos, volver al puerto. Porque ahora, ¿adónde vamos? No lo sabemos. A perdernos por pueblos brasileños, eso sí. Y yo quiero volver a casa.
La besé aunque el brasileño y Blanc nos estuviesen mirando.
-Si hemos logrado escapar de los piratas, también seremos capaces de volver a casa –aseguré.
Ella no respondió. Continuamos en el carruaje durante varias horas, recorriendo, a veces, caminos abruptos. Nadie decía nada: Blanc no quería hablar delante del brasileño, supongo que por miedo a que nos entendiese (para ciertas cosas, Blanc era muy discreto), y Jacqueline no tenía ganas de hablar. El carruaje saltaba tanto que ella se agarraba a mí para no salir impulsada contra Blanc, que se sentaba enfrente. Pero el chico no se agarraba a nadie ni a nada, y en un preciso instante, salió impulsado contra Jacqueline, chocó contra ella.
-Sois unos cerdos, los dos –increpó la joven.
Me sorprendió que también me insultase a mí.
-¿Por qué, te he hecho daño? –dijo Blanc-. ¡No lo pretendía!
-¡Pues agárrate a algo! Al asiento.
Blanc le hizo caso, y yo le dije a la joven:
-¿Yo por qué, qué te he hecho? Te trato lo mejor que puedo...
-Piensas que soy inferior, que no puedo luchar tan bien como tú. Tú te habrías enfrentado a Olivier de ser necesario, pero a mí no me dejas hacer nada.
-Intentaba protegerte –expliqué.
-Yo también a ti. Yo llevo puesta la malla, tú no, y no iba a dejar que Olivier te matase.
-Amigos, el significado de todo esto es que os queréis –intervino Blanc-. Entonces, ¿por qué discutís?
-Porque cuando yo estoy en condiciones de protegerlo a él, él no me deja –respondió Jacqueline-. No me considera capacitada para hacerlo.
-Bien, de acuerdo –dijo Blanc-. Conclusión: Joachim es tonto.
-¡Eh! –protesté-. ¡No, no estoy de acuerdo! Blanc, ¿para qué te metes? No estábamos hablando contigo.
Él se encogió de hombros y respondió:
-Entre las actividades que se pueden hacer aquí, que son: aburrirme sin hacer nada, y consecuentemente marearme; o meterme en vuestra conversación y tomaros el pelo, esta última es la que más me apetece.
Miró a los lados, se acercó a mí y me dijo al oído:
-Con buena velada lo arreglas.
No me hizo falta eso. Más tarde, Jacqueline me dijo que al llegar a París, ella debería contarle al padre de Martel que dicho abogado había muerto. Eso le daba preocupación, no sabía cómo contárselo y por eso estaba nerviosa. Además me dijo:
-También tenía ganas de enfrentarme a Olivier. Por su culpa casi me desangro, y quería que él supiera que había sido un error meterse conmigo de esa forma. Quería demostrárselo yo misma. Pero tal vez fuese demasiado arriesgado. Y tú... cuidaste de mí.
-Le contaré al padre de Martel lo ocurrido –respondí, con voz ronca-. Quieres que lo haga, ¿verdad? Pues haré lo que desees.
-También se lo puedo decir yo –intervino Blanc-. Voy con vosotros a París y se lo cuento.
-Nadie te ha pedido tu opinión –contesté.
-¡Oh, vaya! ¿Estás enfadado, Joachim?
Negué con la cabeza.
-Solo estoy un poco cansado –expliqué.
Cuando vimos un puerto de lejos nos bajamos del carruaje. Blanc llevaba un saco con sus pertenencias, pero como no estaba recuperado de la herida que Olivier le había ocasionado hacía días, me pidió a mí que le llevase el saco. Menos mal que pesaba poco.
Una vez en el barco, me di cuenta de que hacía tiempo que no me encontraba tan relajado. Yo estaba acostumbrado a obedecer las órdenes de los piratas, y ahora que eso se había terminado, sentía un gran alivio. En vez de pagar el viaje a Francia con dinero, lo pagábamos con trabajo. Jacqueline y yo cocinábamos, y Blanc hacía limpieza, pero esa labor era mucho mejor que la del barco pirata. Teníamos mucho más tiempo libre que en el Francés Temerario, y los tripulantes de este nuevo barco eran infinitamente más amables.
Yo pasaba mi tiempo libre con Jacqueline. En el barco viajaban cinco hermanas alemanas y Blanc intentaba conquistar a alguna de ellas, pero no lo lograba. Ellas hablaban algo de francés y por eso se entendían con Blanc, pero ni así le hacían caso. Cuando ellas se cansaban de las conversaciones de Blanc, alegaban que no lo entendían y se marchaban. Y esa fue mi perdición, porque como mi madre es alemana, Blanc me llamaba para hacer de traductor. Jacqueline venía conmigo y se aburría.
Las cinco hermanas se habían cansado de Blanc y ya no le hablaban francés. Pero él no perdía la esperanza. Me llamaba, y me preguntaba todo el tiempo, sonriendo:
-¿Qué dicen?
-Que debes ser dulce y amable como yo, que te afeites... –le respondí una vez.
-¡No! ¡Te lo estás inventando!
-¡Claro que no me lo invento! Aprende alemán y lo verás.
Blanc se quedó serio.
-No sabéis lo que os perdéis –les dijo en francés a las muchachas.
-¿Se lo traduzco? –pregunté.
-¡No! No, Joachim, no. Si se enteran, adiós a las posibilidades de conquistarlas.
-Joachim, vámonos –me pidió Jacqueline.
-No, espera –dijo Blanc-. Dile a Hannah de mi parte que tiene unos cabellos preciosos.
Obedecí. Hannah respondió que Blanc tenía una barba y unos cabellos desaliñados que le daban aspecto de salvaje. Se lo traduje a Blanc y él contestó:
-¡No! ¡Pero si tengo el pelo corto! ¡Y de un color precioso! ¡De color rojito! ¡Y la barba! ¡Pero si la tengo fina, de poco más de una semana! Chicas, no sé qué queréis.
-Joachim, vámonos –repitió Jacqueline.
-Espera –murmuré.
Las chicas le dijeron a Blanc que me imitase. Yo también tengo el pelo corto, aunque algo mejor peinado (se me encrespa, pero le echo agua para disimular). Blanc les respondió que sí, que haría todo lo que le pidiesen.
-Lástima no tener el pelo castaño oscuro, ni los ojos verdes, ni ser alto... –me dijo Blanc, una vez que se hubieron ido las hermanas-. Como tú.
-No es eso –respondí-. Es que yo ando más aseado y por eso te piden que me imites.
-Que andes aseado está bien, pero en lo demás, tienen que quererte como eres, no puedes copiar la personalidad de otra persona –le explicó Jacqueline.
-Entonces, debo andar más arreglado pero a mí manera –dedujo Blanc-. Afeitarme más a menudo, y todo eso.
Al día siguiente vimos a Blanc afeitado y bien peinado. Pero ya era demasiado tarde para conquistar a las chicas: la madre de estas les había sugerido que se apartasen de él, que parecía un salvaje. Y ellas le habían hecho caso. De nada había servido que lo viesen más arreglado.
Blanc pasaba el tiempo con Jacqueline y conmigo. En principio eso no parecía malo, sin embargo, Blanc a veces era bastante molesto.
-¿Para cuándo François? –repetía bastantes veces.
-A ver si te enteras, no voy a tener un hijo –le decía Jacqueline.
-Por eso, ¿para cuándo?
-No lo sé –respondía ella-. Ya te avisaremos.
-¡No, no vale! Después os quedáis en París, yo en Le Havre, y no me entero. Quiero ser el padrino. Anduve cerca de salvarte la vida. Me lo merezco, ¿no? Mira, aunque seas joven, no importa. Mis vecinas de diecisiete años tenían hijos, y tú vas a cumplir los diecisiete dentro de poquito. A ver, ¿para cuándo François?
-Eso es cosa nuestra –intervine-. Métete en tu vida, ¿de acuerdo?
-Mi vida es un aburrimiento. Por eso quiero que tengáis a François. Para cuidarlo.
-Pero a ver, tú te contradices –respondí-. Si tenemos a François, perdón, a JOACHIM-François, algún día, tú estarás en Le Havre y no lo cuidarás.
-¿No me contrataréis de mayordomo?
Eso me extrañó.
-¿Eso es lo que quieres? ¿Venirte a París y ser nuestro mayordomo?
-Sí. Quiero ir a París. Allí hay más mujeres que en Le Havre. Malo será que alguna no me quiera.
Miré a Jacqueline, ella se encogió de hombros.
-Por cierto, hablando de mujeres, si tenéis una hija, le llamaréis Françoise, ¿no? –añadió Blanc.
-¡No! –exclamó Jacqueline-. ¡Para eso no había trato, se llamará Charlotte!
Yo probé a sacar nuevos temas de conversación para que Blanc no nos siguiese forzando a convertirnos en padres. También huía de él a veces. El viaje en barco era demasiado romántico para que Blanc lo estropease. Me gustaba quedarme con Jacqueline, contemplando las estrellas por la noche, la inmensidad del mar por el día, o realizando otras actividades, los dos solos. Nunca me había sentido tan compenetrado con nadie como con ella. A veces no nos hacían falta las palabras para comprendernos.
Blanc me entendía y se esforzaba por dejarnos solos, y a veces organizaba veladas en salas vacías para Jacqueline y para mí. A mí me daba pena de él, por un lado me gustaría pedirle que cenase con nosotros, pero eso limitaría nuestra intimidad. Por eso no le decía nada.
Puede parecer que nuestra estancia en el barco fue completamente maravillosa, pero eso no es del todo cierto. Lo peor ocurrió a comienzos del mes de marzo. Hubo una tormenta en alta mar, y si eso siempre es peligroso, había que añadirle las enfermedades que conllevaba. Jacqueline y Blanc se mareaban. Cuando conocí a la joven, ella se ponía enferma al viajar en barco, pero como tuvo que permanecer en alta mar tanto tiempo (al ser secuestrada por los piratas) se fue acostumbrando. Sin embargo, con los continuos movimientos del barco, durante la tormenta se puso fatal. Yo no sé si Blanc se había mareado antes en alta mar, pero durante dicha tormenta, repito que sí.
Yo tenía que cocinar, con la tormenta se agitaban los platos y me resultaba todo muy difícil. Jacqueline se quedó en el camarote, yo iba a verla cuando podía y bastante me costaba. Andar por el barco sin caerse era casi imposible.
Blanc se quejaba, decía que a él nadie lo atendía, y yo le pedí a un médico que lo atendiese. Este no solucionó las cosas, Blanc seguiría mareado hasta que amainase la tormenta, pero por lo menos, fue un acto de atención. Ni él ni Jacqueline comieron prácticamente nada durante día y medio. Por lo menos, yo les llevé algo de beber (a Blanc también).
El joven me agradeció enormemente que al final me hubiese preocupado por él. El 12 de marzo sería el cumpleaños de Jacqueline, y Blanc decidió hacerle un regalo. Le compramos tres vestidos entre Blanc y yo, lo único que encontramos en el barco que servía para regalar. Una señora estaba diciendo que un pariente lejano le había regalado tres vestidos a su hija, pero que a esta no le servían por estar demasiado gorda. Y nosotros la convencimos de que nos los vendiese (antes de que se le ocurriese llamar a una modista para adaptarlos a la gordura de su hija).
-Jacqueline no tendrá ese problema; o le quedan bien, o flojos, pero no le van a apretar –me comentó Blanc.
Le quedaron bien, de ancho y de largo. Cuando se despertó por la mañana el día de su cumpleaños se los entregué.
-Son solo vestidos, no es gran cosa, pero aquí no he podido comprarte nada más –le dije-. Estamos en un barco.
Jacqueline me los agradeció, supuso que me había resultado complicado encontrar algo que regalarle y valoró mucho ese detalle. Yo realicé mi trabajo y el suyo, quise que descansase durante el día de su cumpleaños. De todas formas, ella me acompañó a la cocina. Al mediodía comimos con los demás pasajeros, con normalidad, fue después de cenar cuando descubrimos la sorpresa que Blanc nos había preparado. Resulta que el joven les pidió a unos músicos que tocasen canciones, es decir, que organizó un baile.
-Jacqueline y tú os casasteis solos ante el cura, sin invitados y sin otro tipo de celebraciones públicas –nos recordó Blanc-. Pues he pensado que... podemos celebrarlo ahora.
Estuvo bien este detalle de Blanc, me brindó la primera oportunidad de bailar con Jacqueline, experiencia que quise repetir. Sé que el joven lo hizo por nosotros, pero él también se aprovechó: lo vi bailando con una americana, y más tarde, con una francesita.
Aproximadamente una semana más tarde llegamos a Le Havre. Era tarde, estaba anocheciendo, y Blanc nos invitó a Jacqueline y a mí a quedarnos en su casa, puesto que sobraban habitaciones. Conocimos a su madre. Ella reprendió a Blanc por haber pasado tanto tiempo fuera, y cuando le contamos nuestras aventuras con los piratas, agradeció que su hijo continuase vivo. Cenamos todos juntos y al día siguiente nos marchamos a París en carruaje. Blanc se vino con nosotros, quería ser nuestro mayordomo.
-Pero Jacqueline y yo vamos a vivir con mis padres –comenté-. Ellos tendrán que estar de acuerdo en admitirte.
-¿Pero seguro que no queréis vivir en la casa que os regaló el padre de Jacqueline?
-Los piratas conocen esa calle. Si pasan por allí...
-¡Pero vendedla! –exclamó el joven-. ¡Comprad otra casa en otro lado!
-Bueno, ya buscaremos un sitio que nos convenga. Pero mientras tanto, nos quedamos en casa de mis padres.
Miré a Jacqueline.
-Va a ser como antes. Ellos vivirán en el piso de abajo, y nosotros en el de arriba.
Blanc sonrió.
-Bueno, yo me buscaré otra vivienda por ahí, ¿de acuerdo? Hay alguna casucha barata, ¿no?
-Supongo, pero tú espera –respondí-. Si mis padres están de acuerdo, te quedas. Sobran varias habitaciones.
Cuando por fin llegamos a París, lo primero que hicimos fue ir a casa de mis padres. Hacía meses, al principio, ellos se habían creído que Jacqueline y yo habíamos permanecido en París todo el tiempo, pero que no habíamos ido a visitarlos. Sin embargo, por medio de la madre de Jacqueline se enteraron de que no nos encontrábamos en la ciudad. Mi suegra fue a nuestra casa varias veces y descubrió que no estábamos. Fue a contárselo a mis padres, y todos se enteraron también de la ausencia de Martel en París.
-No nos fiábamos de él –explicó mi madre-. Temíamos que os hubiese hecho algo a vosotros dos, porque Jacqueline no había querido casarse con él, y que luego hubiese huido.
-No, no nos hizo nada. A él también lo secuestraron los piratas –respondí-. Y ahora está muerto. De un accidente con una espada.
Jacqueline y yo fuimos a ver a la familia de ella (Blanc se abstuvo). Sus padres y dos de sus hermanos (los que vivían allí habitualmente) nos recibieron encantados, muy contentos de que hubiésemos vuelto. Estuvimos allí un buen rato y luego nos dirigimos a la casa del padre de Martel. Yo me ofrecí a darle la mala noticia a ese señor. No me apetecía nada, pero iba a hacerlo por Jacqueline. Llamamos a la puerta y nos mantuvimos cogidos de la mano mientras esperábamos a que nos abriesen. La que nos recibió fue una criada.
-Desearíamos hablar con el señor Martel –le dije-. Mi acompañanta es Jacqueline Clerc, Jacqueline Lebon de soltera. El señor Martel la conoce.
Esperamos fuera a que llegase Martel padre. Este nos invitó a pasar a un gran salón.
-Jacqueline, has vuelto, ¿dónde está Jean-Charles? –preguntó él, por el pasillo.
-A él y a nosotros nos capturaron unos piratas –intervine-. Jean-Charles luchó contra uno de ellos para obtener una armadura, y... hubo un accidente. Al pirata se le escapó la espada y... Jean-Charles... a Jean-Charles se le clavó la espada en el vientre, y...
Me interrumpí. Jacqueline me apretaba la mano para darme valor. Yo le acaricié la suya.
-Está muerto –proseguí-. Lo enterramos en un puerto de Brasil. Lo siento mucho. Os acompaño en el sentimiento, señor Martel.
Él se puso nervioso de repente. Primero parecía tan sorprendido que ni siguiera le saltaban las lágrimas. Sin embargo, más adelante sí que lloró. A mí me pareció noble, porque nos agradeció a Jacqueline y a mí que hubiésemos asistido al entierro, y que hubiésemos ido a contarle la noticia a él y a intentar consolarlo.
Durante los días siguientes fuimos a trabajar al restaurante. A mí me daban un buen sueldo, y a ella apenas le pagaban. Me quejé al propietario y él dijo:
-Las mujeres cocinan por naturaleza, ¿por qué habría de pagarle yo más dinero a esta para que lo haga? Muchachita, si quieres ven, y si no, quédate en tu casa. Hay chicas peleándose por tu empleo, ¿sabes, nenita?
-Sí, no me despidáis –se resignó Jacqueline.
Me contuve entonces, pero en cuanto se marchó el jefe, dije:
-Es un abuso.
Blanc estaba viviendo en una habitación del piso de abajo, en la casa de mis padres. Él también opinaba que el jefe del restaurante trataba a Jacqueline injustamente.
-Yo le voy a meter presión, a mí no me va a hacer nada, no me puede despedir, no trabajo para él –me dijo Blanc.
-Pero puede despedirnos a nosotros –razoné.
Pasadas varias semanas vendimos la casa que nos había regalado el padre de Jacqueline y sacamos un grandísimo beneficio. Jacqueline seguía sin cobrar lo justo y Blanc se quejaba por eso, pero la joven ya no protestaba. Yo, en mi tiempo libre, pintaba cuadros, la retrataba a ella.
-Va a haber un baile cerca de vuestro restaurante, ¿no vais a ir? –nos preguntó Blanc, en una ocasión-. Porque yo sí.
-Puede que vayamos –respondí-. Y tú, ¿con quién vas? ¿Solo y a intentar “pescar”.
-No. No conocéis a Virginie, ¿verdad? Pues yo sí, la he visto en el mercado y...
-Una verdulera –supuso Jacqueline, sonriendo.
-No. Estaba comprando, no vendiendo. Le he llevado las mercancías a su casa. Creo que la he conquistado.
No me fié. Blanc siempre decía eso, pero nunca acertaba. Jacqueline y yo fuimos al baile y es verdad que Blanc y Virginie estuvieron juntos, pero no sé en qué quedará eso. Mejor pinta que los otros intentos de Blanc tiene, sin embargo, yo a él le pediría precaución, que no se emocione precipitadamente.
Blanc sigue deseando que Jacqueline y yo tengamos un hijo. Eso, por lo menos, tarde o temprano llegará. Pero que Blanc encuentre a su chica ideal es menos probable.

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