martes, 22 de septiembre de 2009

Los otros piratas

Finales de abril
Bajé las escaleras para hablar con Blanc. Pero antes de toparme con él oí el sonido de alguien llamando a la puerta. Yo mismo abrí; era Georges Lebon, mi cuñado, el hermano de Jacqueline. El joven parecía fatigado.
-Se trata de Guillaume, ha venido a casa de mis padres –logró decir-. Os busca a vosotros, o mejor dicho, busca la malla que Martel le dejó a Jacqueline como herencia. Haced algo, huid. Guillaume no sabe en dónde vivís, pero entre él y los piratas son capaces de rastrear París entero para encontraros.
-¿Adónde vamos a ir? –pregunté-. ¿Qué lugar es seguro?
-Más que este, cualquiera. Marchaos.
Blanc y mi padre intentaban arreglar una estantería de la habitación del primero de ellos.
-Viene Guillaume –informé-. Georges dice que solamente busca la malla, pero yo creo que si nos ve, nos captura. Jacqueline y yo nos vamos.
-Vamos en carruaje a Le Havre –propuso Blanc-. Mi madre vive allí, nos alojará.
-¿Tú también te vienes?
-Pues claro. A mí también me querrán capturar, ¿no crees?
Yo subí a avisar a Jacqueline.
-Guillaume anda por París, nos busca, hay que escaparse. Nos vamos a Le Havre. Trae la malla, eso es lo que quiere.
-¿Y si se la damos? –sugirió mi joven esposa.
-¡No! ¿No lo entiendes? ¡Esa es una disculpa! Nos hemos escapado dos veces de su barco, y eso a los piratas les da rabia. ¡No quieren admitir que somos más listos que ellos, por eso desean capturarnos otra vez, y tenernos capturados para siempre! Quieren demostrar que pueden con nosotros.
Ella asintió con la cabeza.
-Coge lo necesario y vámonos –añadí.
-Joachim, tengo que decirte algo, no estoy completamente segura, pero... –empezó a decir.
-Ya hablaremos, ¿vale? Ahora hay mucha prisa –la corté.
Cogió algo de ropa y yo también. Bajamos las escaleras, Blanc ya estaba esperando. Y nos escapamos de allí corriendo.
-Joachim, podrías haberle dejado unos pantalones a la nena –comentó Blanc-. Razona un poco, ellos buscan a dos chicos y a una chica. Si nos ven de lejos, se nos acercarán para ver si somos nosotros. Y de la otra forma, si hubiesen creído ver a tres chicos, los despistaríamos.
No se me había ocurrido, había que admitir que Blanc era muy ingenioso.
-Buena idea, pero mis pantalones le arrastrarían entre quince y veinte centímetros, supongo –respondí-. Y eso llamaría la atención.
-Ya, pero los míos le quedarán mejor. Llevo varios en mi saco. Jacqueline, vamos a un callejón, te tapamos con una tela ancha y te cambias de ropa. Luego te recogeremos el pelo como a un chico. Y... te pintaremos la cara con un poco de barro. Eso te dará aspecto de brutalidad.
Jacqueline se negó, dijo que no funcionaría, que lo que conseguiría iba a ser que la viese la gente cambiándose de ropa. Se irritó mucho y Blanc terminó desistiendo. Encontramos un carruaje que iba hasta Le Havre, pero no íbamos nosotros solos, sino que nos acompañaba un grupo de hombres. Recordé que Jacqueline quería contarme algo y le pregunté qué era. Ella miró a los pasajeros, se puso colorada y dijo que no era nada.
Hicimos varias paradas por el medio y en una de ellas se bajaron esos hombres definitivamente.
Nos alegramos cuando por fin llegamos a Le Havre. Jacqueline y yo conocíamos a una señora muy amable que vivía allí, la señora Fiquet. Ella había coincidido con Jacqueline en un viaje en barco. Nos dirigimos a su casa, esperando que nos alojase durante unos días, pero allí no había nadie. Una vecina nos explicó que Fiquet había ido a no sé qué pueblo, a la boda de su hijo, y que tardaría una semana o más en volver. Entonces Jacqueline y yo fuimos a casa de la madre de Blanc, a ver si nos dejaba hospedarnos allí. Sí que nos lo permitió.
Los días siguientes en Le Havre sucedieron con cierta normalidad, aunque oí a Blanc y a Jacqueline hablando de ir al médico. Les pregunté qué pasaba, Jacqueline tardó en responder y finalmente me dijo que necesitaba hacerse una revisión.
-¿Te pasa algo? –quise saber.
Ella me miró, la madre de Blanc entró en ese momento y Jacqueline optó por negar con la cabeza y no explicarme nada más. Decidí no preocuparme por eso.
Blanc conocía un restaurante en la ciudad y logró que me contratasen provisionalmente. Jacqueline a veces venía conmigo y él iba a pescar. Todo parecía muy tranquilo, tal vez demasiado. Lo que alteraba la normalidad a veces eran los comentarios y preguntas de la madre de Blanc, que era severa e indiscreta. A Jacqueline la ponía de los nervios. A mí tampoco me gustaba, pero hacía lo posible por disimular.
Una tarde la señora Blanc propuso que fuésemos todos juntos al puerto. Jacqueline no quería ir, se disculpó diciendo que le dolía la cabeza, sin embargo la madre de Blanc respondió:
-Te hará bien tomar el aire. Pero dime, ¿por qué te duele la cabeza, qué tienes?
Noté que Jacqueline dudaba. Me miró mucho y luego respondió:
-No lo sé, no tengo nada.
La madre de Blanc la miró como diciendo: <>.
-Podemos comprar una casa en Le Havre –le comenté a Jacqueline cuando la señora Blanc no escuchaba-. No tendremos que aguantarla para siempre.
-Pues podemos empezar a buscar casa, porque con esa mujer me siento observada todo el tiempo. Entra en nuestro cuarto sin llamar, me lo reprocha todo...
Eso era cierto. Blanc no le hacía caso a su madre cuando a esta le entraban las manías, y la señora Blanc a mí me tenía cierto respeto, por eso fastidiaba a Jacqueline más que a nadie. Esa tarde en el puerto, la señora Blanc quiso ir hablando con Jacqueline, y que Blanc y yo hablásemos entre nosotros. La joven no mostraba demasiado interés en su conversación y eso irritó a la otra. Le riñó, y Jacqueline, en vez de atender a la reprimenda, miró al mar mientras tanto. La señora Blanc se enfadó más y gritó:
-¡¿Qué se va a esperar de ti?! ¡Al fin y al cabo eres una niña caprichosa que se escapó de casa!
-¡Querían casarme a la fuerza! –respondió Jacqueline -. ¡Hablé con mis padres y no me hicieron caso, no sabía qué hacer, les dejé una nota...!
Blanc puso una mano sobre el hombro de Jacqueline.
-Tranquila, no le hagas caso –le dijo-. Para ella hay pocas cosas correctas, no le des importancia.
-¡A mí me casaron a la fuerza y no protesté! –siguió diciendo la señora Blanc.
-No creo, vos protestáis por todo – contestó Jacqueline.
Yo venía venir una respuesta así. Jacqueline es tímida, pero la señora Blanc la estaba molestando de tal manera que la joven no se podía contener. La señora Blanc le propinó una bofetada.
-¡No tenéis derecho! –intervine.
-Mientras viváis en mi casa, sí tengo derecho.
Jacqueline se frotaba la mejilla y miraba a la señora Blanc con rabia.
-Joachim, vámonos –me dijo-. No aguanto más.
-¿Qué es lo que no aguantas? –intervino la madre de Blanc-. ¿A mí?
Jacqueline no contestó, sino que se escapó. Yo me fui detrás de ella y Blanc nos siguió.
-Vamos a casa –le dije a la joven.
-¿A casa de ella?
-Sí, pero no importa. Estaremos nosotros solos, ahora ella anda de paseo por fuera.
Al llegar a casa, dado que nadie más que yo la veía ni la escuchaba, Jacqueline se desahogó criticando a la madre de Blanc. Blanc también estaba en casa, pero en el piso de abajo. En nuestro cuarto, Jacqueline se quitó la chaqueta y la lanzó violentamente al aire. La prenda cayó justo encima de un jarrón de la señora Blanc. Jacqueline cogió la chaqueta descuidadamente, con rabia, para sacarla de allí, pero lo que logró fue que la prenda se enroscase en el jarrón y lo tirase al suelo. Y obviamente, el jarrón se hizo añicos. Entonces Jacqueline se echó a llorar, consciente de lo que había hecho.
Blanc llamó inmediatamente a la puerta.
-¿Qué hacéis, que ha pasado? –preguntó.
-Se ha caído un jarrón –admití.
Me pareció que lo mejor era reconocer la verdad. Blanc frunció el ceño y comentó:
-A mi madre no le va a gustar. Si queréis, os ayudo a esconder los trozos y a deshaceros de ellos.
-No. La verdad acabaría saliendo a la luz de todas formas –respondí.
Jacqueline seguía llorando cuando llegó la madre de Blanc, casi un cuarto de hora después. Mientras esta última subía las escaleras, ya iba reprendiendo a Jacqueline por haberse marchado del puerto, pero cuando abrió la puerta y descubrió el jarrón roto sí que se puso realmente como una furia. Nos riñó a los dos y nos pidió inmediatamente que le contásemos quién había roto el jarrón.
-He sido yo, pero no quería. La chaqueta... –empezó a decir Jacqueline.
La señora Blanc no quiso oír nada más. La agarró, le dio una bofetada y la golpeó en las nalgas.
-Si no estás a gusto aquí es mejor que te marches –le dijo-. Que seas una maleducada es una lástima, pero lo que no te voy a permitir es que me rompas las pertenencias. Lo has hecho a propósito, vete de aquí.
Intentamos disuadir a la señora Blanc, su hijo también intervino, sin embargo, esta no cambió de opinión. Yo me marché con Jacqueline, por supuesto, y Blanc salió con nosotros para indicarnos la localización de un hotel que conocía.
-Jacqueline, perdona, se ha pasado muchísimo, ya lo sé –dijo Blanc, por el camino-. He intentado calmarla, pero no he podido.
Jacqueline le dirigió una húmeda mirada y respondió, llorando:
-Yo no quería. Se me ha enganchado... la chaqueta. ¿Tú me crees?
-Sí, claro que sí.
Llegamos al puerto.
-El hotel está ahí enfrente, pero habrá que esperar a que se calme un poco, ¿no? –me dijo Blanc-. No vais a entrar estando ella así, llorando.
Le di la razón. Blanc esperó con nosotros. Atardecía. Le pregunté al joven si no tenía hambre, si no quería cenar, y él dijo que no, que le apetecía más estar con nosotros.
-Joachim, es culpa mía –dijo de repente Jacqueline-. Tú podrías seguir viviendo allí, pero yo retiré la chaqueta con fuerza y rompí el jarrón... Estás pagando por lo que yo he hecho.
-No importa –respondí automáticamente-. Estoy contigo para todo.
Pareció calmarse. Yo estaba sentado a su izquierda, con un brazo sobre sus hombros, y Blanc a su derecha.
-Tengo que ir al baño –dijo Jacqueline.
-Vete a ese callejón –respondió Blanc, señalando a la derecha-. Mira, ahí se encuentra, casi nunca pasa nadie. Nosotros te esperamos aquí.
Ella le hizo caso. Nosotros nos quedamos en el puerto, pero casi al instante escuchamos que gritaba:
-¡Socorro!
Me puse de pie inmediatamente, sabiendo que era Jacqueline quien gritaba. Blanc también se incorporó y los dos fuimos corriendo en busca de la chica. Entonces descubrimos que la rodeaban casi una decena de hombres, de piratas. No era la tripulación de Guillaume, sino otra.
-¿Son estos tus héroes? –se burló uno de los hombres.
La sujetaban entre tres, e inmediatamente otros hombres nos agarraron a Blanc y a mí.
-¿Qué hacemos con estos? –le preguntó un pirata al que seguramente sería el capitán-. ¿Nos libramos de ellos o los contratamos de ayudantes?
-¿Qué queréis? –nos preguntó el capitán-. ¿Uniros a nosotros o morir?
Jacqueline logró mover un poco el cuello, cosa difícil dado lo sujeta que la tenían.
-No me dejéis –nos dijo.
-Yo me voy adonde vaya ella –les contesté a los piratas.
-Yo voy con ellos –respondió Blanc.
-¡Cobardes! –gritó un pirata.
No le hicimos caso. Desde el callejón nos llevaron por un camino desierto.
-¡No me toques! –le dijo Jacqueline a uno de los hombres.
-Stéphane, ahora concéntrate en que no se escape –le dijo el capitán a ese pirata-. Llévala al barco, cumple tu trabajo, porque si no, te encerraremos junto a... nuestros amigos –mirándonos a Blanc y a mí despectivamente.
Llegamos al barco. Se me hacía rarísimo que nadie hubiese visto cómo nos secuestraban los piratas, parecía mentira que al otro lado del puerto se encontrase un número considerable de personas, y sin embargo, por la zona de los piratas no hubiese nadie. Una opción de hacernos notar sería dar gritos, pero nuestros captores ya habían previsto esa posibilidad, y nos habían amenazado para que nos mantuviésemos en silencio.
A Blanc y a mí nos encerraron en una celda, en uno de los pisos inferiores del barco, y se llevaron a Jacqueline a no sé dónde. Blanc golpeó los barrotes para intentar salir, pero no lo consiguió.
-¿Qué crees que le están haciendo a Jacqueline? –le pregunté al joven.
Su rostro se ensombreció de pronto.
-No lo sé, pero mantén la calma –respondió-. Te digo la verdad, no creo que la quieran matar.
-Aun así, existen diversos tipos de tortura.
Blanc se quedó en silencio. Yo observé el entorno: fuera de la celda, a la derecha, había un armario con una llave metida en la puerta. Y más a la izquierda, al fondo de la estancia, se encontraba otra llave, esta colgando de un gancho.
-Tal vez una de esas llaves sea la que abra la celda –comenté.
-Ya, ¿y quién nos las va a acercar? –razonó Blanc.
-¿Tienes una cuerda?
-No.
Yo intentaba elaborar un plan cuando de repente escuché unos pasos acelerados. Era Jacqueline, venía corriendo por las escaleras (que estaban al fondo, a la derecha) y se acercó a nosotros.
-¡Eh, las llaves! –susurró Blanc-. ¡Jacqueline, ayúdanos, tráenos la llave del armario y la de la pared!
Ella obedeció. Los barrotes no nos impedían cogernos de las manos, y eso hicimos. Ella estaba arrodillada al otro lado de la celda.
-Ayudadme también vosotros a mí –dijo-. Estoy cenando con ellos y no me dejan en paz. Pero temo que pueda llegar algo peor. Les he dicho que tenía que ir al baño y me han dejado salir un momento, sin embargo, si tardo mucho vendrán a buscarme.
Se puso de pie.
-No les he mentido –añadió-. En el callejón estaban ellos y he tenido que aguantarme. Vengo ahora.
Bajó por unas escaleras de la izquierda.
-Joachim, esconde las llaves –susurró Blanc. Ahora tal vez vengan los piratas, pero luego probaremos, a ver si somos capaces de abrir la puerta.
Jacqueline no tardó en volver.
-Joachim, me miran como si nunca hubiesen visto a una chica, no me siento... –empezó a decir.
Se interrumpió al oír pasos.
-Son ellos –supuso-. Joachim, no quiero irme de aquí. No quiero que me aparten de ti.
Se acercó un pirata. Traía una especie de palangana con comida para mí y para Blanc.
-Vámonos, nena –le dijo a Jacqueline.
Me gustaría haberle pedido a Jacqueline que me diese alguna señal si las cosas se ponían feas, pero no tuve tiempo, y además, no era tan fácil inventarse una señal que funcionase en la distancia. Esperé a que Jacqueline y el pirata se alejasen y luego traté de abrir la cerradura de la celda.
-¿Tan pronto? –preguntó Blanc-. ¿Estás seguro? ¿Y si nos pillan?
-A ella ya la tienen pillada –declaré-. Tú quédate aquí si quieres, pero yo voy a prestarle mi ayuda.
Blanc negó con la cabeza.
-No te precipites –respondió-. Si te ven, te preguntarán cómo has salido de los calabozos. Entonces tendrás que admitir que Jacqueline nos dio las llaves, y eso a ella la compromete. La vas a meter en un lío.
Dudé.
-Y según tú, ¿qué debemos hacer? –pregunté.
-Esperemos a que llegue la noche.
-Yo no puedo. Ya la has oído, se están metiendo con ella, no la voy a dejar abandonada.
Blanc se encogió de hombros.
-Pues que tengas suerte –dijo.
Volví a intentar abrir la cerradura y lo conseguí. Dejé las llaves del armario colgadas del gancho de la pared de enfrente, para que si alguien miraba viese llaves, y metí las auténticas (las que abrían la celda) en el bolsillo. Dejé a Blanc encerrado en la celda y me marché.
Al subir las escaleras, en el piso que se encontraba justo encima vi un montón de armas. Cogí dos espadas, por si tenía que utilizarlas en defensa propia, y seguí subiendo las escaleras. Cuando me acerqué a la cocina escuché un gran alboroto: a los piratas hablando, riéndose y moviendo las sillas. La puerta se encontraba entreabierta. Me arrodillé allí mismo, sin pasar a la cocina, y vi al capitán en la cabecera de la mesa. Este tenía a Jacqueline en brazos, agarrada de la cintura. Le acariciaba la barbilla y ella forcejeaba por apartarse.
No supe qué hacer. Si entraba, tendría que enfrentarme yo solo a decenas de hombres. Entonces me propuse quedarme fuera observando, y si sucedía algo más grave, pasar.
Esperé fuera durante unos veinte minutos, nervioso, sin saber qué hacer si alguien me descubría. Y de repente escuché a Jacqueline pidiendo que le dejasen salir otra vez. Ellos se negaron. Yo estaba tan asustado que no podía ni moverme. Me avergoncé de mí mismo por no entrar en el comedor a defender a Jacqueline. Ya ni siquiera me atrevía a mirar qué pasaba, solo me guiaba por lo que oía.
-¡Si te encuentras mal, bebe ron! –gritó uno de los piratas.
-De acuerdo, que beba, pero no demasiado –dijo otro, el que según a mí me pareció, era el capitán-. Solo hay que emborracharla, no vaya a ser que le dé una enfermedad grave por beber demasiado. Con lo que nos ha costado dar con una chica guapa, no vamos a acabar con ella, ¿no?
-¡Pero es una niña! –exclamó otro pirata-. ¿Qué tendrá, quince años? ¡Eh, nenita! ¿Cuántos años tienes?
Me atreví a mirar otra vez lo que ocurría en la cocina, pero solo vi a los piratas. Estaban delante de Jacqueline, la tapaban, no me dejaban verla.
-¡¡Eh, nenita, contesta!! ¡¿Cuántos años tienes?!
Yo no oía si contestaba o no, con el ruido que armaban los piratas, pero tuvo que decirles la verdad, porque luego el capitán comentó:
-¿Veis? Tiene diecisiete. Es casi una mujer. A mí, por lo menos, me gusta.
Oí un golpe, y luego a los piratas gritando:
-¡¡No se tiene de pie!!
Seguí observando y por fin vi a Jacqueline. El capitán la llevaba en brazos y se acercaba con ella a la puerta. Yo decidí averiguar, sin ser visto, adónde la llevaba. Me alejé corriendo y me escondí como pude al lado de una armadura. Si el capitán hubiese mirado hacia la izquierda, me habría visto, pero afortunadamente siguió por un pasillo que estaba a la derecha y no miró hacia otro lado. Entonces fui detrás de él, lo más sigilosamente que pude, y vi cómo el capitán abría la puerta de un camarote y metía dentro a Jacqueline.
-Yo sé que quiero un trago de ron –dijo el pirata-. Voy a la cocina a beber, vuelvo ahora.
No supe en dónde esconderme para que el capitán no me viese al pasar. Empujé una puerta, la de otra habitación, y me alegré muchísimo de que se abriese, y de que dentro no hubiese nadie. Cerré la puerta, y mientras el corazón me latía fuertemente, escuché los pasos del capitán alejándose. Volví a abrir y entré en la habitación en la que estaba Jacqueline. El capitán había dejado la puerta abierta de par en par, pero yo por dentro le eché el cerrojo. Jacqueline estaba acostada sobre la cama.
-No me hagáis nada, me mareo –murmuró.
-Soy Joachim –declaré.
Ella intentó sentarse en la cama al oír eso.
-Ayúdame. El capitán está a punto de volver.
Me arrodillé a su lado. En la distancia, los piratas se estaban riendo.
-Vamos –dije-. Te llevaré a los calabozos. No suena bien, ya lo sé, pero estás mejor allí conmigo que aquí con los piratas.
La cogí en brazos y la llevé a otra habitación, para evitar que el capitán nos viese al andar por el pasillo. Esperamos en silencio y por fin escuchamos pasos, y poco después, al capitán diciendo:
-¿Dónde estás? ¡Eh, chavalita! ¿Dónde te has metido?
-Me duele la cabeza –susurró Jacqueline-. Tengo náuseas.
-Es por el alcohol. Se te pasará –dije.
-No. No es por eso. No han llegado a darme alcohol. Pero me mareo en el barco.
El capitán gritó amenazas para obligar a Jacqueline a que se dejase ver.
-Vámonos –le dije-. Te llevaré corriendo a la celda, antes de que el capitán nos pille.
-Tengo que decirte una cosa –comentó Jacqueline.
-Espera solo a llegar a la celda. Luego hablaremos con calma.
Bajé las escaleras corriendo, con Jacqueline en brazos, y me encerré con ella en la celda en la que seguía estando Blanc.
-¿Eres estúpido? –me dijo este-. ¿Para qué la encierras aquí?
-La han amenazado y no se encuentra bien –respondí-. Aquí estará protegida, los piratas no pueden entrar. Yo tengo la llave, no ellos.
Jacqueline apoyó su cabeza en mi torso.
-¿Te sigues mareando? –le pregunté.
-Sí –susurró.
De repente llegaron los piratas y el capitán gritó:
-¡Tú, niña tonta! ¿Para qué te encierras con estos estúpidos? ¡Sal de ahí inmediatamente!
-No me tratéis, así. Espero un hijo –respondió Jacqueline.
Blanc sonrió al oír la disculpa.
-¡No soy tonto, no me lo creo! –dijo el capitán.
-Pues es cierto –insistió Jacqueline-. Dejadme un poco en paz.
El capitán miró a los demás hombres, y al fin propuso:
-Puedes quedarte ahí a pan y agua; o salir, estar con nosotros y comer bien.
-Me trataréis mal escoja lo que escoja –supuso Jacqueline-. Pero me voy a quedar aquí.
-Tú decides, niña. Ya verás como mañana por la mañana ruegas que te saquemos de aquí.
Los piratas se fueron.
-Buena disculpa, por lo menos –comentó Blanc-. Has logrado que se marchen, y que te dejen quedarte aquí.
-No les he mentido – dijo Jacqueline-. Joachim... no te lo conté. En casa de la madre de Blanc no quería hablar sobre eso, no quería que ella nos escuchase...
-Eh, ¿pero es cierto? –se interesó Blanc-. ¿De verdad vas a tener un bebé, no son solo suposiciones?
-No son solo suposiciones –murmuró ella.
Yo me quedé tan impresionado que no reaccioné. Iba a ser padre, y ahora que me había enterado, me daba la impresión de que siempre lo había sabido, pero a la vez, paradójicamente, no terminaba de creerlo.
Acaricié a Jacqueline en los brazos y en la espalda. Sentí que ahora había algo que nos unía incluso más que anteriormente.
-No pude decírtelo antes... –comentó ella.
-No importa.
-Joachim, tengo miedo de no estar a la altura –admitió.
Yo también era joven, pero sabía que estaría a la altura porque querría a mi bebé y le daría todo lo mejor. Eso le expliqué a Jacqueline.
-Si podemos volver a París, mi madre nos ayudará a cuidarlo –añadí.
-Yo os ayudaré de todas formas –intervino Blanc.
Jacqueline se acostó en la litera de arriba. Yo me quedé sentado al lado de Blanc.
-Te va a cambiar la vida –comentó él-. Pero no te preocupes, Jacqueline te seguirá queriendo como antes.
Me puse colorado al oír a Blanc diciendo eso.
-Al niño lo va a querer muchísimo –supuso-. Pero eso no va a cambiar nada. También quiere a su madre y a sus hermanos, y a pesar de eso te sigue queriendo a ti. El amor no es una lucha. No hay que escoger a quién se quiere. Se puede amar a muchas personas de manera distinta. El amor de un matrimonio es diferente al de un padre y un hijo, pero no por eso va a ser menor un tipo de amor que otro.
Lo miré de reojo y él añadió:
-Yo siempre he querido que tuvieseis un hijo, y era para cuidarlo yo. Voy a estar más tiempo con él que tú. Es muy divertido.
Nos quedamos en silencio. En la celda había dos literas y éramos tres personas. Se puede pensar que yo podría dormir con Jacqueline, pero las literas eran tan estrechas que me resultaría imposible.
-Yo sobro, ya lo sé –comentó Blanc-. Si tuviéramos la llave de otra celda, me iría para allí.
Cuando fue hora de dormir, le dejé la litera de abajo y yo me apoyé en un saco, en el suelo.
Me despertaron unos golpes en la celda y unos gritos. Abrí los ojos y vi a Guillaume-Thomas Lebon y a Claude Olivier golpeando los barrotes desde fuera.
-¿Qué hacéis aquí vosotros? –pregunté.
-¡La malla, entregádnosla de una vez! –gritó Lebon.
-No la tengo aquí –respondió Jacqueline.
-¿Y dónde, entonces? Fuimos a casa de los padres de Joachim Clerc, y ellos nos dijeron que os habíais marchado con la malla. Alguien miente, y a mí no me gustan las mentiras.
Nadie mentía. Nosotros nos habíamos marchado con la malla, tal como decían mis padres, pero ahora no la teníamos en el barco. La habíamos dejado en Le Havre, en casa de la madre de Blanc.
Todos nos quedamos en silencio hasta que Guillaume dijo:
-Me llevo a mi hermana de rehén. La cargaré de trabajo en mi barco hasta que alguien me explique lo que pasa.
-No –intervine-. Espera un hijo.
-¡No, esta vez no cuela! ¡Ya me engañaste una vez con esa disculpa, Clerc! ¡Pero ahora no pienses que te voy a hacer caso!
-Esta vez es cierto –aseguró Jacqueline-. Guillaume, yo no te miento.
-¡¡¡Llámame capitán Lebon!!! A ver, ¿cómo se sale de la celda? ¿Dónde está la llave?
Los piratas del barco en el que viajábamos ahora se acercaron.
-Eh, ¡pero si es el niño Lebon! ¿Qué haces aquí? –dijo el capitán.
-Hola, Granger. Tengo... un asunto pendiente con mi hermana, me gustaría llevármela a mi barco.
Granger miró a Guillaume con sorpresa.
-¿Es tu hermana? Bueno, mira, pequeño, es que tenemos escasez de mujeres en el barco y... mejor llévate a otro. ¿No te vale este? –preguntó, señalando a Blanc.
-En ese caso, mejor al alto –dijo, al mismo tiempo que yo me sobresaltaba-. También me servirá.
Granger se mostró de acuerdo y buscó las llaves de la celda para sacarme de allí. Pero las llaves estaban en mi bolsillo, y por supuesto que no las encontró.
-La chica sabe algo –supuso él, finalmente-. Ayer estaba con nosotros, se escapó, y se encerró aquí. Para eso ha necesitado las llaves.
Granger desenvainó la espada, y entre las rejas, apuntó a Jacqueline.
-Las llaves –le pidió.
Las saqué rápidamente del bolsillo. Los piratas sonrieron y abrieron la puerta.
-Joachim –murmuró Jacqueline-. No me dejes.
La besé. Ella me agarraba la manga de la camisa para impedir mi marcha, pero yo me solté.
-O tú o yo –le dije-. No te preocupes, no me pasará nada. Procura cuidarte.
Los piratas me agarraron y me sacaron de allí. Fui con ellos a cubierta, y agarrándome a un cabo, me obligaron al saltar a otro barco, al de Guillaume. Me asusté, dado que las dos naves se hallaban en movimiento, pero no me pasó nada. Guillaume me condujo a su camarote. Yo creía que me iba a castigar, sin embargo, me equivocaba.
Noté bastante nervioso al capitán. Me mandó sentarme mientras que él se quedaba de pie, enfrente de mí, al otro lado de la mesa.
-Joachim, la piratería ha dejado de atraerme –admitió-. Me ocasiona más gastos que ganancias. Y es demasiado arriesgada. Estoy pensando en buscar otra ocupación. Pero antes... me gustaría conseguir un último tesoro, y me refiero a la malla de Jacqueline. Si me la dais, no volveré a atacaros, ni a secuestraros. Tendré que hablar con ella también, pero por lo de pronto, ¿tú aceptas el trato?
No me fié, me pareció una trampa. No es de extrañar, un capitán pirata no ofrece mucha confianza, ¿verdad? Me imaginé que nos secuestraría a Jacqueline, a Blanc y a mí en cuanto le entregásemos la malla.
-No llevamos la malla con nosotros –respondí-. Y aunque la llevásemos, no habría trato.
Guillaume se quedó en silencio durante unos segundos y luego comentó:
-Mi tripulación y yo fuimos a Le Havre después de abandonar París. Supusimos que al menos Blanc estaría allí, dado que es su ciudad. Luego nos encontramos con el capitán Granger y le pedimos... una unión entre su tripulación y la nuestra. Pero me ha puesto unas condiciones inaceptables y le voy a decir que no. Joachim, tú seguramente estás contra Granger, él tiene secuestrada a Jacqueline. Entonces, si vas contra él, tú y yo estamos del mismo lado.
-No voy a colaborar contigo. Ahora Granger tiene a Jacqueline, pero si no, la tendrías tú. Acabas de amenazarla con un trabajo durísimo si no te entregaba la malla. ¿Por qué voy a ayudarte si lo que quieres es hacer daño?
-Bueno, vete a trabajar, entonces. Pero si cambias de opinión, avísame.
Guillaume me mandó trabajar mucho. En otras ocasiones nunca me había mandado ocuparme de las velas, pero esta vez sí. Eso era terrible, las alturas me dan algo de miedo. No obstante, semanas después, me encargó otros trabajos, también duros, pero menos temibles para mí. Guillaume seguía proponiéndome un trato, y yo lo rechazaba. Yo le pedí que me dejase ir al barco de Granger, que avanzaba parejo al nuestro, para ver a Jacqueline, pero Guillaume no me lo permitió. Así todo, yo iba a visitarla varias veces, a escondidas. Unas semanas más tarde la trasladaron a una habitación, es decir, que le permitieron salir de los calabozos.
Pasó algún tiempo, un mes, aproximadamente, y entonces Blanc se presentó en mi camarote.
-Tengo que irme enseguida, pero quería avisarte –me dijo-. He aprovechado que los piratas estaban comiendo y... me he escapado, pero tengo que volver pronto. Verás, Jacqueline está enferma; los piratas le dieron comida en mal estado y se ha puesto fatal del vientre. Antes tenía fiebre. Además, se ha puesto muy nerviosa porque está débil y teme perder al bebé, a vuestro hijo.
Me sentí como si me acabasen de golpear sin motivo. Me sacudió un sentimiento de incredulidad y de incomprensión. “Esto no puede estar pasando”, pensé.
-Quiero ir a verla –respondí.
-Te comprendo, pero es arriesgado –advirtió Blanc.
-Ya lo sé, no importa. Ya he ido más veces.
-Como quieras, entonces vamos ahora juntos.
Echamos a correr, nos agarramos a un cabo y saltamos al otro barco. Blanc me llevó por el piso de los camarotes.
-¿A ti también te han sacado de los calabozos? –pregunté.
-Sí. A mí me obligan a trabajar, y a ella... no sé. Apenas la veo, solo es que coincidí hace poco con ella y la vi así.
-¿Así cómo?
-Con fiebre, ya sabes.
Blanc se detuvo delante del camarote de Jacqueline. Sacó una llave y abrió.
-Jacqueline me pidió que la dejase encerrada con llave para que los piratas no pudiesen entrar –me explicó.
El joven me cedió el paso, mientras él cerraba la puerta otra vez. Jacqueline estaba acostada en la cama, con paños de agua fría sobre la frente. Me acerqué a ella, estaba muy colorada. Intentó incorporarse al verme a mí, pero yo la empujé suavemente para que volviese a echarse sobre el lecho.
La joven no me dijo nada, pero clavó en mí sus ojos azules, ligeramente humedecidos por el calor que le saturaba el cuerpo. Me incliné, la besé en la mejilla y de repente Blanc exclamó:
-Venga, ya la has visto, vámonos.
Jacqueline me agarró la mano todo lo fuertemente que le permitió su enfermedad.
-Ella no quiere que me vaya –respondí.
-¡Vamos, Joachim! ¿Y si te ven los piratas? Si descubren que están aquí se darán cuenta de que su control no funciona totalmente y nos tendrán más vigilados.
Me entró rabia.
-¡Pues me la llevo conmigo! –grité.
-¡Venga! Si los piratas descubren que Jacqueline no está...
-¡Pues si se queda aquí, haz algo por ella! ¡¿Te crees que dejándola aquí encerrada ya eres un héroe?! ¿La ha visto un médico, por lo menos?
-Aquí no hay médico –apuntó Blanc-. Le he aplicado los remedios que conozco contra las indigestiones y contra la fiebre. Estoy haciendo todo lo que puedo.
No respondí. Sentía rabia, pero no debía desahogarme metiéndome con Blanc. La culpa era de los piratas. Y Blanc tenía razón, había que marcharse por seguridad.
-Voy a volver –le dije a Jacqueline-. Te prometo que te sacaré de aquí.
Eso quise hacer. Anteriormente yo había rechazado un trato con Guillaume-Thomas Lebon, pero ahora tal vez esa fuese la única manera de que Jacqueline se recuperase. Abandoné el camarote y justo entonces, todavía en el barco de Granger, escuché unas voces:
-Sí, sí, hay que hacer algo para que Lebon acepte unirse a nosotros- decía Granger-. Tenemos que retenerlo aún más tiempo navegando junto a nuestra nave, y entonces, cuando menos se lo espere, le atacamos el barco. Tal vez ese chico alto...
-¿Clerc?
Me estremecí cuando me nombraron.
-Sí, Clerc. Tal vez le haya revelado a Lebon la localización de la malla. Incluso, puede que Clerc ya se la haya entregado. Mira, y si no da igual. Le robamos a Lebon todo lo que tenga y ya está.
Esperé a que los dos hombres se marchasen y volví al Francés Temerario pensando en su conversación. Se me ocurrió avisar a Guillaume a cambio de que hiciese algo para mejorar la salud de Jacqueline. Me acerqué al despacho del capitán y llamé. Este no tardó en abrir.
-¡Ah, Joachim! Al fin aceptas el trato, ¿verdad? Era tentador –comentó.
Me invitó a pasar, con una amabilidad inusual, y cerró la puerta.
-Vengo a proponeros otro trato –declaré-. Tengo información muy útil acerca del futuro de este barco. Sé lo que Granger piensa hacer...
Lebon puso cara de extrañeza.
-¿Sí? –preguntó-. ¿Y cómo? ¿Cuándo y dónde has visto a Granger?
Dudé durante unas décimas de segundo, pero me pareció que lo mejor sería confesar la verdad.
-Acabo de oír a Granger diciendo algo sobre este barco –dije-. Fui a su barco porque... quería ver a Jacqueline. Me he enterado de una información muy valiosa, seguro que a vos os interesará oírla.
Guillaume me propinó un puñetazo en la barbilla.
-¡Tenías prohibido ir allí! –gritó.
-Ya lo sé. Pero esa información es crucial, os lo prometo. Solo pido una cosa a cambio de contárosla.
-¡¿Y si mientes?!
-Por favor, tenéis que creerme. No perderéis nada.
Guillaume se encogió de hombros.
-Venga, pues cuenta.
-Primero debéis oír mi condición.
-Dímela.
Jugueteé con las manos. Guillaume estaba serio, parecía reacio a aceptar.
-Tenéis que sacar a Jacqueline del barco y... llevarla a un lugar seguro –pedí-. Veréis, se encuentra muy débil. Unos días más así y perderá al bebé.
Mis palabras sonaron fuertes, pero tal era la realidad.
Guillaume hizo una mueca que parecía decir:<>. Se quedó callado durante unos instantes y luego preguntó:
-¿Qué era lo que decía Granger?
-¿Vais a ayudar a Jacqueline? –quise saber.
-Tú habla. Si no me cuentas lo de Granger, desde luego que no la ayudaré nunca.
Le expliqué lo que Granger tenía pensado hacer, y para mi sorpresa, Guillaume me creyó. Admitió que desconfiaba de Granger desde hacía unos días, que su comportamiento le resultaba sospechoso.
-Gracias por la información, Clerc, pero pido algo más –dijo Guillaume acto seguido-. La malla. Si me la das, sacaré a Jacqueline del barco. Si no, no hay trato.
-Está bien. La malla se encuentra en Le Havre –dije-. Al salir de aquí, os la daré.
Guillaume sonrió. Pasé horas su despacho diseñando un plan para liberar a Jacqueline. Decidimos realizar un falso trato con Granger: hacerle creer que teníamos la malla, y proponerle el cambio de dicha malla por Jacqueline. No le daríamos la armadura, sino que le diríamos el nombre de un lugar para que fuese a buscarla (de un lugar falso) y nos escaparíamos. Esa parte final a mí no me gustaba, carecía de elaboración suficiente. Además, todo el plan estaba plagado de mentiras, pero para liberar a Jacqueline no tuve más remedio que aceptarlo.
Me fui al barco de Granger acompañado por Guillaume y le hicimos esa proposición.
-De acuerdo, pero primero entregadme la malla –dijo Granger.
-Está en... –empezó a decir Lebon.
-No. O me la das ahora, o no hay trato.
Guillaume insistió, pero no sirvió de nada.
-Bueno, Clerc, lo hemos intentado –me dijo.
Lo miré, temblando. No iba a resignarme. Él volvió al Francés Temerario, pero yo me rezagué e intenté entrar en el camarote de Jacqueline. Estaba cerrado. Golpeé la puerta del camarote de al lado y Blanc abrió la puerta. Ya era de noche.
-¿Pero todavía estás aquí? –me preguntó Blanc.
-Dame las llaves. Voy a ver a Jacqueline otra vez. Ven conmigo.
Obedeció. Pasamos al aposento y vimos a Jacqueline acostada, con una vela encendida en la mesilla de noche.
-Vamos al barco de Guillaume –le dije a ella.
Asintió con la cabeza.
-Pero, Joachim... –susurró Blanc.
-Me voy a escapar con ella, no podrás impedírmelo –respondí-. Si quieres acompáñanos.
Una idea acababa de formarse en mi cabeza: volver al Francés Temerario, tomar uno de sus botes y escaparme allí con Jacqueline. Se lo comenté a Blanc y él enseguida vio inconvenientes.
-¡Nos perseguirán! –exclamó-. ¡Enseguida se darán cuenta de que no estamos! ¡Nos obligarán a volver y nos castigarán!
-Pues no vengas si no quieres –respondí-. Yo me voy, y si nos pillan, diré que yo obligué a Jacqueline a marcharse. Que la culpa es mía.
-No –murmuró ella.
-¡Sí! –grité-. ¡Tú ya has sufrido bastante!
Enseguida me di cuenta de que gritarle a una persona que arde de fiebre no es un gran método de curación.
-No te aguantas de pie, ¿verdad? –le pregunté justo después, más suavemente-. ¿Te tengo que llevar en brazos?
-Creo que me voy a marear. Al levantarme –supuso.
Le vestí una chaqueta por encima del camisón, la calcé y la cogí en brazos.
-Deja que te ayude –dijo Blanc.
-No hace falta –contesté.
No nos encontramos con nadie por los pasillos del barco. Blanc me seguía, aparentemente indeciso. Al llegar a cubierta, a la borda, dejé a Jacqueline sobre el suelo y cogí un cabo.
-¿Quieres...? –intervino Blanc-. ¿Cómo vas a hacer?
-Que se agarre a mí –le dije.
-¿Crees que tendrá fuerza?
-Solo es un momento. Ayúdala a sentarse y a agarrarse.
Me quedé de rodillas. Pronto noté los cálidos brazos de Jacqueline sobre mis hombros y mi pecho. Y también la parte de atrás de su zapato izquierdo clavada en mi ingle. Eso último era lo peor.
-Descálzate, me haces daño- dije-.Ya... después, si quieres, te dejaré mis zapatos.
-Trae –intervino Blanc-. Guardaré sus zapatos en una bolsa. Saltaré también al otro barco.
Acepté. Jacqueline volvió a agarrarse a mí.
-No te sueltes –le dije-. Pase lo que pase, no te sueltes nunca hasta que yo te lo pida. No tengas miedo, he saltado unas cuantas veces más. Si quieres, cierra los ojos. ¿Estás lista?
-Sí.
Salté como siempre, solo que esta vez ella me oprimía el pecho. Me agarraba con muchísima fuerza. Salté por encima de la borda del Francés Temerario, y en cubierta, al caer, frené raspándome las rodillas. Otras veces, si no paraba justo encima de la borda, me tiraba de lado, pero entonces temí hacerle daño a Jacqueline y busqué otro método.
Lo dicho, me pelé las rodillas y con el dolor que eso me producía, me olvidé de avisar a la joven de que podía soltarme.
-¿Ya estamos? –me preguntó.
-Sí. Suéltate.
Ella aflojó. Luego alguien saltó violentamente a mi lado. Levanté la vista y observé a Blanc incorporándose.
-Voy a sacar un bote –declaró, tirando los zapatos de Jacqueline en el suelo.
Le di las gracias y él se perdió en la distancia durante unos segundos. Pero pronto volvió, con Guillaume a su lado.
-¡Vaya, qué bien! –exclamó el capitán-. ¡Has traído a la chica! ¡Bueno, vamos por la malla, entonces!
-No –respondí-. No me has ayudado a rescatar a Jacqueline, lo he hecho yo solo. Así que no hay trato.
Guillaume sonrió.
-La malla está en Le Havre –dijo-. Veremos quien llega antes. Si tú en un bote, o yo en el barco. Aunque... si es cierto lo que tú dices, que unos pocos días más y Jacqueline se pondrá tan débil que perderá al niño... tal vez te interese permanecer en el barco. La verá un médico, y si este no termina de convenceros, llegaréis pronto a un puerto en el que hay otros médicos. Clerc, solo te pido la malla.
-Dásela, Joachim, por Dios –intervino Jacqueline.
Guillaume no era legal. No había cumplido la parte de su trato y pretendía obtener beneficios. Pero ahora no quedaba más remedio que aceptar sus condiciones.
-En Le Havre te entregaremos la malla –respondí.
Guillaume sonrió con burla.
Se llevaron a Jacqueline a un camarote. A mí me encerraron en una celda por haber ido sin permiso al otro barco. Una noche en los calabozos. Pero la información que yo había escuchado en la nave de Granger, bien que le servía a Guillaume. Nos estábamos alejando del barco de Granger, después de que Lebon le comunicase a este que se iba a retirar definitivamente y que no iba a hacer más tratos con piratas. ¡Retirarse con catorce años! ¿Qué haría después?
Pasó bastante tiempo y Blanc bajó a los calabozos. Le pregunté por Jacqueline y él respondió:
-El médico la está atendiendo. Lleva un buen rato examinándola.
-Yo quería estar con ella ahora –comenté.
Hablé como un niño caprichoso, pero no lo hice por egoísmo. Uno de los motivos por los que deseaba estar con ella era para que no afrontase sola su enfermedad.
Me liberaron de la celda a la mañana siguiente, y lo primero que hice fue ir a visitar a Jacqueline a su camarote.
-¿Qué tal estás? –le pregunté-. ¿Qué te ha dicho el médico?
-Tengo que tomar eso.
Señaló vagamente unas cajitas situadas en la mesilla de noche. Las abrí, una contenía una bebida, y la otra, plantas.
-¿Y tú cómo te sientes? –añadí.
-Ya no tengo apenas fiebre, pero...
-¿Qué?
-Que el médico... no sabe si existen muchas o pocas posibilidades de que el bebé nazca bien. Es... no sé qué va a pasar.
La abracé. Lo que decía ella era demasiado duro, y por eso mi cerebro prefería centrarse en otros detalles. Le acaricié la espalda y el pelo.
-¿Quieres que te ayude a lavar la cabeza? –le pregunté.
-¿No me estás prestando atención? –dijo.
-Sí, claro que sí. Pero... pensaba... tal vez te encuentres mejor con un baño. Yo... oye, lo siento muchísimo. A mí me afecta igual que a ti. También se trata de mi hijo.
Procuré estar con ella todo el tiempo que pude. Pasaban los días, por fin llegamos a un puerto y Guillaume cumplió su promesa de dejarnos bajar. A Jacqueline la examinó otro médico, yo fui con ella y descubrí en primera persona que este no nos aclaraba nada. Ella se iba sintiendo mejor, y esa era la base de nuestra esperanza.
Lo teníamos todo preparado para regresar a Le Havre, pero pronto descubrimos que el barco de Granger seguía al nuestro, es decir, al de Guillaume. No se habían tomado nada bien que Jacqueline y Blanc se les hubiesen escapado, y le iban a declarar la guerra directamente a nuestro capitán.
Hubo batallas. En el barco todo era alboroto y eso rompía la tranquilidad que Jacqueline tanto necesitaba. Encima, ella se preocupaba mucho por mí, dado que Guillaume me obligaba a luchar. Yo tenía mucha rabia acumulada, por todo lo que estaba sucediendo, pero al estar con Jacqueline me comportaba con dulzura.
Todo era siempre lo mismo: el ajetreo, las batallas, intentar dormir, pese a todo, por la noche... hasta que esa rutina dio un giro: un balazo destrozó nuestro camarote.
Jacqueline se incorporó y suplicó que no nos matasen. Yo también me senté rápidamente en la cama. Encendí una vela y descubrí que no había nadie más allí, excepto Jacqueline. El balazo procedía del barco de Granger.
Noté que entraba mucho viento y frío. Era normal, una pared se había venido abajo, la que daba al mar. Seguí con la vela, cogí a Jacqueline de la mano y juntos bajamos las escaleras en busca de un bote. Jacqueline temblaba, o a lo mejor era yo mismo.
Teníamos tanta prisa que bajamos al bote sin ropas de abrigo ni alimentos. Jacqueline estaba en camisón, y yo tenía puestos la camisa delgada y los pantalones con los que dormía. Una ropa poco abrigada para una noche fresca, aunque fuese de primavera.
Había mucha gente en nuestra situación, piratas que intentaban huir al notar que el barco se deshacía. Dudé si volver al camarote a coger mantas, pero en tanto que ayudaba a Jacqueline a subir a uno de los botes vi a Blanc con ropa de abrigo y alimentos.
-Tengo que estar en todo –dijo-. Si me dejáis ir en vuestro bote, os prestaré las mantas. Y podréis comer cuando tengáis hambre.
Por supuesto que aceptamos. Le dejaríamos subir aunque fuese con las manos vacías.
Blanc y yo le pedimos a Jacqueline que se echase como pudiese en el bote, que intentase dormir como si no pasase nada raro. Blanc la tapó con una manta y a mí me dejó una chaqueta feísima, pero que abrigaba.
-El capitán tiene que abandonar el barco en último lugar –recordó Jacqueline-. Mi hermano.
Blanc hizo un gesto de indiferencia.
-No me gustaría estar en su lugar –dijo-. Bueno, no es que el barco se vaya a hundir solo con ese balazo, pero si Granger continúa, le deshace el barco.
-Para salvar la vida, Guillaume se saltará las normas, no te preocupes –le dije a Jacqueline.
Blanc y yo remamos y Jacqueline desistió en sus intentos por dormir. Dijo que acostada en el bote se encontraba muy incómoda, así que decidió sentarse.
-¿Cuándo va a nacer tu bebé? –le preguntó Blanc a Jacqueline de repente.
-A finales de año –dijo ella.
Blanc se encogió de hombros.
-Aún queda mucho –comentó.
Navegamos hasta el alba y llegamos a un pueblecito cercano a Le Havre. Desde allí fuimos en carruaje a la ciudad de Blanc.
Volvimos a la casa de la madre de nuestro amigo. Esta se alegró de ver a su hijo, pero miró de mala manera a Jacqueline. Blanc contó todo lo sucedido, y cuando le pedimos la malla nos la entregó con reticencias.
-Niña, te estoy salvando de los piratas, ya puedes agradecérmelo –le dijo a Jacqueline.
-La malla es mía, como no me la dieseis, me estaríais robando –respondió la joven.
La señora Blanc golpeó a Jacqueline en la cara y en la espalda.
-¡Mamá, ya está débil, no hagas tú el resto! –gritó Blanc-. Además, va a tener un bebé en Navidades.
Lo de las Navidades acababa de inventárselo, la noche anterior Jacqueline le había dicho que “a finales de año”. La señora Blanc se detuvo. Miró a Jacqueline fríamente, luego a mí.
-Perdóname –le dijo a ella-. No sabía... Bueno, ya tienes la malla. ¿Quieres algo más?
-No.
-¿Quieres quedarte a vivir aquí?
Jacqueline me miró.
-Creo que vamos a volver a París –dijo-. Gracias de todas formas.
Yo no hablé en aquel momento, pero estaba de acuerdo con ella. Ahora Guillaume creía que la malla estaba en Le Havre, ya podíamos volver a París. Y Guillaume... tenía más preocupaciones que esa en aquel momento.
Antes de abandonar la ciudad, visitamos a nuestra conocida la señora Fiquet. Siempre daba ánimos hablar con ella. Jacqueline estaba algo preocupada por la suerte que iba a correr su hermano pequeño, y Fiquet logró tranquilizarla en cierta medida.
Volvimos a París, allí todo seguía como siempre. Nuestros familiares se alegraron de vernos, y todo pareció tranquilo durante los meses siguientes. Ya no había que preocuparse por si Guillaume venía a secuestrarnos... pero eso en sí mismo constituía una preocupación: si Guillaume no venía por la malla era que tal vez le ocurriese algo malo.
***
Diciembre
El 4 de diciembre por la tarde, Auguste, uno de mis cuñados, vino a casa con la disculpa de ver a Jacqueline. Estuvo con ella, sí, pero luego habló conmigo y me contó que las autoridades habían apresado a Guillaume. Se celebraría un juicio, y si perdía, lo condenarían a muerte. Por el momento Guillaume ya estaba en la cárcel.
Auguste parecía muy afectado y así me quedé yo también.
-Joachim –me dijo-. ¿Vas a ir de testigo?
Me quedé pensando. Guillaume mandaba trabajar mucho a los marineros, saqueaba barcos... pero no mataba. No era un asesino. Mi testimonio debía sostenerse en eso.
-Sí. Haré lo que pueda por ayudar –le aseguré a Auguste.
-Gracias. Te lo agradezco muchísimo. ¿Sabes una cosa? Ahora que... con este asunto de Guillaume mi familia ha quedado deshonrada, me alegro de que Jacqueline se haya casado contigo. Por lo menos, tu familia sigue manteniendo el honor. Y ella también.
-Tu familia también –declaré-. Todos menos Guillaume sois honrados. Sus actos no deben perjudicaros a vosotros.
-Ya, pero la gente siempre tiene algo que decir al respecto.
-No te preocupes.
-Joachim... voy a marcharme –añadió-. No le comentes nada de esto a Jacqueline, ¿de acuerdo? No es bueno que se entere en su estado.
No dije nada.
-¿Cuándo va a nacer vuestro hijo? –me preguntó.
-Para Navidades –respondí, utilizando una frase que también había usado Blanc hacía meses.
Le oculté la noticia de Guillaume a Jacqueline todo el tiempo que pude, pero el día 7 hablé con Blanc acerca del juicio del joven. Blanc no iría, tenía miedo que le hiciesen una pregunta difícil, responder mal y condenar así a Guillaume. Mi madre me acompañaría hasta los juzgados. Blanc y yo estábamos hablando de esto en el salón, y de la pena que le caería a Guillaume si lo declaraban culpable, cuando de repente entró Jacqueline. Nos callamos y ella entró. Estaba palidísima, yo creí seriamente que se iba a desmayar.
-Joachim, eres un mentiroso –me dijo ella.
Luego se echó a llorar con rabia.
-¡No me dijiste que lo iban a matar! –gritó-. ¡He tenido que enterarme ahora! ¡Me tomas por tonta!
Intenté abrazarla, pero ella me lo impidió.
-Escúchame, puede que no lo maten. Yo... oye, no me parecía que... –empecé a decir.
Pero no pude continuar con << fuese bueno para ti llevar una impresión tan fuerte>>.
-¡No me consideras madura suficiente! –me interrumpió-. ¡No mereces respeto! ¡En realidad no me quieres!
Lloró con mucha rabia y pena. Mamá entró en el salón, le pasó un brazo por los hombros y se la llevó a otro lado, intentando consolarla. Me fui detrás de ellas, pero mamá me dijo: <>. Me aparté. Jacqueline lloraba tanto que creí que se iba a ahogar, no supe cómo seguía respirando.
Esperé durante veinticinco minutos y entonces me acerqué de nuevo a la habitación en la que estaban ellas. Hacía un rato que ya no se oía llorar fuerte a Jacqueline.
-Es hora de irnos –le comenté a mamá.
Hablé a través de la puerta, no pasé a la habitación.
-Yo también quiero ejercer de testigo –le oí decir a Jacqueline.
-No. Quédate aquí –le pidió mi madre-. Con Joachim bastará, no te preocupes. ¿Quieres que me quede aquí contigo?
-No hace falta.
Mi madre salió y nos marchamos. Permanecimos bastante tiempo en silencio, hasta que nos encontramos en el carruaje no volvimos a hablar. Primero fuimos a casa de los padres de Jacqueline. Hablé con su padre y me preguntó por ella.
-Está bien –dije-. Bueno... no sé, es que se ha enterado de... esto, de todas formas.
El padre de Jacqueline puso cara de “¡Es terrible!”.
-Tienes que ser muy amable con ella –dijo.
-Ya lo sé, haré todo lo posible por apoyarla –prometí.
Yo me mostré apenado. La situación de Guillaume me había entristecido, sin duda, pero además, unas palabras que Jacqueline había pronunciado se clavaban en mí como puñales: <<¡No mereces respeto, en realidad no me quieres!>> -me había dicho. Y yo siempre la había querido muchísimo. Me sentía mal por no ser capaz de demostrárselo.
Llegamos a los juzgados. A mí me apartó un hombre desconocido, me mantuvo aislado del juicio hasta que me tocó intervenir. Al volver a la sala del juicio recordé otra vez las palabras de Jacqueline. <>. Pero volví a preocuparme <> -pensé.
-¿Consideráis que el acusado era un pirata? –me preguntó el juez.
-Nunca mató a nadie –dije.
-¿Era un pirata?
-Creo que sí.
La madre de Jacqueline me miraba con tristeza. Al momento me di cuenta de por qué: la ley condenaba a muerte a los piratas.
-Robaba, pero no era un asesino. Entonces no estoy seguro de que se le pueda considerar pirata –añadí-. Creo que el significado de pirata conlleva ser un asesino.
-¿Llevaba la bandera pirata en el barco? –me preguntó el juez.
-Sí, pero eso no es definitivo. Me parece que lo que importan son los actos, no los símbolos.
El juez me recordó que me encontraba bajo juramento y me preguntó cosas de los periodos que había pasado en el barco de Guillaume. No mentí. Hablé de los trabajos, de las luchas...
-Él apresaba, pero no mataba –insistí.
Hablé durante varios minutos y comenté que Guillaume había mandado que a Jacqueline la viese un médico la última vez que había estado enferma, y que al saber que esperaba un hijo no le había mandado trabajar.
Conté alguna cosa más y luego me mandaron salir. Al terminar el juicio permanecí junto a la familia de Jacqueline, que me comentó lo mucho que había ayudado.
Esperé por el veredicto y noté una punzada en el corazón al oír que lo declaraban culpable. Pero me tranquilicé al escuchar el matiz: no se lo acusaba de piratería, sino de robos, y no sé qué. Por lo tanto, aunque culpable, no lo matarían. Cumpliría una condena en la cárcel.
Me alegré muchísimo de que no lo fuesen a matar, pero luego, por otro motivo, sentí algo de pena. Eran otra vez las palabras de Jacqueline que volvían a mí cabeza las que me atormentaban. Llegué a casa pensando en eso, y por un momento, algo me distrajo: mi bebé había nacido en el transcurso de aquella tarde.
Yo no sabía nada, al entrar en casa estaba pensando en hablar con Jacqueline sobre las palabras que me torturaban, y entonces Blanc bajó las escaleras con un bebé en brazos.
-Toma, Joachim, es tu hijo –aseguró.
-¿De verdad?
-Sí. Es un niño. Yo me quedé con Jacqueline mientras tu padre iba a avisar a un médico. El médico ya se ha ido.
Blanc me entregó a mi hijo. Yo no estaba demasiado acostumbrado a ver recién nacidos y tal vez por eso el bebé me pareció muy pequeño. Tenía mucha ropa y un gorro de tela le cubría la cabeza. Le quité esta prenda para verlo mejor y él se movió. Apenas tenía pelo, pero parecía rubito. Lo acaricié, y mi madre me pasó una mano por la nuca. Yo me sentí alegre, pero a la vez, más responsable que antes. Y esa responsabilidad me llenaba de un sano orgullo.
-Debe de estar cansado –comentó Blanc-. Ha estado llorando hasta ahora.
El joven me preguntó por el juicio y le expliqué lo sucedido. Mi madre cogió al niño en brazos y yo fui a ver a Jacqueline. Mi padre se hallaba en la habitación, mirando por la ventana. Al verme sonrió, me estrechó la mano y se fue. Seguro que no me preguntó por el juicio porque Jacqueline estaba allí, por miedo a un mal veredicto.
Jacqueline se encontraba en la cama, de lado, con varios mechones pegados a la frente por el sudor. La noté muy pálida.
-¿Cómo estás? –le pregunté.
-¿Y Guillaume?
-Tranquila, te prometo que no lo matan. Solo irá a la cárcel, de verdad.
La besé en la mejilla.
-¿Cómo estás? –repetí-. Te veo pálida.
-Regular. Es por momentos –aseguró.
-¿Cómo quieres que se llame el niño? –le pregunté.
-Joachim-François, ¿no? Lo teníamos decidido.
Eso era verdad, pero no sabía cómo explicarle lo que yo suponía. Tras lo ocurrido hacía unas horas, pensé que ella ya no querría que el niño llevase mi nombre.
-Jacqueline, antes dijiste que yo no merecía respeto y que no te quería. No sé qué piensas ahora.
-No me hables de eso –respondió-. Estoy muy cansada.
-¿No te sientes querida?
-No es eso. Sí que me siento querida, pero habría preferido que no me ocultases lo del juicio.
-Pero... yo pensaba...
-No importa.
Me senté a su lado.
-No sé si van a matar o no a Guillaume, pero tú sí que mereces respeto–aseguró-. Y sé que me quieres. Cuando lo negué, hablé sin pensar.
-No lo van a matar, te lo acabo de decir.
-Quieres que yo no sufra –dijo-. Por eso, aunque lo vayan a matar, no me lo vas a decir.
-Confía en mí. Te he ocultado cosas, pero nunca te he mentido. Si lo fuesen a matar, cuando me preguntases, habría cambiado de tema, pero no te diría mentiras.
No contestó.
-Cuando estés mejor, podrás ir a ver a Guillaume a la cárcel –aseguré-. Comprobarás que lo que te cuento es verdad. ¿Me crees ahora?
En ese momento mi madre entró con el bebé. Se lo dio a Jacqueline, le preguntó qué tal estaba (ella respondió “bien”, secamente), y mi madre se marchó.
-Sí que te creo –me dijo Jacqueline.
Acarició al bebé y este se movió. No noté eufórica a Jacqueline, pero supe que era consciente de su nueva situación, y que estaba contenta por dentro. Estaba seria porque se sentía responsable. El bebé agitó las manos y le dio a ella en la barbilla.
-Eso no, Francis –dijo ella.
-¿Vamos a llamarle “Francis” familiarmente? –pregunté.
-No sé. Estoy muy cansada. Lo dije sin pensar.
A los pocos días tuvo lugar el bautizo del bebé. Definitivamente le llamamos Joachim-François, y de forma familiar sigue predominando “Francis”, aunque Jacqueline a veces también le llama “Joachim”. En el bautizo el padrino fue Blanc; y la madrina, mi suegra.
Los ojos del bebé son verdes, como los míos, y aunque tiene poco pelo parece que va a ser rubito. Blanc se ocupa muchísimo de él.
El padre de Jacqueline había comprado una casa para nosotros. La habíamos vendido para que Guillaume no nos localizase, pero con él en la cárcel la hemos vuelto a comprar. Es un poco raro, pero los que la adquirieron se fueron a vivir a otra ciudad. Llevaban una vida algo ambulante. Entonces, Jacqueline y yo volvemos a vivir en esa casa, y Blanc, de sirviente, también.
Por ahora atravesamos un momento de calma, con Guillaume en la cárcel y sin otras dificultades a la vista. Pero Guillaume ya se había escapado una vez de otra prisión... y cuando voy a verlo siempre me recuerda que le debo una malla. Estoy seguro de que viviremos más aventuras. Y mientras tanto, estaremos alerta.

La huida

-¡Eres un incompetente, Olivier! –gritaba el capitán-. ¡Por tu culpa hemos perdido un hombre y casi perdemos a otro más!
-Yo no quería, me resbalé, la espada también se me resbaló en las manos... –intentó disculparse Olivier.
-¡Cállate! A la próxima no volverás a tocar una espada. Nunca más.
Nos acercábamos a un pequeño puerto brasileño para enterrar allí a Jean-Charles Martel, víctima de la torpeza de Olivier. Nuestro amigo Antoine-François Blanc ideaba planes para huir de una vez del Francés Temerario, barco pirata en el que viajábamos. Blanc estaba débil, él también había sufrido las consecuencias del mal manejo que Olivier tenía de la espada, pero con mejores resultados que Martel.
Por fin llegamos a tierra y nos dirigimos a la capilla en la que se celebraría el entierro. El cura no hablaba francés y nosotros no entendíamos lo que decía. Hasta que Guillaume-Thomas Lebon, el capitán, le mandó a Jacqueline que pronunciase unas palabras en recuerdo de Martel.
-¡Yo no, di tú algo! –susurró mi esposa-. ¡No tengo nada preparado!
-A punto estuviste de casarte con él –respondió su hermano, el jovencísimo capitán -. Lo conoces mejor que yo. Venga. Si te niegas, te enviaré a los calabozos, y no es broma.
Jacqueline me miró y Guillaume la empujó suavemente hacia el altar. Ella accedió a dar el discurso:
-Martel era un abogado de París, era... tenía... no recuerdo exactamente cuántos años tenía, pero... a mí me llevaba dieciocho y... yo tengo dieciséis, casi diecisiete, así que si os interesa saber su edad, calculadla vosotros mismos. De todas formas, a mí me parecía joven para morir.
-Mira qué guapa está –me susurró Blanc-. Te sientes orgulloso de ella, ¿verdad?
Asentí con la cabeza, distraídamente.
- No estaba casado, no tenía hijos... –siguió diciendo la chica.
-¡Porque tú no quisiste! ¡Te escapaste para no casarte con él! –gritó el capitán, provocando las carcajadas de los piratas.
Jacqueline se puso muy colorada y me miró. Yo le hice un gesto que significaba << sigue, no le des importancia>>.
-En su vida... cometió errores conmigo –prosiguió la joven-. Pero antes de morir, me pidió perdón por medio de Joachim –me sobresalté al oír mi nombre -, y a mí me gustaría estar allí presente para decirle que lo perdonaba. Pero seguro que ahora Martel me está oyendo y descubre cómo me siento. A mí me dejó la mejor armadura del mundo como herencia, y... a vosotros también os quedará algún legado suyo. Su... perseverancia, o alguna cualidad suya que mantendréis viva con vuestro comportamiento. Ya está.
Jacqueline volvió a sentarse a mi lado y Blanc le susurró:
-Muy bien, rubita. Mira, le has hecho llorar a Olivier.
Ella miró a la derecha.
-Eso es porque se arrepiente de haber “jugado” a las espadas con Martel –supuso-. Bueno, ¿qué vamos a hacer, cuándo nos escapamos?
-A ver, Jacqueline, cuando yo te dé la señal, tú finges que te encuentras mal, y entonces Joachim se aparta contigo. Pero antes, Joachim, tú ideas un tema polémico que enfrente a los piratas, y mientras discuten, yo me marcho con vosotros. Nos vamos y no regresamos jamás con los piratas, ¿de acuerdo?
-Sí.
-Sí, espero que funcione –comenté.
-Jacqueline, tú llevas la malla por debajo de la ropa, ¿verdad? –le preguntó Blanc-. Si hay algún problema, así no te pasará nada.
-Ya, ¿pero vosotros?
-También –respondí-. Nuestras mallas no son las mejores del mundo, pero algo nos protegerán.
Yo ayudé a transportar el ataúd de Martel hasta el cementerio, que se hallaba justo al lado de la iglesia. Blanc hablaba intensamente con Jacqueline mientras varios marineros y yo transportábamos la caja. Yo colaboré también para cavar un hueco en el cementerio, en donde enterrar al abogado. Pasaron varios minutos y entonces Blanc gritó:
-¡Eh, se encuentra mal! ¡Joachim, tu esposa!
Miré hacia atrás. Jacqueline estaba apoyada en Blanc, con los ojos cerrados y tocándose el vientre. Yo la cogí en brazos.
-Vamos... intentaré reanimarla –les dije a los piratas-. Prohibido mirar, tal vez le tenga que quitar la ropa. Cuando se recupere, volvemos.
-¡Eh, quien mire será enterrado junto con Martel, así que a ver qué hacéis!- amenazó el capitán-. Es mi hermana.
Recordé que debía iniciar un tema de conversación polémico, entonces dije:
-Amigos, Jacqueline renuncia a la malla, me lo acababa de decir, antes de desmayarse. Debéis decidir quién se queda con esa herencia de Martel.
Estos comenzaron a discutir, excepto el médico de a bordo, que me preguntó:
-¿No deseas que atienda a la chica? Si te la curo, podrías darme la malla.
-No. ¡Pero mira, si el capitán se va a quedar con la armadura, eso está diciendo! Si la queréis para vos, plantadle cara, id a hablar con él.
El médico me hizo caso. Yo corrí con Jacqueline en brazos, pero no hacia la puerta del cementerio, eso podría resultar sospechoso. La llevé en sentido contrario, y, cuando ya nos hallábamos tapados por unos árboles, la bajé de mis brazos.
-Hay que esperar por Blanc –susurré-. Te encuentras bien, era todo cuento, ¿no?
-Sí.
Al cabo de un rato escuchamos unos pasos sigilosos y Blanc apareció.
-Muy bien, chicos, hasta ahora ha salido todo perfecto –comentó-. Muy buena disculpa para que nadie mirase, Joachim. Y ahora, nos iremos por la puerta de atrás.
Miré hacia la izquierda y me fijé en una puerta pequeña, de metal. Blanc llevaba los zapatos en la mano para no hacer ruido al pisar. Jacqueline y yo no lo imitamos; por el suelo se encontraban algunas piedrecillas.
Al salir del cementerio nos echamos a correr hacia el puerto. Todos queríamos regresar a casa.
-Chicos, yo vivo en Le Havre, con mi madre –nos contó Blanc-. Podéis venir conmigo y luego ya seguís los dos hasta París.
Recordé lo que había sucedido la última vez que Jacqueline y yo nos habíamos escapado del Francés Temerario: nos habíamos casado en La Rochelle, habíamos ido a París, y allí, al cabo de unos meses, los piratas nos habían vuelto a capturar. París ya no era seguro para nosotros; debíamos quedarnos en un lugar en el que no nos encontrasen los piratas.
-El capitán sabe en dónde vivimos Jacqueline y yo –comenté-. Para que deje de saberlo, tenemos que mudarnos.
-¿Adónde? –me preguntó la joven-. ¿A casa de tus padres, como antes de vivir nosotros solos?
-En principio, puede ser una opción. Guillaume no conoce ese barrio. La casa que nos ha dado tu padre para que vivamos me encanta, pero si Guillaume va a ir cada dos por tres a capturarnos allí, tendremos que cambiarnos a otra. Bueno, viviremos con mis padres, por ahora. Y luego, si podemos, lo mejor será cambiar de ciudad. Ya sé que tengo un buen empleo en París, pero... que nos capture Guillaume no es nada agradable.
Blanc sonrió.
-Entonces, ¿qué barco cogemos? – quiso saber él-. ¿Dónde va a nacer François?
-¿François? –repetí.
-Sí, claro. Cuando yo pensaba que el sablazo de Olivier me mataría, tú –señalando a Jacqueline – me prometiste que le llamarías François a un hijo tuyo en mi honor, ya que yo soy Antoine-François. Estoy vivo, pero como te he salvado de una buena, de la que querían hacerte el fallecido Martel y el estúpido de Olivier en la isla desierta, me debes una.
-Yo no voy a tener ningún hijo –respondió Jacqueline.
-¿No? ¿Nunca?
-Quiero decir que ahora no –aclaró la joven-. No estoy preparada. Pero cuando lo tenga, le llamaré François. O Joachim-François.
Ella me miró y yo asentí con la cabeza.
-Bueno, ¿qué barco cogemos? –repitió Blanc.
-En primer lugar, a ver con qué dinero contamos –comenté-. Cuando me secuestraron para formar parte de la tripulación del Francés Temerario, solo tenía unas monedas en el bolsillo, y con eso estoy ahora.
-Yo tengo algo de dinero, sin embargo, eso nos hará falta para comer. ¡Pero podemos viajar igual, Jacqueline es rica! –exclamó Blanc.
-¡En mi casa! –respondió ella-. Yo no llevaba ninguna moneda conmigo cuando me capturaron.
-Pero tienes esto –dijo Blanc, cogiéndola de la mano, y tocándole la alianza.
-¡No, eso no se vende!
Blanc no le hizo caso, intentó quitarle el anillo y yo le di un manotazo en el hombro al joven para que se detuviese.
-Vaya, Joachim, eres malo, me has hecho daño –me dijo Blanc, hablando como un niño resentido-. Tienes las manos muy grandes, ¿sabías?
-Sí. Soy muy alto.
-Eh, espera, a ver.
Me agarró la mano, y aparentando que iba a comparar el tamaño de mi mano con la suya, trató de quitarme mi alianza. Yo intenté soltarme y Jacqueline intervino diciendo:
-Podemos vender las armaduras.
Blanc me soltó.
-Sí, de acuerdo, pero la tuya no –respondí-. La tuya es muy valiosa. Él y yo venderemos las nuestras y sacaremos dinero.
Nos dirigimos a la plaza del pueblo y dimos con un herrero que nos compró las armaduras por un precio razonable. Pero cuando íbamos a volver al puerto, vimos al segundo de a bordo.
-No lo sé, tú sigue buscando –le decía él a otro pirata-. No, no los he visto, ni a la chavala ni a los otros dos mamarrachos. Pero el capitán quiere que los encontremos.
-Nos están buscando –susurré.
-Hay que marcharse –propuso Blanc-. Mirad, ahí.
El joven señalaba un carruaje que se hallaba en la entrada de la plaza.
-Está ocupado, es de otra gente... –dijo Jacqueline-. Mejor nos escondemos.
-Este es un caso extremo –opinó Blanc-. Lo mejor es marcharnos ya.
Nos acercamos al carruaje, pero entonces Olivier y su compinche nos descubrieron.
-¡Pero si son ellos! –exclamó el segundo de a bordo.
-Vamos, rápido, Joachim, dame tu espada –me pidió Jacqueline.
-¿Para qué?
-Por si nos tenemos que enfrentar a Olivier.
-¡Tú no!
-¡Sí! ¡Soy la única que lleva malla!
-No puedes, no, pero... ¿y las piernas?
-Por lo menos tengo el pecho protegido. Y vosotros no.
No le presté mi espada, no le iba a permitir que luchase. Pero ella me la arrebató del cinturón. Yo se la quité y le agarré el cuerpo para que no se acercase a Olivier. Ella protestó e intentó soltarse sin conseguirlo. Entre Blanc y yo la cogimos en brazos, echamos a correr y la metimos en el carruaje. Luego entramos nosotros. Un hombre de barba blanca, que se encontraba también allí dentro, gritó algo que no entendimos, dado el nulo conocimiento que nosotros teníamos de la lengua portuguesa. Y yo, en francés, lo más claramente que pude, le expliqué que huíamos de unos piratas y le señalé a Olivier y al compinche a través de la ventanilla. Él me entendió, comprendió que aquellos dos eran piratas, y le mandó al conductor que se pusiese en marcha rápidamente (bueno, eso debió de decirle; yo no entendí las palabras, pero eso fue lo que hizo el chofer).
No sabíamos adónde nos dirigíamos y nadie decía nada. Blanc y el hombre iban enfrente de mí, y Jacqueline a mi lado, a mi derecha. Pasados unos minutos, el hombre dijo algo en portugués y señaló a Jacqueline. Yo la miré, tenía los ojos humedecidos.
-¿Qué te pasa ahora? –susurré.
-A mí no me hacéis caso, me habéis empujado aquí y yo no quería. Yo habría preferido volver al puerto...
-Lo íbamos a hacer, pero entonces descubrimos a los piratas.
-Ya, pero... podíamos habernos escondido en la plaza, y cuando se marchasen ellos, volver al puerto. Porque ahora, ¿adónde vamos? No lo sabemos. A perdernos por pueblos brasileños, eso sí. Y yo quiero volver a casa.
La besé aunque el brasileño y Blanc nos estuviesen mirando.
-Si hemos logrado escapar de los piratas, también seremos capaces de volver a casa –aseguré.
Ella no respondió. Continuamos en el carruaje durante varias horas, recorriendo, a veces, caminos abruptos. Nadie decía nada: Blanc no quería hablar delante del brasileño, supongo que por miedo a que nos entendiese (para ciertas cosas, Blanc era muy discreto), y Jacqueline no tenía ganas de hablar. El carruaje saltaba tanto que ella se agarraba a mí para no salir impulsada contra Blanc, que se sentaba enfrente. Pero el chico no se agarraba a nadie ni a nada, y en un preciso instante, salió impulsado contra Jacqueline, chocó contra ella.
-Sois unos cerdos, los dos –increpó la joven.
Me sorprendió que también me insultase a mí.
-¿Por qué, te he hecho daño? –dijo Blanc-. ¡No lo pretendía!
-¡Pues agárrate a algo! Al asiento.
Blanc le hizo caso, y yo le dije a la joven:
-¿Yo por qué, qué te he hecho? Te trato lo mejor que puedo...
-Piensas que soy inferior, que no puedo luchar tan bien como tú. Tú te habrías enfrentado a Olivier de ser necesario, pero a mí no me dejas hacer nada.
-Intentaba protegerte –expliqué.
-Yo también a ti. Yo llevo puesta la malla, tú no, y no iba a dejar que Olivier te matase.
-Amigos, el significado de todo esto es que os queréis –intervino Blanc-. Entonces, ¿por qué discutís?
-Porque cuando yo estoy en condiciones de protegerlo a él, él no me deja –respondió Jacqueline-. No me considera capacitada para hacerlo.
-Bien, de acuerdo –dijo Blanc-. Conclusión: Joachim es tonto.
-¡Eh! –protesté-. ¡No, no estoy de acuerdo! Blanc, ¿para qué te metes? No estábamos hablando contigo.
Él se encogió de hombros y respondió:
-Entre las actividades que se pueden hacer aquí, que son: aburrirme sin hacer nada, y consecuentemente marearme; o meterme en vuestra conversación y tomaros el pelo, esta última es la que más me apetece.
Miró a los lados, se acercó a mí y me dijo al oído:
-Con buena velada lo arreglas.
No me hizo falta eso. Más tarde, Jacqueline me dijo que al llegar a París, ella debería contarle al padre de Martel que dicho abogado había muerto. Eso le daba preocupación, no sabía cómo contárselo y por eso estaba nerviosa. Además me dijo:
-También tenía ganas de enfrentarme a Olivier. Por su culpa casi me desangro, y quería que él supiera que había sido un error meterse conmigo de esa forma. Quería demostrárselo yo misma. Pero tal vez fuese demasiado arriesgado. Y tú... cuidaste de mí.
-Le contaré al padre de Martel lo ocurrido –respondí, con voz ronca-. Quieres que lo haga, ¿verdad? Pues haré lo que desees.
-También se lo puedo decir yo –intervino Blanc-. Voy con vosotros a París y se lo cuento.
-Nadie te ha pedido tu opinión –contesté.
-¡Oh, vaya! ¿Estás enfadado, Joachim?
Negué con la cabeza.
-Solo estoy un poco cansado –expliqué.
Cuando vimos un puerto de lejos nos bajamos del carruaje. Blanc llevaba un saco con sus pertenencias, pero como no estaba recuperado de la herida que Olivier le había ocasionado hacía días, me pidió a mí que le llevase el saco. Menos mal que pesaba poco.
Una vez en el barco, me di cuenta de que hacía tiempo que no me encontraba tan relajado. Yo estaba acostumbrado a obedecer las órdenes de los piratas, y ahora que eso se había terminado, sentía un gran alivio. En vez de pagar el viaje a Francia con dinero, lo pagábamos con trabajo. Jacqueline y yo cocinábamos, y Blanc hacía limpieza, pero esa labor era mucho mejor que la del barco pirata. Teníamos mucho más tiempo libre que en el Francés Temerario, y los tripulantes de este nuevo barco eran infinitamente más amables.
Yo pasaba mi tiempo libre con Jacqueline. En el barco viajaban cinco hermanas alemanas y Blanc intentaba conquistar a alguna de ellas, pero no lo lograba. Ellas hablaban algo de francés y por eso se entendían con Blanc, pero ni así le hacían caso. Cuando ellas se cansaban de las conversaciones de Blanc, alegaban que no lo entendían y se marchaban. Y esa fue mi perdición, porque como mi madre es alemana, Blanc me llamaba para hacer de traductor. Jacqueline venía conmigo y se aburría.
Las cinco hermanas se habían cansado de Blanc y ya no le hablaban francés. Pero él no perdía la esperanza. Me llamaba, y me preguntaba todo el tiempo, sonriendo:
-¿Qué dicen?
-Que debes ser dulce y amable como yo, que te afeites... –le respondí una vez.
-¡No! ¡Te lo estás inventando!
-¡Claro que no me lo invento! Aprende alemán y lo verás.
Blanc se quedó serio.
-No sabéis lo que os perdéis –les dijo en francés a las muchachas.
-¿Se lo traduzco? –pregunté.
-¡No! No, Joachim, no. Si se enteran, adiós a las posibilidades de conquistarlas.
-Joachim, vámonos –me pidió Jacqueline.
-No, espera –dijo Blanc-. Dile a Hannah de mi parte que tiene unos cabellos preciosos.
Obedecí. Hannah respondió que Blanc tenía una barba y unos cabellos desaliñados que le daban aspecto de salvaje. Se lo traduje a Blanc y él contestó:
-¡No! ¡Pero si tengo el pelo corto! ¡Y de un color precioso! ¡De color rojito! ¡Y la barba! ¡Pero si la tengo fina, de poco más de una semana! Chicas, no sé qué queréis.
-Joachim, vámonos –repitió Jacqueline.
-Espera –murmuré.
Las chicas le dijeron a Blanc que me imitase. Yo también tengo el pelo corto, aunque algo mejor peinado (se me encrespa, pero le echo agua para disimular). Blanc les respondió que sí, que haría todo lo que le pidiesen.
-Lástima no tener el pelo castaño oscuro, ni los ojos verdes, ni ser alto... –me dijo Blanc, una vez que se hubieron ido las hermanas-. Como tú.
-No es eso –respondí-. Es que yo ando más aseado y por eso te piden que me imites.
-Que andes aseado está bien, pero en lo demás, tienen que quererte como eres, no puedes copiar la personalidad de otra persona –le explicó Jacqueline.
-Entonces, debo andar más arreglado pero a mí manera –dedujo Blanc-. Afeitarme más a menudo, y todo eso.
Al día siguiente vimos a Blanc afeitado y bien peinado. Pero ya era demasiado tarde para conquistar a las chicas: la madre de estas les había sugerido que se apartasen de él, que parecía un salvaje. Y ellas le habían hecho caso. De nada había servido que lo viesen más arreglado.
Blanc pasaba el tiempo con Jacqueline y conmigo. En principio eso no parecía malo, sin embargo, Blanc a veces era bastante molesto.
-¿Para cuándo François? –repetía bastantes veces.
-A ver si te enteras, no voy a tener un hijo –le decía Jacqueline.
-Por eso, ¿para cuándo?
-No lo sé –respondía ella-. Ya te avisaremos.
-¡No, no vale! Después os quedáis en París, yo en Le Havre, y no me entero. Quiero ser el padrino. Anduve cerca de salvarte la vida. Me lo merezco, ¿no? Mira, aunque seas joven, no importa. Mis vecinas de diecisiete años tenían hijos, y tú vas a cumplir los diecisiete dentro de poquito. A ver, ¿para cuándo François?
-Eso es cosa nuestra –intervine-. Métete en tu vida, ¿de acuerdo?
-Mi vida es un aburrimiento. Por eso quiero que tengáis a François. Para cuidarlo.
-Pero a ver, tú te contradices –respondí-. Si tenemos a François, perdón, a JOACHIM-François, algún día, tú estarás en Le Havre y no lo cuidarás.
-¿No me contrataréis de mayordomo?
Eso me extrañó.
-¿Eso es lo que quieres? ¿Venirte a París y ser nuestro mayordomo?
-Sí. Quiero ir a París. Allí hay más mujeres que en Le Havre. Malo será que alguna no me quiera.
Miré a Jacqueline, ella se encogió de hombros.
-Por cierto, hablando de mujeres, si tenéis una hija, le llamaréis Françoise, ¿no? –añadió Blanc.
-¡No! –exclamó Jacqueline-. ¡Para eso no había trato, se llamará Charlotte!
Yo probé a sacar nuevos temas de conversación para que Blanc no nos siguiese forzando a convertirnos en padres. También huía de él a veces. El viaje en barco era demasiado romántico para que Blanc lo estropease. Me gustaba quedarme con Jacqueline, contemplando las estrellas por la noche, la inmensidad del mar por el día, o realizando otras actividades, los dos solos. Nunca me había sentido tan compenetrado con nadie como con ella. A veces no nos hacían falta las palabras para comprendernos.
Blanc me entendía y se esforzaba por dejarnos solos, y a veces organizaba veladas en salas vacías para Jacqueline y para mí. A mí me daba pena de él, por un lado me gustaría pedirle que cenase con nosotros, pero eso limitaría nuestra intimidad. Por eso no le decía nada.
Puede parecer que nuestra estancia en el barco fue completamente maravillosa, pero eso no es del todo cierto. Lo peor ocurrió a comienzos del mes de marzo. Hubo una tormenta en alta mar, y si eso siempre es peligroso, había que añadirle las enfermedades que conllevaba. Jacqueline y Blanc se mareaban. Cuando conocí a la joven, ella se ponía enferma al viajar en barco, pero como tuvo que permanecer en alta mar tanto tiempo (al ser secuestrada por los piratas) se fue acostumbrando. Sin embargo, con los continuos movimientos del barco, durante la tormenta se puso fatal. Yo no sé si Blanc se había mareado antes en alta mar, pero durante dicha tormenta, repito que sí.
Yo tenía que cocinar, con la tormenta se agitaban los platos y me resultaba todo muy difícil. Jacqueline se quedó en el camarote, yo iba a verla cuando podía y bastante me costaba. Andar por el barco sin caerse era casi imposible.
Blanc se quejaba, decía que a él nadie lo atendía, y yo le pedí a un médico que lo atendiese. Este no solucionó las cosas, Blanc seguiría mareado hasta que amainase la tormenta, pero por lo menos, fue un acto de atención. Ni él ni Jacqueline comieron prácticamente nada durante día y medio. Por lo menos, yo les llevé algo de beber (a Blanc también).
El joven me agradeció enormemente que al final me hubiese preocupado por él. El 12 de marzo sería el cumpleaños de Jacqueline, y Blanc decidió hacerle un regalo. Le compramos tres vestidos entre Blanc y yo, lo único que encontramos en el barco que servía para regalar. Una señora estaba diciendo que un pariente lejano le había regalado tres vestidos a su hija, pero que a esta no le servían por estar demasiado gorda. Y nosotros la convencimos de que nos los vendiese (antes de que se le ocurriese llamar a una modista para adaptarlos a la gordura de su hija).
-Jacqueline no tendrá ese problema; o le quedan bien, o flojos, pero no le van a apretar –me comentó Blanc.
Le quedaron bien, de ancho y de largo. Cuando se despertó por la mañana el día de su cumpleaños se los entregué.
-Son solo vestidos, no es gran cosa, pero aquí no he podido comprarte nada más –le dije-. Estamos en un barco.
Jacqueline me los agradeció, supuso que me había resultado complicado encontrar algo que regalarle y valoró mucho ese detalle. Yo realicé mi trabajo y el suyo, quise que descansase durante el día de su cumpleaños. De todas formas, ella me acompañó a la cocina. Al mediodía comimos con los demás pasajeros, con normalidad, fue después de cenar cuando descubrimos la sorpresa que Blanc nos había preparado. Resulta que el joven les pidió a unos músicos que tocasen canciones, es decir, que organizó un baile.
-Jacqueline y tú os casasteis solos ante el cura, sin invitados y sin otro tipo de celebraciones públicas –nos recordó Blanc-. Pues he pensado que... podemos celebrarlo ahora.
Estuvo bien este detalle de Blanc, me brindó la primera oportunidad de bailar con Jacqueline, experiencia que quise repetir. Sé que el joven lo hizo por nosotros, pero él también se aprovechó: lo vi bailando con una americana, y más tarde, con una francesita.
Aproximadamente una semana más tarde llegamos a Le Havre. Era tarde, estaba anocheciendo, y Blanc nos invitó a Jacqueline y a mí a quedarnos en su casa, puesto que sobraban habitaciones. Conocimos a su madre. Ella reprendió a Blanc por haber pasado tanto tiempo fuera, y cuando le contamos nuestras aventuras con los piratas, agradeció que su hijo continuase vivo. Cenamos todos juntos y al día siguiente nos marchamos a París en carruaje. Blanc se vino con nosotros, quería ser nuestro mayordomo.
-Pero Jacqueline y yo vamos a vivir con mis padres –comenté-. Ellos tendrán que estar de acuerdo en admitirte.
-¿Pero seguro que no queréis vivir en la casa que os regaló el padre de Jacqueline?
-Los piratas conocen esa calle. Si pasan por allí...
-¡Pero vendedla! –exclamó el joven-. ¡Comprad otra casa en otro lado!
-Bueno, ya buscaremos un sitio que nos convenga. Pero mientras tanto, nos quedamos en casa de mis padres.
Miré a Jacqueline.
-Va a ser como antes. Ellos vivirán en el piso de abajo, y nosotros en el de arriba.
Blanc sonrió.
-Bueno, yo me buscaré otra vivienda por ahí, ¿de acuerdo? Hay alguna casucha barata, ¿no?
-Supongo, pero tú espera –respondí-. Si mis padres están de acuerdo, te quedas. Sobran varias habitaciones.
Cuando por fin llegamos a París, lo primero que hicimos fue ir a casa de mis padres. Hacía meses, al principio, ellos se habían creído que Jacqueline y yo habíamos permanecido en París todo el tiempo, pero que no habíamos ido a visitarlos. Sin embargo, por medio de la madre de Jacqueline se enteraron de que no nos encontrábamos en la ciudad. Mi suegra fue a nuestra casa varias veces y descubrió que no estábamos. Fue a contárselo a mis padres, y todos se enteraron también de la ausencia de Martel en París.
-No nos fiábamos de él –explicó mi madre-. Temíamos que os hubiese hecho algo a vosotros dos, porque Jacqueline no había querido casarse con él, y que luego hubiese huido.
-No, no nos hizo nada. A él también lo secuestraron los piratas –respondí-. Y ahora está muerto. De un accidente con una espada.
Jacqueline y yo fuimos a ver a la familia de ella (Blanc se abstuvo). Sus padres y dos de sus hermanos (los que vivían allí habitualmente) nos recibieron encantados, muy contentos de que hubiésemos vuelto. Estuvimos allí un buen rato y luego nos dirigimos a la casa del padre de Martel. Yo me ofrecí a darle la mala noticia a ese señor. No me apetecía nada, pero iba a hacerlo por Jacqueline. Llamamos a la puerta y nos mantuvimos cogidos de la mano mientras esperábamos a que nos abriesen. La que nos recibió fue una criada.
-Desearíamos hablar con el señor Martel –le dije-. Mi acompañanta es Jacqueline Clerc, Jacqueline Lebon de soltera. El señor Martel la conoce.
Esperamos fuera a que llegase Martel padre. Este nos invitó a pasar a un gran salón.
-Jacqueline, has vuelto, ¿dónde está Jean-Charles? –preguntó él, por el pasillo.
-A él y a nosotros nos capturaron unos piratas –intervine-. Jean-Charles luchó contra uno de ellos para obtener una armadura, y... hubo un accidente. Al pirata se le escapó la espada y... Jean-Charles... a Jean-Charles se le clavó la espada en el vientre, y...
Me interrumpí. Jacqueline me apretaba la mano para darme valor. Yo le acaricié la suya.
-Está muerto –proseguí-. Lo enterramos en un puerto de Brasil. Lo siento mucho. Os acompaño en el sentimiento, señor Martel.
Él se puso nervioso de repente. Primero parecía tan sorprendido que ni siguiera le saltaban las lágrimas. Sin embargo, más adelante sí que lloró. A mí me pareció noble, porque nos agradeció a Jacqueline y a mí que hubiésemos asistido al entierro, y que hubiésemos ido a contarle la noticia a él y a intentar consolarlo.
Durante los días siguientes fuimos a trabajar al restaurante. A mí me daban un buen sueldo, y a ella apenas le pagaban. Me quejé al propietario y él dijo:
-Las mujeres cocinan por naturaleza, ¿por qué habría de pagarle yo más dinero a esta para que lo haga? Muchachita, si quieres ven, y si no, quédate en tu casa. Hay chicas peleándose por tu empleo, ¿sabes, nenita?
-Sí, no me despidáis –se resignó Jacqueline.
Me contuve entonces, pero en cuanto se marchó el jefe, dije:
-Es un abuso.
Blanc estaba viviendo en una habitación del piso de abajo, en la casa de mis padres. Él también opinaba que el jefe del restaurante trataba a Jacqueline injustamente.
-Yo le voy a meter presión, a mí no me va a hacer nada, no me puede despedir, no trabajo para él –me dijo Blanc.
-Pero puede despedirnos a nosotros –razoné.
Pasadas varias semanas vendimos la casa que nos había regalado el padre de Jacqueline y sacamos un grandísimo beneficio. Jacqueline seguía sin cobrar lo justo y Blanc se quejaba por eso, pero la joven ya no protestaba. Yo, en mi tiempo libre, pintaba cuadros, la retrataba a ella.
-Va a haber un baile cerca de vuestro restaurante, ¿no vais a ir? –nos preguntó Blanc, en una ocasión-. Porque yo sí.
-Puede que vayamos –respondí-. Y tú, ¿con quién vas? ¿Solo y a intentar “pescar”.
-No. No conocéis a Virginie, ¿verdad? Pues yo sí, la he visto en el mercado y...
-Una verdulera –supuso Jacqueline, sonriendo.
-No. Estaba comprando, no vendiendo. Le he llevado las mercancías a su casa. Creo que la he conquistado.
No me fié. Blanc siempre decía eso, pero nunca acertaba. Jacqueline y yo fuimos al baile y es verdad que Blanc y Virginie estuvieron juntos, pero no sé en qué quedará eso. Mejor pinta que los otros intentos de Blanc tiene, sin embargo, yo a él le pediría precaución, que no se emocione precipitadamente.
Blanc sigue deseando que Jacqueline y yo tengamos un hijo. Eso, por lo menos, tarde o temprano llegará. Pero que Blanc encuentre a su chica ideal es menos probable.

Una isla para tres

Me levanté esperando ver el techo de mi camarote al abrir los ojos. Pero en lugar de eso, contemplé el techo de una cueva. Entonces volví a recordarlo todo: ya no me encontraba en el barco pirata capitaneado por mi cuñado, el joven Guillaume-Thomas Lebon, sino en una isla. Jacqueline se hallaba a mi lado, ya despierta, sentada; y el pelirrojo Antoine Blanc, a varios metros, durmiendo. La tarde anterior, Jacqueline había discutido con Guillaume-Thomas, y este nos había enviado a los calabozos a ella, a Blanc y a mí, por haber intervenido en la disputa. Blanc, estando borracho, había tirado una vela encendida en la celda, y afortunadamente, los tres habíamos logrado escapar de allí, y llegar sanos y salvos a una isla, flotando en colchones. La comida del baúl que Guillaume-Thomas nos había dejado se estaba acabando, tendríamos que arreglarnos para obtener más alimentos.
Blanc se incorporó, frotándose los ojos y las mejillas.
-¡Espigado, rubita, venid conmigo, hay que explorar la isla! –nos dijo.
Le pedí que se dejase de motes y luego cogí a Jacqueline de la mano. Blanc corría por la arena, parecía muy contento. Nosotros, no tanto. Subiendo una cuesta había una montañita, y de allí provenía un riachuelo. Nos paramos a beber y a lavarnos la cara. Pero de repente, Blanc agarró a Jacqueline y la cogió en brazos, al borde del agua, diciéndole:
-¿A que te tiro? ¡Estás sudando, necesitas bañarte!
-¡Para, bájame! –le pidió Jacqueline-. ¡Joachim! –acudió a mí.
Blanc la balanceó un poco más, entre sus brazos, y finalmente la soltó. Él sí que se lanzó al río, completamente vestido y sonriendo.
-¡Mira, Jacqueline, no pasa nada! –exclamó.
Pero ella ya se había ido.
-Tu esposa no parece muy contenta –me dijo Blanc -. Y eso es malo para la convivencia entre los tres. Vete a tranquilizarla.
Lo que me costó fue encontrarla. Estaba bajo un árbol, en el extremo de la isla.
-Blanc a veces fastidia, ya lo sabes, pero no lo hace en serio –le dije.
-Blanc es parecido a Guillaume, pero peor –comentó Jacqueline-. Estamos aquí por su culpa, es un estúpido, él quemó la celda...
-Guillaume vendrá a buscarnos. Dijo que no quería deshacerse de nosotros, que nos necesitaba en el barco. Solo tenemos que aguantar un poco.
Volví a la cueva con Jacqueline, y allí ambos nos encontramos con Blanc, que estaba cocinando un gran animal.
-Hay bichos como este por ahí, entre los árboles –nos dijo-. Y además... ¡hay cocos! Creo que alimentan, probad uno.
Cortó uno de esos frutos con una navaja y se lo dio a Jacqueline, besándola en la mano.
-Toma, y perdona por lo de antes –le dijo-. No estabas sudando, solo era una broma.
Al cabo de un rato, Blanc le preguntó:
-¿Te gusta el coco?
-No demasiado –dijo ella.
-Pues a ver si te gusta más la carne.
-No, la carne que sea para vosotros. Yo prefiero la comida del baúl de Guillaume.
-La carne llega para todos –le dije-. Y sobra.
-Ya, Joachim, pero a mí... esos animales así, “matados aquí mismo”... no sé, habiendo otra cosa, la prefiero.
Blanc se rió.
-¡Pues a ver qué comes cuando se terminen los alimentos de tu hermano! –dijo-. ¡Y a ver si la educas, Joachim, para que sea más conformista! Y preocúpate de instruirla un poco más. Los animales “matados aquí mismo” son los que mejor saben.
-¡Eso dice todo el mundo, pero habiendo otra cosa, la prefiero! –gritó Jacqueline-. ¡Y no he dicho que vaya a rechazar la carne cuando no haya otra comida! Tú no eres el único capaz de sobrevivir aquí. Piensas que eres un héroe, pero no impresionas a nadie. Déjame en paz, Blanc, déjame en paz.
-Lo haré si me apetece.
Yo me di cuenta de que la discusión estaba yendo demasiado lejos.
-Eh, tranquilos –dije-. Vamos a comer.
Blanc no parecía demasiado dispuesto a hacerme caso, pero finalmente paró con la discusión. No obstante, por la tarde tuvieron otra. Jacqueline fue al río a lavarse la cabeza y Blanc, cuando la vio de vuelta con su rubia melena humedecida, le dijo:
-Estás muy guapa, el pelo te ha quedado muy bonito, ¿tenías algún producto guardado?
-No –respondió ella-. Pero me he echado fruta.
Blanc le gritó entre insultos que necesitábamos la fruta para comer.
-No es para tanto –le dije al muchacho-. Hay fruta de sobra, y la higiene también es importante para evitar enfermedades.
Blanc se contuvo entonces, pero mientras preparábamos la cena, el joven provocó a Jacqueline, mostrándole cada alimento y diciéndole: <>.
-Bueno, Blanc, ya vale –respondió ella.
-No, lo digo porque yo siempre me froto con pescado antes de darme un baño –se burló él.
-¡A ver, déjala de una vez! –intervine.
Miré a Blanc con seriedad y él se calló. Acaricié a Jacqueline y susurré:
-Es cierto que estás muy guapa.
Noté que ella no dejaba de mirarme durante la cena. Blanc le inspiraba desconfianza, y entonces recurría a mí para sentirse segura. Sus miradas parecían decir: <>. Yo deseaba quedarme a solas con ella, pero no hice nada, no iba a decirle a Blanc que se marchase.
Jacqueline, después de comer, se apartó un momento y Blanc aprovechó para decirme:
-¿Qué le pasa? Todo la molesta.
-Le pasa que está en una isla, en estas condiciones y... que te metes con ella. Así, no sé qué esperas que haga –le reproché.
-Solo intento bromear. Me cae simpática la nena, no pretendo ofenderla. ¿Pero tú...? Bueno, ahora ya estáis casados, pero cuando empezaste a conocerla, ¿qué hiciste para caerle bien?
-La he tratado bien, Blanc. Ella... verás, si te portas de esa forma, no va a confiar en ti, se sentirá intimidada. Tiene sus cosas, sus pequeños defectos, pero yo también, y a mí no me dices nada. ¿Por qué te metes con ella y conmigo no? Al hacer eso, ella nota que la tratas diferente, y no le gusta. Además, es muy tímida. Tiene que saber que puede confiar en ti. Debes ser amable y no reprocharle todo lo que hace.
Blanc sonrió.
-Haré lo que pueda –prometió.
Jacqueline volvió y Blanc me dijo al oído:
-Intentaré hacer lo que me sugieres, pero antes, vete a tranquilizarla. Si está nerviosa, las cosas me saldrán peor.
Yo me acerqué a ella y la invité a salir de la cueva y disfrutar del paisaje. La joven aceptó.
-No estamos tan mal –le dije, a la luz de la luna-. Si nada de esto hubiera pasado, no nos encontraríamos juntos frente al mar, bajo el cielo estrellado, a comienzos del mes de febrero. Nosotros, la naturaleza... esto me parece muy romántico.
-Romántico... si lo tuviésemos bajo control –opinó-. Unas vacaciones en esta isla... estarían bien, pero... si supiésemos que un barco vendría al cabo de un tiempo a sacarnos de aquí. Y sin Blanc. Nosotros dos solos.
-Pero ahora, ahora mismo, estamos bien. Blanc... está en la cueva, es como si nos encontrásemos solos. Intenta aprovechar estos momentos. Mira, si nunca hubieses renunciado a ese matrimonio que Martel tenía planeado contigo, si lo hubieses aceptado a la fuerza desde el principio, no te habrías subido al barco en el que nos conocimos. Guillaume no te habría capturado, y ahora, seguro que tú no estabas aquí, en esta isla. ¿Y qué piensas? ¿Estás contenta de haber huido del matrimonio forzoso, y de haberme conocido a mí, o habrías preferido casarte con Martel y vivir con él, sin sobresaltos?
-Joachim, te quiero, ya lo sabes –me dijo-. No me voy a arrepentir nunca de que nos hayamos casado. Sea donde sea, quiero estar contigo.
Primeramente, el objetivo de decirle estas cosas a Jacqueline había sido obedecer a Blanc, tranquilizar a la chica para que luego ella y él apartasen sus diferencias y se llevasen mejor. Pero ahora que la tenía tranquila, había que aprovechar. La llevé lejos de la cueva, al cerro, desde donde se veía toda la playa. Yo quería estar con ella; la joven y Blanc ya tendrían tiempo de hablar más tarde. Nos quedamos fuera unas horas y volvimos a la cueva pasada la media noche. Descubrimos a Blanc todavía despierto, sentado en su esquina de la cueva.
-¡Ah, hola! –dijo él-. Jacqueline, ¿estás bien?
-¿Si estoy bien? ¿Qué pasa, tengo mala cara? –preguntó ella.
-No, claro que no. A la luz de las velas estás muy guapa, pareces muy sana. Te lo preguntaba por educación. Porque... mira, si llegas a las tantas con Joachim, aunque sea una falta de respeto para el otro habitante de la isla, que soy yo, a mí no importa.
-¿Y por qué es una falta de respeto?
-Porque quería hablar contigo, y he tenido que esperar horas despierto, a que volvieses, pero... no te preocupes.
-Perdóname, no lo sabía. ¿Y qué me quieres?
-Quiero que sepas que... confío en ti –declaró Blanc.
Luego él me miró y susurró: <<¿Era eso lo que tenía que decirle? ¿Qué me has mandado tú que le dijese? ¡Ah, no! Que ella tiene que saber que puede confiar en mí. De acuerdo>>.
-Puedes confiar en mí –añadió Blanc, en voz alta.
-Bueno –murmuró ella.
Y se echó en el colchón. Blanc me agarró del pantalón y yo me senté a su lado.
-¿Lo he hecho bien? –me preguntó el joven.
-No sé, creo que demasiado forzado –admití-. Tienes que demostrarlo con acciones. Trátala bien, no solo de palabra. Y con naturalidad, cuando se presente el momento.
Durante los días siguientes, Blanc no tuvo mucho tiempo de enmendar su comportamiento con Jacqueline. La chica me decía <>, y pasábamos bastante tiempo juntos, sin Blanc, exceptuando las horas de las comidas.
Una noche, Jacqueline y yo nos sentamos en una roca después de cenar, y tiempo después, ella se quedó dormida en mis brazos. Blanc se acercó justo entonces y me dijo:
-¿Jugamos a tirar piedras al mar, a ver cuántos botes dan?
-No –respondí-. No la despiertes.
Blanc se acercó más a nosotros y murmuró:
-Yo no tengo una Jacqueline. Y es una pena.
La noche siguiente procuramos hacerle algo de compañía a Blanc. Nos sentamos alrededor del fuego y él discurrió una actividad que consistía en contar secretos. Había que tirar los dados (él siempre andaba con ellos en el bolsillo) y quien sacase el número más alto, debía contar un secreto.
-No esperéis que vaya a decir nada –avisó Jacqueline-. Si me toca contar algo, me lo invento.
-Así no vale –respondió Blanc.
-Bueno, pues contaré algo que no me comprometa.
Tiramos los dados y me tocó a mí contar el secreto. Miré al fuego y dije:
-Cuando Jacqueline me admitió como novio... bah, nada, eso no.
-¡No le cuentes mi vida privada a Blanc! –intervino Jacqueline.
-No, si es cosa mía –dije.
-¡Venga, cuéntalo! –apremió Blanc-. ¡Cuéntalo, Joachim! ¡No te dejaré en paz hasta que me lo digas!
Evité mirarlos a ellos y admití:
-Cuando Jacqueline me admitió como novio, yo... cogí mi espada y... bailé haciendo malabares con ella, con el arma. Envainada, claro.
Ellos dos se rieron. Yo estaba colorado como un tomate y Jacqueline también se puso roja porque mi secreto la incumbía.
-¿Podrías hacernos una demostración? –pidió Blanc.
-Ni loco.
-Nunca has bailado conmigo –se quejó Jacqueline-. Nunca. ¿Tiene más suerte una espada que yo?
Blanc se rió.
-¡Venga, Clerc, sácala a bailar! – exclamó-. Lo está deseando.
-No. No hay música –dije.
-¿Y había música cuando bailaste con la espada? –insistió Blanc.
-En mi cabeza, y ahora no la hay –me apresuré a decir-. Y... ya está bien de hacerme pasar vergüenza a mí. Os toca a vosotros tirar los dados.
Me hicieron caso, aún entre risas. Le tocó contar el secreto a Jacqueline y entonces si que se quedó seria.
-No sé qué decir –comentó-. A ver... no sé si es un secreto, es...
-Si no se lo has contado a nadie, es un secreto –informó Blanc.
-Entonces lo es. Cuando era pequeña, le dije a Auguste, al mayor de mis hermanos, que quería ser pirata. Él empezó a pegarme y yo lo mordí para que me soltase. Él tiene... aún conserva la cicatriz en el dedo. Y yo también tengo una marca pequeña, que casi no se nota, aquí –se tocó la parte baja de la espalda -, porque me clavó las uñas. A él le daba mucha rabia que yo le hubiese producido una herida (yo tenía cuatro años y él nueve) y le dijo a todo el mundo que se había lastimado al quedarle el dedo entre la puerta, al cerrarla. Yo no le conté a nadie la verdad porque tenía miedo de que Auguste se vengase.
-¿Puedes enseñarnos tu marca? –se interesó Blanc.
-No –respondimos Jacqueline y yo a la vez.
Y para cambiar de tema, le dije a la chica.
-No sabía que Auguste fuese así. Cuando lo vi, en Navidades, me pareció amable.
-Era un niño cuando me pegó. No lo juzgues por eso.
Blanc sonrió.
-Tú tienes un hermano pirata, otro... violento... –le comentó a Jacqueline-. ¿Hay alguno más? ¿Un verdugo, o algo así?
-Hay otro, pero no es verdugo. Es más honrado que tú, así que cállate.
Le hice un gesto a Blanc que significaba <>, y él obedeció. Ahora le tocaba a él contar su secreto.
-He oído que en cierta isla se encuentra la mejor armadura jamás fabricada. Es ligera, pero no permite que la penetren ni las espadas ni las balas –nos explicó-. Se lo he oído al segundo de a bordo y a Martel. El segundo de a bordo quiere encontrar la armadura, pero el capitán no está interesado. Entonces, entre Martel y Olivier están elaborando un plan para convencer al capitán Lebon.
-¿En qué isla se encuentra? –pregunté.
-No lo sé, no he escuchado el nombre. Pero por cierto, esta isla, en la que estamos ahora, ¿cómo se llama?
-Ni idea –dije-. Ni siquiera sé si aparece en los mapas.
Blanc se encogió de hombros.
-Bueno, lo de la armadura es solo una leyenda –comentó-. No os lo creáis a pies juntillas.
Blanc se llevó una fruta a la boca y Jacqueline le dijo:
-¡Pero eso no es un secreto!
-Bueno, tú no lo sabías, nena. Y Joachim tampoco. Os he contado algo que desconocíais, y eso ya puede considerarse un secreto.
Hablamos de otras cosas y Blanc nos dijo que se sentía solo, que Jacqueline y yo estábamos juntos y lo dejábamos de lado.
-Como aquí no hay nadie más, si vosotros tuvieseis una hija, dentro de unos quince años ella podría convertirse en mi mujer –comentó.
-¿Piensas que vamos a permanecer aquí quince años? –dijo Jacqueline-. ¡No, por favor! ¡Tenemos que construir un barco para salir de aquí, yo esto no lo aguanto!
-¿Y quién te iba a casar con nuestra hipotética hija? –le pregunté a Blanc, sonriendo.
Él permaneció en silencio durante unos segundos y respondió:
-Nadie. Y la niña ni siquiera me querría. Solo era un comentario para que comprendieseis cómo se siento a veces. Pero no os apuréis, es normal que queráis estar solos los dos. Estáis muy enamorados y este sitio es bastante romántico, me parece.
Me desperté bastante temprano al día siguiente, antes que Jacqueline y que Blanc. Me quité la camisa (manchada de rojo, por culpa de la fruta) y el calzado, dejándolo en la orilla del mar. Me dispuse a hacer unos largos, y al cabo de un rato descubrí que se acercaba un barco a la isla. Recordé las ansias de Jacqueline por abandonar aquel lugar y quise volver a la playa para encender un fuego y llamar la atención de los tripulantes del barco. Pero ellos ya me habían visto mientras yo estaba en el agua.
El navío era el Francés Temerario, el de Guillaume. Eso lo supe nada más ver a Claude Olivier, segundo de a bordo, acercándose a mí en un bote.
-¡Ah, vaya, eres tú! –exclamó-. El capitán se alegrará de verte, os estaba buscando a ti, a la chica y al pelirrojo. Pues tendré que llevarte al barco, a ver si agrado al capitán.
Me subí al bote.
-Jacqueline y Blanc están en esa isla… -empecé a decir.
-¡Eh, Olivier, da vuelta! –gritó Guillaume, que se encontraba asomado a la borda del barco. ¡Tenemos que irnos ya!
-Pero... mi capitán... –discrepó Olivier.
-Olivier, ya volveremos más tarde, pero es que ahora nos espera una lucha. Es contra piratas ingleses, que son unos chulos. Tenemos que ganarles, es muy importante. Luego volveremos aquí.
Olivier y yo subimos al Francés Temerario.
-Mi capitán, escuchad, Jacqueline y... –empecé a decirle a Guillaume.
-¡Ya traeremos a Jacqueline y al otro, pero ahora hay que luchar! –me interrumpió él-. Mira, Clerc, ¿ves aquel barco a lo lejos? ¡Pues es el de los ingleses! ¡Se creen los mejores piratas y hay que demostrarles lo equivocados que están! ¡Venga, prepárate! Vístete una camisa, cálzate y coge una espada. Pero antes... cuéntame lo que ocurrió en la celda antes de que os escapaseis. ¡Había fuego, Clerc! No sé qué estaríais haciendo.
Le expliqué lo sucedido y me dirigí al camarote que solíamos ocupar Jacqueline y yo, pero por el camino me encontré con Martel.
-¿Intentas darnos envidia a los demás? –me preguntó-. ¿Ahora presumes de torso? Pues ni siquiera tienes pelos en el pecho. Vaya hombrecito.
-Mejor. Y vos no los tenéis en la cabeza, cosa que es más grave –respondí.
Le mojé los pantalones cuando rozaron con los míos, al pasar, aunque yo no lo pretendía totalmente. Me cambié de ropa en el camarote, cogí mi espada y subí a cubierta. El barco inglés se alejaba.
-¡Hay que darse prisa, hay que pillarlo! –apremiaba Guillaume.
-Por favor, mi capitán, tenemos que ir a la isla. Jacqueline... –empecé a decir.
-¡¡Ya iremos!! –bramó él.
Yo me asomé a la borda y grité:
-¡¡¡Jacqueline, estoy en el barco!!!
Guillaume se echó a reír.
-¿Piensas que te va a oír desde aquí?
No contesté. Esperaba que sí, para que no se preocupase al percatarse de mi ausencia. Yo no sabía si ella estaría inquieta o no, si me habría oído o si al contrario, mi intento había sido inútil. Pero yo sí que estaba inquieto. Pasaban las horas y Guillaume seguía guiando el barco con la intención de alcanzar a los ingleses. Al amanecer del día siguiente, el objetivo continuaba siendo el mismo. Trabajamos todos duramente para darle alcance al barco inglés, y esa tarde sí que lo logramos. Me libré de la lucha porque Guillaume me mandó a preparar la cena, esa era mi salvación. Unas cuantas horas más tarde, un grupo de piratas del Francés Temerario entró cantando en la cocina. Habíamos ganado la batalla. Ahora sí que se habían disuelto todas las desavenencias entre ciertos piratas y el capitán Lebon. Todos admitían que este era un buen capitán, incluso los que hacía pocas semanas se habían atrevido a llevar a cabo un motín contra él. Estos últimos lucharon en la batalla y poco después fueron enviados de vuelta a los calabozos.
Nadie se preocupaba de volver a la isla rápidamente, el único objetivo de los piratas era celebrar la victoria. La mayoría de ellos se levantó bastante tarde al día siguiente; el viaje de vuelta a la isla se estaba retrasando. Yo me preguntaba qué estarían haciendo Jacqueline y Blanc en la isla. No terminaban de congeniar y yo temía que las cosas hubiesen empeorado, que Blanc no le dirigiese la palabra a Jacqueline y que ella tuviese que arreglarse sola para cazar. Siempre podría pescar, cosa que era más fácil, pero se sentiría muy sola si Blanc la dejaba de lado.
Estas dudas desaparecieron unos días después, cuando por fin llegamos a la isla. Entonces, Olivier y Martel cogieron sendos botes para llegar hasta la playa; y yo, cuando me enteré, les pedí que me dejasen ir en uno de ellos, explicándoles que quería ver a Jacqueline. Ellos accedieron. Lo que me extrañó fue que Olivier llevase una pala. Yo no dejaba de mirar al frente y por fin vi a la chica. Ella y Blanc se encontraban pescando en la playa. Por encima del vestido, a modo de chaqueta, desabrochada, Jacqueline llevaba puesta la camisa que yo había dejado en la isla. La joven me vio, se me acercó nadando y se subió al bote en el que íbamos Olivier y yo.
-Joachim, ¿dónde estabas? –me preguntó-. Blanc creía que no volverías. Me alegro muchísimo de verte.
La besé.
-Yo también, mi amor –le dije.
Acto seguido le resumí lo que me había sucedido en el Francés Temerario. Al llegar a la arena, Blanc me estrechó la mano, sonriente.
-Vale, Jacqueline, el chico está vivo, te debo dos monedas –dijo.
Pero de repente Olivier tiró la pala en el suelo, y entre él y Martel me quitaron a Jacqueline de los brazos y la empujaron por la arena. Ella se quedó de rodillas mientras Martel la agarraba y Olivier le hacía un corte con la espada, en el brazo derecho. Jacqueline se quejó, luego la soltaron y yo me puse de pie delante de ella para que no la volviesen a tocar.
-¡¿Esto por qué?! –dije-. Como se repita...
Olivier miró a Martel y este hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
-En esta isla se halla la mejor armadura de todos los tiempos –explicó el segundo de a bordo-. Y para encontrarla, para saber en dónde cavar, hay que seguir el rastro que deja la sangre de una mujer. La sangre irá resbalando hacia el lugar exacto en el que haya que cavar para encontrar la armadura. Pero, a la chica la tiene que rajar alguien que conozca la leyenda, no vale que sangre porque sí, de esa forma no se encuentra el tesoro.
-¡Eso son supersticiones, no os permito que le hagáis daño a mi esposa por culpa de esa tontería! –exclamé.
-¡No son supersticiones! –opinó Martel-. A ver, chavalito, tú sabrás que un imán atrae metal, ¿verdad? Pues a lo mejor resulta que la sangre de mujer tiene un componente químico especial que...
-Pero Jacqueline no es una mujer hecha y derecha, solo tiene dieciséis años –intervino Blanc.
-Eso no importa –aseguró Martel-. Es de género femenino, con eso basta. Y ahora, esperemos.
Yo estaba completamente seguro de que la sangre no haría nada raro, y por supuesto que acerté. Le impregnaba la manga de la camisa a Jacqueline y caía en la arena, pero no indicaba ninguna ruta.
-Ya está, no funciona, hay que frenarle la hemorragia –dije.
-Espera. A lo mejor es que la niña se encuentra sobre la armadura, tal vez haya que cavar ahí mismo –intervino Martel.
-Bueno, que se siente a unos metros de distancia. Cuando esté allí, si la sangre resbala hacia donde está ahora la niña, es que hay que cavar aquí –opinó Olivier.
Jacqueline se levantó y se sentó a unos metros. Yo me senté a su lado. Y la sangre caía en donde se hallaba ella, claro está. Seguía sin marcar ningún camino.
-¿Y si la armadura se encuentra en otra isla? –preguntó Martel.
-No, eso no, Martel – respondió Olivier-. Mi padre me dejó un pequeño mapa en el que se indica la localización de la armadura. Y por aquí cerca no hay más islas, tiene que ser esta, por necesidad.
-¿Vuestro padre? –murmuró Jacqueline.
-Sí, él enterró la armadura –respondió Olivier-. En esta isla desconocida, que no aparece en los mapas oficiales. Buen lugar.
Esperamos unos minutos. Jacqueline se inclinó a un lado, sentada. Estaba pálida.
-Ya bastará, ¿no? –intervino Blanc-. Habrá que taparle la herida con un trapo para que deje de sangrar.
-¡No hasta que encontremos la armadura! –bramó Martel.
-¡Pues yo no voy a permitir que se desangre! –grité.
-Tranquilo, Clerc, le he clavado la espada en el brazo para que la herida no fuese mortal –intervino Olivier-. Podría haberle rajado la barriga, o el pecho, pero no quiero matarla, así que no te pongas tonto.
-¿Le rajamos el brazo otra vez, a ver si acaba de surtir efecto? –propuso Martel.
-De acuerdo.
Olivier se acercó a Jacqueline, blandiendo la espada, y ella murmuró:
-Más no. Ya estoy sangrando, dejadme, por favor.
Yo estaba indignado. Me levanté y me interpuse entre Olivier y ella.
-Antes me la tendrás que clavar bien honda a mí –declaré.
Me estaba dejando llevar por la rabia, mi cabeza no era capaz de crear razonamientos de lo enfadado que estaba. La temeridad se había apoderado de mí, no podía reflexionar acerca de las consecuencias de mis acciones. Y al parecer, a Blanc le ocurría algo parecido.
-Olivier, os reto a un duelo –dijo-.Luchemos ahora mismo.
-¡No! –exclamó Jacqueline-. ¡Eso no me ayuda, no te precipites!
-Sí que te ayuda –contestó Blanc-. Si venzo, ni Olivier ni Blanc te volverán a hacer daño. Y si pierdo... nos quedamos como ahora. No hay nada que perder.
-Gracias, Blanc, pero no puedo...
-De nada, guapa –la cortó él-. Y ahora atiende tú, Olivier, te dejo elegir arma, y... el primero que sangre, pierde. ¿De acuerdo?
-Sí, claro –respondió el segundo de a bordo, con una tranquilidad pasmosa-. Elijo... vamos a ver... un duelo de espadas. Yo tengo la mía, tú coge la de Martel.
Blanc aceptó.
-No puedo permitírtelo –le dije a Blanc-. En todo caso, tendría que ser yo el que luchase...
-Clerc, mira –me interrumpió él, señalando hacia atrás-. Tu pequeña.
Me di la vuelta y vi a Jacqueline tendida en la arena, inconsciente. Corrí a arrodillarme a su lado y le froté la cara. Le rasgué la parte de abajo de la camisa (al fin y al cabo, la camisa era mía, aunque a ella le hubiese dado por ponerla por encima de su vestido) y con el trozo de tela que se desprendió improvisé un vendaje, que le até sobre la herida del brazo.
-Háblame –le pedí-. Dime algo, ¿puedes oírme?
No reaccionó. Escuché el ruido de las espadas y levanté la vista: Blanc y Olivier ya se hallaban luchando.
-Eh, Clerc, ¿qué tal va la nena? –me preguntó Blanc, sin abandonar el combate-. ¿Sigue inconsciente?
-Sí –respondí.
-Pues no la fuerces, no la agites, ya verás cómo se recupera pronto.
Mientras tanto, él seguía luchando contra Olivier. Yo alternaba la mirada entre ellos y Jacqueline. Y esta pronto abrió los ojos. Intentó incorporarse y yo dejé que apoyase su cabeza en mi pecho para que no se volviese a marear.
-Te he vendado el brazo, te vas a poner bien –le dije-. A lo mejor tienes sed, ¿quieres...?
-No. No tengo sed.
Miró de reojo a Olivier y a Blanc. Yo también me fijé en ellos. En ese preciso instante, Olivier acababa de lastimarse en los dedos de la mano derecha, estaba sangrando un poquito.
-¡He ganado! –gritó Blanc-. ¡Estáis sangrando, Olivier, el duelo ha terminado!
Olivier y Blanc seguían manteniendo las armas juntas, como si de un pulso de espadas se tratase. Blanc separó la suya, y entonces, la espada de Olivier se clavó cerca de la cadera derecha de nuestro amigo. Blanc dio un grito y a continuación dijo:
-¡Sois un tramposo!
-¡No! –contestó Olivier-. ¡Se me ha resbalado, de verdad, yo no quería! ¡Yo no deseaba hacerte daño, el capitán te quiere con vida, esa es la prueba!
Blanc se desplomó en el suelo. Jacqueline se puso de pie y yo le dije:
-No te muevas, no quiero que te marees otra vez –le pedí a la joven.
-Pero Blanc...
-Quédate aquí, voy a ayudarlo, pero tú no mires, no quiero que veas más sangre.
Me acerqué a Blanc. Su herida se hallaba algo por encima de la cadera. Me quité la camisa y la utilicé de vendaje.
-Hay un médico en el barco, te llevaremos –le prometí.
Él asintió con la cabeza, estaba muy pálido. Y Jacqueline también, pues no me hacía caso, sino que observaba la profunda herida de Blanc. La espada que este había utilizado en el duelo se encontraba sobre la arena. Martel hizo ademán de cogerla, ya que era suya, pero Olivier lo detuvo.
-Dejamos aquí las espadas y la pala, llevamos a Blanc al barco y luego volvemos –le dijo-. Buscaremos el tesoro cavando por ahí.
Agarraron a Blanc y lo metieron el Francés Temerario. Yo cogí a Jacqueline en brazos y también la llevé al navío.
-Te dije que no mirases –le reproché-. ¿Te mareas otra vez?
-Un poco. Pero oye, hay unos zapatos tuyos en la isla, los que te quitaste el día que te fuiste en el barco de Guillaume. Están en la cueva, los he guardado.
Volví a buscarlos una vez que hube dejado a la joven en el camarote. Olivier y Martel ya estaban cavando. Y así siguieron unas cuantas horas, hasta encontrar la armadura. Olivier se quedó con ella y Martel se enfadó, dijo que había que negociar. Yo acudí al camarote de Blanc. Un médico lo atendía y el chico se quejaba. Yo le dirigí palabras de ánimo al muchacho, pero él respondió:
-Soy un estúpido, pregúntale a Jacqueline lo que le dije mientras tú no estabas. Habla con ella, tienes derecho a saberlo.
Le hice caso, le pregunté a Jacqueline por lo ocurrido. Y ella me contó esto:
-Como pasaban los días y tú no regresabas, Blanc te daba por muerto. Además, vimos tu camisa manchada de rojo...
-Era fruta –expliqué.
-Ya, pero Blanc y yo al principio creíamos que era sangre. Luego yo me di cuenta de que no, pero él no me hizo caso. Bueno, él te daba por muerto, creía que te habías ahogado, o que te había atacado un tiburón. Y me dijo que en cuanto saliésemos de la isla, podía casarme con él para no estar sola. Yo me enfadé y él también, se escondió de mí. Eso fue hace dos días. No quedaban alimentos y yo al mediodía intenté cazar y pescar, pero no conseguí ninguna presa. Para alimentarme algo comí unas verduras raras, y creo que estaban en mal estado, me provocaron náuseas y pinchazos en el estómago.
>>A la hora de cenar, Blanc volvió y me preguntó qué tal. Yo lloré, le dije que te consideraba vivo y que por eso me había enfadado su propuesta, pero que no se escapase, que quería llevarme bien con él. Y le conté cómo me encontraba. Él creía que no iba a ser para tanto, le sorprendió que apenas hubiese comido. Luego me ofreció todo lo que había cazado para sí.
>>Cuando me puse mejor, Blanc y yo hablamos en serio y él me dijo que la propuesta me la había hecho por bien y respetándote a ti, que a ti te habría gustado que alguien me cuidase. Arreglamos las cosas, y... él se ha alegrado de que hayas vuelto. Lo sé.
Comprendí por qué Blanc había tenido tanto empeño esa mañana en defender a Jacqueline: hacía pocos días, la había abandonado.
-¿Estás bien? –le pregunté a ella.
-Sí, ¿y tú? ¿Vas a perdonar a Blanc? Lo hizo por bien, sin malicia. Sabes que antes, cuando tú y yo pasábamos tiempo juntos en la isla, él nos dejaba, no quería interrumpir. Nunca se ha metido en lo nuestro. Pero estos días te daba por muerto, Joachim, se le notaba que decía la verdad. Te lo prometo. Me propuso matrimonio para que yo tuviese a alguien. Pero no estaba enamorado de mí. Nunca lo ha estado. Y nunca ha habido nada entre él y yo, ni lo habrá, ¿de acuerdo? Vamos a olvidar esto.
Una mezcla de enfado y tristeza me llenó los ojos de lágrimas.
-Joachim, le dije que no. Jamás... –añadió Jacqueline.
-Déjame –respondí-. No tengo ganas de hablar, no me digas ni una palabra.
Pensé en Blanc y en ella y llegué a esta conclusión: Blanc solía ser realista cuando no estaba de broma, a veces demasiado realista. Entonces, al encontrarnos en unas condiciones tan precarias como podrían serlo las de una isla desierta, llevando una persona varios días desaparecida, era bastante lógico darla por muerta. Y Blanc se había alegrado de verme de vuelta, se le notaba, hacía unos minutos yo había podido comprobarlo. Además, de no ser por Blanc, Jacqueline seguiría perdiendo sangre en la playa. Gracias a él, Olivier y Martel la habían dejado en paz.
Cogí a Jacqueline de la cintura, le dije que estaba todo pasado, que no le daría más importancia al asunto de Blanc; y en ese momento alguien llamó a la puerta. Era Martel.
-Venid los dos a cocinar, órdenes del capitán –dijo.
Obedecimos. Más tarde, a la hora de comer, no vimos a Blanc en la mesa. Le pregunté por él al médico y dijo que seguía en la cama. Y al terminar de comer, en vez de quedarnos de sobremesa con los piratas, Jacqueline y yo fuimos a ver a Blanc. La puerta de su camarote estaba entrecerrada, y el joven nos dejó pasar. Seguía muy pálido y se hallaba acostado en la cama.
-La herida me escuece –dijo, cuándo le preguntamos cómo se encontraba-. ¿Y a ti? –añadió, dirigiéndose a Jacqueline-. ¿No te molesta la herida del brazo?
-Un poco, pero no es para tanto.
-Tú curarás pronto –aseguró Blanc.
-Tú también –respondió Jacqueline.
-No lo sé. Espero que no se me infecte la herida.
Nos quedamos bastante tiempo con Blanc. Él quería tenernos allí, no deseaba quedarse solo. Al cabo de más de media hora, el joven le pidió a Jacqueline que fuese a buscarle un vaso de agua. Ella obedeció, y en cuanto Blanc y yo nos quedamos solos, este me dijo:
-Has venido igual a verme, ¿no te ha contado Jacqueline lo sucedido durante tu ausencia?
-Sí –respondí.
Yo no quería hablar de eso.
-Ah, vale –dijo él -. Me alegro de que me hayas perdonado. Yo... te daba por muerto...
-Ya lo sé. Pero yo en tu caso no habría actuado como tú.
Blanc hizo una mueca de desacuerdo.
-Y si te hubieras muerto, ¿qué? –dijo-. ¿Preferirías que Jacqueline se hubiese quedado sola a que se hubiese casado conmigo?
-Estoy vivo –contesté-. Y en otro caso, ella debería decidir.
Blanc asintió con la cabeza y declaró:
-Me alegro mucho de que estés vivo. De verdad. Eres mi mejor amigo del barco.
Me tendió su pálida y sudorosa mano derecha y yo se la estreché.
Durante los días siguientes Jacqueline y yo continuamos visitando a Blanc, que no terminaba de mejorar. Una noche mandó llamarnos a Jacqueline y a mí. Nosotros fuimos a visitarlo a su cuarto y nos lo encontramos con fiebre.
-Se me ha infectado la herida, no hay duda –nos dijo.
-¿Quieres que avisemos al médico? –le pregunté.
-No. Ya ha venido, acaba de irse. Lo que quiero es estar con vosotros. Tengo que deciros algo, cerrad la puerta. Sentaos a mi lado.
Yo cerré la puerta e inmediatamente después Jacqueline y yo nos sentamos en la cama del enfermo. Este se desató una cuerdecita que llevaba alrededor del cuello, a modo de collar, y nos mostró un anillo de oro que colgaba de allí. Era la primera vez que yo se lo veía.
-Me gustaría que se lo dieseis a mi madre –explicó-. Y que le explicaseis qué ha sido de mí. Ella vive en Le Havre, ¿habéis estado allí alguna vez?
-Sí –contestó Jacqueline.
-Lo otro, todo lo que tengo... –intentó continuar.
Pero se interrumpió. Señaló un trapo mojado en agua fría, que se hallaba sobre la mesilla de noche. Jacqueline se lo puso en la frente.
-Todo lo demás es para vosotros –declaró-. Cogedlo todo, guardadlo en vuestro camarote antes de que se lo queden los piratas.
-¿Por qué dices eso? –le preguntó Jacqueline.
-Nunca me he sentido peor –aseguró Blanc-. No sé si sobreviviré.
-¡Es culpa mía! –exclamó Jacqueline -. ¡Propusiste el duelo para que me dejasen en paz!
Yo estaba sentado detrás de ella y la tomé en mis brazos. Ella no tenía culpa de nada.
-Tranquila –dijo Blanc-. Quisiste impedírmelo. Yo decidí iniciar el duelo para ayudarte. Tú no tienes la culpa de nada de lo que me ocurra.
>>Ahora ya está. Ya podéis iros. Es plena noche, os he llamado en un mal momento, pero no podía esperar. Tal vez mañana fuese demasiado tarde.
Jacqueline rompió a llorar, se dio la vuelta y se abrazó a mí. Yo la acaricié.
-Yo no me voy a marchar –le prometí a Blanc.
-Yo tampoco –dijo Jacqueline, sollozando-. Quiero hacer algo por ti.
-Me llamo Antoine-François –dijo Blanc-. Si lo deseas, cuando tengas un hijo, puedes llamarle Antoine o François de segundo nombre. Pero tal vez eso sea pedir demasiado. No lo hagas si no quieres. Mira, si te calmas, ya estarás haciendo algo por mí.
Jacqueline le prometió que le llamaríamos François a un hipotético hijo nuestro (ella prefería el nombre de François al de Antoine), pero por el momento no fue capaz de complacer a Blanc mediante la otra propuesta. Intenté tranquilizarla a base de caricias, pero eso no dio resultado. Aunque, finalmente, cayó agotada en un sillón de la habitación de Blanc. Se despertó unas tres horas después.
-Blanc, en la isla, una vez te dije que te creías un héroe pero que no impresionabas a nadie –le comentó -. Sin embargo, sí que eres un héroe. Sin ti, me habría desangrado.
-Y tú eres la mejor mujer de todas las de este barco –respondió Blanc sonriendo.
Yo también sonreí. Jacqueline era la única mujer del barco.
-En serio, eres la mejor chica que alguien puede conocer –añadió el joven.
Me miró a mí y me dijo:
-Me dejas que se lo diga, ¿verdad?
-Sí, porque es cierto –respondí.
Blanc contó varias anécdotas divertidas, y como Jacqueline y yo notamos que se encontraba mejor, lo abandonamos durante unos minutos para prepararles el desayuno a los piratas. Al terminar, yo me dirigí de nuevo al camarote de Blanc. Jacqueline fue a bañarse, por eso no volvió allí conmigo. Y me alegré de que no hubiera ido, porque delante del camarote de Blanc se hallaba Martel, con una espada clavada en el vientre. Se me pusieron los pelos de punta.
-Ayúdame –acertó a decir él.
Le saqué la espada del cuerpo.
-Olivier y yo luchamos por... la armadura –logró explicar Martel -.Yo gané, pero... él se resbaló... y... me clavó la espada sin querer. La armadura... dásela a Jacqueline. Pídele... perdón de mi parte... por todas las veces que la he picado, por todo lo malo que le he hecho. ¿Lo harás? ¿Se lo dirás?
-Sí –prometí.
-¿Dónde está... ella? ¿Puede venir? Quiero... verla una vez más.
-Se está bañando –respondí.
Pero no sé si llegó a escucharme o no. Yo no sabía qué hacer. Metí el cuerpo de Martel en el camarote de Blanc y limpié la sangre que manchaba el suelo del barco.
-¡Eh! ¿Es Martel? –preguntó Blanc, desde la cama.
-Sí. Se enfrentó a Olivier y... recibió un sablazo en el vientre. Acaba de morir.
Blanc se quedó serio y yo me dirigí a mi camarote. Cuando llegó Jacqueline, intenté desayunar con ella, pero casi no me entraba la comida. El asunto de Martel me había impresionado mucho.
-¿Vamos a ver a Blanc? –me preguntó la joven.
-¡No! –respondí, ya que el cuerpo de Martel se hallaba en el camarote de nuestro amigo-. Creo que... duerme. Vamos a dejarle descansar.
Le conté la noticia al capitán y este se la comunicó a la tripulación. Todos los del barco, excepto Jacqueline, sabían lo que había pasado. Volví al cuarto de Blanc y le expliqué que no era capaz de hablar de Jacqueline sobre eso.
-Yo podría contárselo, pero es mejor que se lo digas tú –opinó mi amigo-. Le cuentas lo de Martel y luego le dices: <>.
-Vaya, qué ocurrente. ¿Cómo es que no tienes novia? –pregunté.
-En el barco tenemos escasez de mujeres. Para una que hay, está cogida...
-Ya, pero... fuera.
-Las chicas me consideran un bruto –comentó Blanc.
Volví a mi camarote, con la armadura, y le dije a Jacqueline:
-Martel te pide perdón por todas las veces que se ha metido contigo, y...
-Ese viejo verde –murmuró ella.
Esas palabras me cortaron el discurso, no supe cómo continuar.
-Bueno... te da esto –añadí, entregándole la armadura.
Ella la cogió.
-¿Por qué, para qué la quiero? –me preguntó.
-No lo sé.
Volví a abandonar el camarote para ver a Blanc.
-No puedo contárselo –le expliqué-. Iba a hacerlo, pero le llamó “viejo verde” a Martel, y... no supe qué decirle. Además... sé que se va a impresionar.
Blanc se encogió de hombros.
-Inténtalo. Si no puedes, ya se lo cuento yo.
Regresé a mi camarote, pero Jacqueline ya no estaba allí. La busqué por todo el barco, y finalmente, la descubrí en una esquina de la bodega.
-¡Ya sé que está muerto! –anunció la joven-. ¡Guillaume me lo ha contado! Pero podías habérmelo dicho tú. No soy solo un cuerpo bonito, puedes contarme las cosas importantes, porque a lo mejor las entiendo mejor que tú.
-Si te pones así es que no lo estás entendiendo –respondí.
No debería haberla provocado. Discutimos, ella se escapó, y volvimos a vernos a la hora de la comida. Ella estaba sentada sola y yo me coloqué a su lado. Comimos sin hablar durante unos minutos y luego yo le dije:
-Yo solo quería protegerte. No quería qué sufrieses. ¿Estás bien?
-No –respondió-. No, no estoy bien. Me siento muy confusa. No sabía qué hacer, y... descargué mi rabia contra ti.
-No importa –le dije-. Yo también me siento confuso. Martel no era nuestro mejor amigo del barco, precisamente, pero siento que haya muerto.
-Si él no hubiera querido casarse conmigo, yo no habría huido de él, y por lo tanto, tú y yo no nos habríamos conocido –razonó ella.
-Antes de morir, quería verte y pedirte perdón –le comuniqué-. Sus últimos pensamientos fueron para ti. Pero no te pongas triste. Blanc ha sobrevivido, y yo estoy aquí. A mí me tienes para lo que quieras, puedes contar conmigo para todo. Te quiero.
Blanc entró renqueante en el comedor. Se sentó a mi lado y dijo:
-¡Que Martel descanse en paz eternamente, que conozca la Gloria! Escuchad. Vamos a ir a un puerto para enterrarlo, eso acaba de decir el capitán. Y esa es nuestra oportunidad de escapar del barco pirata. Hay que idear un plan. ¡Gracias, Martel, gracias! ¡Tú nos guiarás a la libertad!
CONTINUARÁ