Bajé las escaleras para hablar con Blanc. Pero antes de toparme con él oí el sonido de alguien llamando a la puerta. Yo mismo abrí; era Georges Lebon, mi cuñado, el hermano de Jacqueline. El joven parecía fatigado.
-Se trata de Guillaume, ha venido a casa de mis padres –logró decir-. Os busca a vosotros, o mejor dicho, busca la malla que Martel le dejó a Jacqueline como herencia. Haced algo, huid. Guillaume no sabe en dónde vivís, pero entre él y los piratas son capaces de rastrear París entero para encontraros.
-¿Adónde vamos a ir? –pregunté-. ¿Qué lugar es seguro?
-Más que este, cualquiera. Marchaos.
Blanc y mi padre intentaban arreglar una estantería de la habitación del primero de ellos.
-Viene Guillaume –informé-. Georges dice que solamente busca la malla, pero yo creo que si nos ve, nos captura. Jacqueline y yo nos vamos.
-Vamos en carruaje a Le Havre –propuso Blanc-. Mi madre vive allí, nos alojará.
-¿Tú también te vienes?
-Pues claro. A mí también me querrán capturar, ¿no crees?
Yo subí a avisar a Jacqueline.
-Guillaume anda por París, nos busca, hay que escaparse. Nos vamos a Le Havre. Trae la malla, eso es lo que quiere.
-¿Y si se la damos? –sugirió mi joven esposa.
-¡No! ¿No lo entiendes? ¡Esa es una disculpa! Nos hemos escapado dos veces de su barco, y eso a los piratas les da rabia. ¡No quieren admitir que somos más listos que ellos, por eso desean capturarnos otra vez, y tenernos capturados para siempre! Quieren demostrar que pueden con nosotros.
Ella asintió con la cabeza.
-Coge lo necesario y vámonos –añadí.
-Joachim, tengo que decirte algo, no estoy completamente segura, pero... –empezó a decir.
-Ya hablaremos, ¿vale? Ahora hay mucha prisa –la corté.
Cogió algo de ropa y yo también. Bajamos las escaleras, Blanc ya estaba esperando. Y nos escapamos de allí corriendo.
-Joachim, podrías haberle dejado unos pantalones a la nena –comentó Blanc-. Razona un poco, ellos buscan a dos chicos y a una chica. Si nos ven de lejos, se nos acercarán para ver si somos nosotros. Y de la otra forma, si hubiesen creído ver a tres chicos, los despistaríamos.
No se me había ocurrido, había que admitir que Blanc era muy ingenioso.
-Buena idea, pero mis pantalones le arrastrarían entre quince y veinte centímetros, supongo –respondí-. Y eso llamaría la atención.
-Ya, pero los míos le quedarán mejor. Llevo varios en mi saco. Jacqueline, vamos a un callejón, te tapamos con una tela ancha y te cambias de ropa. Luego te recogeremos el pelo como a un chico. Y... te pintaremos la cara con un poco de barro. Eso te dará aspecto de brutalidad.
Jacqueline se negó, dijo que no funcionaría, que lo que conseguiría iba a ser que la viese la gente cambiándose de ropa. Se irritó mucho y Blanc terminó desistiendo. Encontramos un carruaje que iba hasta Le Havre, pero no íbamos nosotros solos, sino que nos acompañaba un grupo de hombres. Recordé que Jacqueline quería contarme algo y le pregunté qué era. Ella miró a los pasajeros, se puso colorada y dijo que no era nada.
Hicimos varias paradas por el medio y en una de ellas se bajaron esos hombres definitivamente.
Nos alegramos cuando por fin llegamos a Le Havre. Jacqueline y yo conocíamos a una señora muy amable que vivía allí, la señora Fiquet. Ella había coincidido con Jacqueline en un viaje en barco. Nos dirigimos a su casa, esperando que nos alojase durante unos días, pero allí no había nadie. Una vecina nos explicó que Fiquet había ido a no sé qué pueblo, a la boda de su hijo, y que tardaría una semana o más en volver. Entonces Jacqueline y yo fuimos a casa de la madre de Blanc, a ver si nos dejaba hospedarnos allí. Sí que nos lo permitió.
Los días siguientes en Le Havre sucedieron con cierta normalidad, aunque oí a Blanc y a Jacqueline hablando de ir al médico. Les pregunté qué pasaba, Jacqueline tardó en responder y finalmente me dijo que necesitaba hacerse una revisión.
-¿Te pasa algo? –quise saber.
Ella me miró, la madre de Blanc entró en ese momento y Jacqueline optó por negar con la cabeza y no explicarme nada más. Decidí no preocuparme por eso.
Blanc conocía un restaurante en la ciudad y logró que me contratasen provisionalmente. Jacqueline a veces venía conmigo y él iba a pescar. Todo parecía muy tranquilo, tal vez demasiado. Lo que alteraba la normalidad a veces eran los comentarios y preguntas de la madre de Blanc, que era severa e indiscreta. A Jacqueline la ponía de los nervios. A mí tampoco me gustaba, pero hacía lo posible por disimular.
Una tarde la señora Blanc propuso que fuésemos todos juntos al puerto. Jacqueline no quería ir, se disculpó diciendo que le dolía la cabeza, sin embargo la madre de Blanc respondió:
-Te hará bien tomar el aire. Pero dime, ¿por qué te duele la cabeza, qué tienes?
Noté que Jacqueline dudaba. Me miró mucho y luego respondió:
-No lo sé, no tengo nada.
La madre de Blanc la miró como diciendo: <
-Podemos comprar una casa en Le Havre –le comenté a Jacqueline cuando la señora Blanc no escuchaba-. No tendremos que aguantarla para siempre.
-Pues podemos empezar a buscar casa, porque con esa mujer me siento observada todo el tiempo. Entra en nuestro cuarto sin llamar, me lo reprocha todo...
Eso era cierto. Blanc no le hacía caso a su madre cuando a esta le entraban las manías, y la señora Blanc a mí me tenía cierto respeto, por eso fastidiaba a Jacqueline más que a nadie. Esa tarde en el puerto, la señora Blanc quiso ir hablando con Jacqueline, y que Blanc y yo hablásemos entre nosotros. La joven no mostraba demasiado interés en su conversación y eso irritó a la otra. Le riñó, y Jacqueline, en vez de atender a la reprimenda, miró al mar mientras tanto. La señora Blanc se enfadó más y gritó:
-¡¿Qué se va a esperar de ti?! ¡Al fin y al cabo eres una niña caprichosa que se escapó de casa!
-¡Querían casarme a la fuerza! –respondió Jacqueline -. ¡Hablé con mis padres y no me hicieron caso, no sabía qué hacer, les dejé una nota...!
Blanc puso una mano sobre el hombro de Jacqueline.
-Tranquila, no le hagas caso –le dijo-. Para ella hay pocas cosas correctas, no le des importancia.
-¡A mí me casaron a la fuerza y no protesté! –siguió diciendo la señora Blanc.
-No creo, vos protestáis por todo – contestó Jacqueline.
Yo venía venir una respuesta así. Jacqueline es tímida, pero la señora Blanc la estaba molestando de tal manera que la joven no se podía contener. La señora Blanc le propinó una bofetada.
-¡No tenéis derecho! –intervine.
-Mientras viváis en mi casa, sí tengo derecho.
Jacqueline se frotaba la mejilla y miraba a la señora Blanc con rabia.
-Joachim, vámonos –me dijo-. No aguanto más.
-¿Qué es lo que no aguantas? –intervino la madre de Blanc-. ¿A mí?
Jacqueline no contestó, sino que se escapó. Yo me fui detrás de ella y Blanc nos siguió.
-Vamos a casa –le dije a la joven.
-¿A casa de ella?
-Sí, pero no importa. Estaremos nosotros solos, ahora ella anda de paseo por fuera.
Al llegar a casa, dado que nadie más que yo la veía ni la escuchaba, Jacqueline se desahogó criticando a la madre de Blanc. Blanc también estaba en casa, pero en el piso de abajo. En nuestro cuarto, Jacqueline se quitó la chaqueta y la lanzó violentamente al aire. La prenda cayó justo encima de un jarrón de la señora Blanc. Jacqueline cogió la chaqueta descuidadamente, con rabia, para sacarla de allí, pero lo que logró fue que la prenda se enroscase en el jarrón y lo tirase al suelo. Y obviamente, el jarrón se hizo añicos. Entonces Jacqueline se echó a llorar, consciente de lo que había hecho.
Blanc llamó inmediatamente a la puerta.
-¿Qué hacéis, que ha pasado? –preguntó.
-Se ha caído un jarrón –admití.
Me pareció que lo mejor era reconocer la verdad. Blanc frunció el ceño y comentó:
-A mi madre no le va a gustar. Si queréis, os ayudo a esconder los trozos y a deshaceros de ellos.
-No. La verdad acabaría saliendo a la luz de todas formas –respondí.
Jacqueline seguía llorando cuando llegó la madre de Blanc, casi un cuarto de hora después. Mientras esta última subía las escaleras, ya iba reprendiendo a Jacqueline por haberse marchado del puerto, pero cuando abrió la puerta y descubrió el jarrón roto sí que se puso realmente como una furia. Nos riñó a los dos y nos pidió inmediatamente que le contásemos quién había roto el jarrón.
-He sido yo, pero no quería. La chaqueta... –empezó a decir Jacqueline.
La señora Blanc no quiso oír nada más. La agarró, le dio una bofetada y la golpeó en las nalgas.
-Si no estás a gusto aquí es mejor que te marches –le dijo-. Que seas una maleducada es una lástima, pero lo que no te voy a permitir es que me rompas las pertenencias. Lo has hecho a propósito, vete de aquí.
Intentamos disuadir a la señora Blanc, su hijo también intervino, sin embargo, esta no cambió de opinión. Yo me marché con Jacqueline, por supuesto, y Blanc salió con nosotros para indicarnos la localización de un hotel que conocía.
-Jacqueline, perdona, se ha pasado muchísimo, ya lo sé –dijo Blanc, por el camino-. He intentado calmarla, pero no he podido.
Jacqueline le dirigió una húmeda mirada y respondió, llorando:
-Yo no quería. Se me ha enganchado... la chaqueta. ¿Tú me crees?
-Sí, claro que sí.
Llegamos al puerto.
-El hotel está ahí enfrente, pero habrá que esperar a que se calme un poco, ¿no? –me dijo Blanc-. No vais a entrar estando ella así, llorando.
Le di la razón. Blanc esperó con nosotros. Atardecía. Le pregunté al joven si no tenía hambre, si no quería cenar, y él dijo que no, que le apetecía más estar con nosotros.
-Joachim, es culpa mía –dijo de repente Jacqueline-. Tú podrías seguir viviendo allí, pero yo retiré la chaqueta con fuerza y rompí el jarrón... Estás pagando por lo que yo he hecho.
-No importa –respondí automáticamente-. Estoy contigo para todo.
Pareció calmarse. Yo estaba sentado a su izquierda, con un brazo sobre sus hombros, y Blanc a su derecha.
-Tengo que ir al baño –dijo Jacqueline.
-Vete a ese callejón –respondió Blanc, señalando a la derecha-. Mira, ahí se encuentra, casi nunca pasa nadie. Nosotros te esperamos aquí.
Ella le hizo caso. Nosotros nos quedamos en el puerto, pero casi al instante escuchamos que gritaba:
-¡Socorro!
Me puse de pie inmediatamente, sabiendo que era Jacqueline quien gritaba. Blanc también se incorporó y los dos fuimos corriendo en busca de la chica. Entonces descubrimos que la rodeaban casi una decena de hombres, de piratas. No era la tripulación de Guillaume, sino otra.
-¿Son estos tus héroes? –se burló uno de los hombres.
La sujetaban entre tres, e inmediatamente otros hombres nos agarraron a Blanc y a mí.
-¿Qué hacemos con estos? –le preguntó un pirata al que seguramente sería el capitán-. ¿Nos libramos de ellos o los contratamos de ayudantes?
-¿Qué queréis? –nos preguntó el capitán-. ¿Uniros a nosotros o morir?
Jacqueline logró mover un poco el cuello, cosa difícil dado lo sujeta que la tenían.
-No me dejéis –nos dijo.
-Yo me voy adonde vaya ella –les contesté a los piratas.
-Yo voy con ellos –respondió Blanc.
-¡Cobardes! –gritó un pirata.
No le hicimos caso. Desde el callejón nos llevaron por un camino desierto.
-¡No me toques! –le dijo Jacqueline a uno de los hombres.
-Stéphane, ahora concéntrate en que no se escape –le dijo el capitán a ese pirata-. Llévala al barco, cumple tu trabajo, porque si no, te encerraremos junto a... nuestros amigos –mirándonos a Blanc y a mí despectivamente.
Llegamos al barco. Se me hacía rarísimo que nadie hubiese visto cómo nos secuestraban los piratas, parecía mentira que al otro lado del puerto se encontrase un número considerable de personas, y sin embargo, por la zona de los piratas no hubiese nadie. Una opción de hacernos notar sería dar gritos, pero nuestros captores ya habían previsto esa posibilidad, y nos habían amenazado para que nos mantuviésemos en silencio.
A Blanc y a mí nos encerraron en una celda, en uno de los pisos inferiores del barco, y se llevaron a Jacqueline a no sé dónde. Blanc golpeó los barrotes para intentar salir, pero no lo consiguió.
-¿Qué crees que le están haciendo a Jacqueline? –le pregunté al joven.
Su rostro se ensombreció de pronto.
-No lo sé, pero mantén la calma –respondió-. Te digo la verdad, no creo que la quieran matar.
-Aun así, existen diversos tipos de tortura.
Blanc se quedó en silencio. Yo observé el entorno: fuera de la celda, a la derecha, había un armario con una llave metida en la puerta. Y más a la izquierda, al fondo de la estancia, se encontraba otra llave, esta colgando de un gancho.
-Tal vez una de esas llaves sea la que abra la celda –comenté.
-Ya, ¿y quién nos las va a acercar? –razonó Blanc.
-¿Tienes una cuerda?
-No.
Yo intentaba elaborar un plan cuando de repente escuché unos pasos acelerados. Era Jacqueline, venía corriendo por las escaleras (que estaban al fondo, a la derecha) y se acercó a nosotros.
-¡Eh, las llaves! –susurró Blanc-. ¡Jacqueline, ayúdanos, tráenos la llave del armario y la de la pared!
Ella obedeció. Los barrotes no nos impedían cogernos de las manos, y eso hicimos. Ella estaba arrodillada al otro lado de la celda.
-Ayudadme también vosotros a mí –dijo-. Estoy cenando con ellos y no me dejan en paz. Pero temo que pueda llegar algo peor. Les he dicho que tenía que ir al baño y me han dejado salir un momento, sin embargo, si tardo mucho vendrán a buscarme.
Se puso de pie.
-No les he mentido –añadió-. En el callejón estaban ellos y he tenido que aguantarme. Vengo ahora.
Bajó por unas escaleras de la izquierda.
-Joachim, esconde las llaves –susurró Blanc. Ahora tal vez vengan los piratas, pero luego probaremos, a ver si somos capaces de abrir la puerta.
Jacqueline no tardó en volver.
-Joachim, me miran como si nunca hubiesen visto a una chica, no me siento... –empezó a decir.
Se interrumpió al oír pasos.
-Son ellos –supuso-. Joachim, no quiero irme de aquí. No quiero que me aparten de ti.
Se acercó un pirata. Traía una especie de palangana con comida para mí y para Blanc.
-Vámonos, nena –le dijo a Jacqueline.
Me gustaría haberle pedido a Jacqueline que me diese alguna señal si las cosas se ponían feas, pero no tuve tiempo, y además, no era tan fácil inventarse una señal que funcionase en la distancia. Esperé a que Jacqueline y el pirata se alejasen y luego traté de abrir la cerradura de la celda.
-¿Tan pronto? –preguntó Blanc-. ¿Estás seguro? ¿Y si nos pillan?
-A ella ya la tienen pillada –declaré-. Tú quédate aquí si quieres, pero yo voy a prestarle mi ayuda.
Blanc negó con la cabeza.
-No te precipites –respondió-. Si te ven, te preguntarán cómo has salido de los calabozos. Entonces tendrás que admitir que Jacqueline nos dio las llaves, y eso a ella la compromete. La vas a meter en un lío.
Dudé.
-Y según tú, ¿qué debemos hacer? –pregunté.
-Esperemos a que llegue la noche.
-Yo no puedo. Ya la has oído, se están metiendo con ella, no la voy a dejar abandonada.
Blanc se encogió de hombros.
-Pues que tengas suerte –dijo.
Volví a intentar abrir la cerradura y lo conseguí. Dejé las llaves del armario colgadas del gancho de la pared de enfrente, para que si alguien miraba viese llaves, y metí las auténticas (las que abrían la celda) en el bolsillo. Dejé a Blanc encerrado en la celda y me marché.
Al subir las escaleras, en el piso que se encontraba justo encima vi un montón de armas. Cogí dos espadas, por si tenía que utilizarlas en defensa propia, y seguí subiendo las escaleras. Cuando me acerqué a la cocina escuché un gran alboroto: a los piratas hablando, riéndose y moviendo las sillas. La puerta se encontraba entreabierta. Me arrodillé allí mismo, sin pasar a la cocina, y vi al capitán en la cabecera de la mesa. Este tenía a Jacqueline en brazos, agarrada de la cintura. Le acariciaba la barbilla y ella forcejeaba por apartarse.
No supe qué hacer. Si entraba, tendría que enfrentarme yo solo a decenas de hombres. Entonces me propuse quedarme fuera observando, y si sucedía algo más grave, pasar.
Esperé fuera durante unos veinte minutos, nervioso, sin saber qué hacer si alguien me descubría. Y de repente escuché a Jacqueline pidiendo que le dejasen salir otra vez. Ellos se negaron. Yo estaba tan asustado que no podía ni moverme. Me avergoncé de mí mismo por no entrar en el comedor a defender a Jacqueline. Ya ni siquiera me atrevía a mirar qué pasaba, solo me guiaba por lo que oía.
-¡Si te encuentras mal, bebe ron! –gritó uno de los piratas.
-De acuerdo, que beba, pero no demasiado –dijo otro, el que según a mí me pareció, era el capitán-. Solo hay que emborracharla, no vaya a ser que le dé una enfermedad grave por beber demasiado. Con lo que nos ha costado dar con una chica guapa, no vamos a acabar con ella, ¿no?
-¡Pero es una niña! –exclamó otro pirata-. ¿Qué tendrá, quince años? ¡Eh, nenita! ¿Cuántos años tienes?
Me atreví a mirar otra vez lo que ocurría en la cocina, pero solo vi a los piratas. Estaban delante de Jacqueline, la tapaban, no me dejaban verla.
-¡¡Eh, nenita, contesta!! ¡¿Cuántos años tienes?!
Yo no oía si contestaba o no, con el ruido que armaban los piratas, pero tuvo que decirles la verdad, porque luego el capitán comentó:
-¿Veis? Tiene diecisiete. Es casi una mujer. A mí, por lo menos, me gusta.
Oí un golpe, y luego a los piratas gritando:
-¡¡No se tiene de pie!!
Seguí observando y por fin vi a Jacqueline. El capitán la llevaba en brazos y se acercaba con ella a la puerta. Yo decidí averiguar, sin ser visto, adónde la llevaba. Me alejé corriendo y me escondí como pude al lado de una armadura. Si el capitán hubiese mirado hacia la izquierda, me habría visto, pero afortunadamente siguió por un pasillo que estaba a la derecha y no miró hacia otro lado. Entonces fui detrás de él, lo más sigilosamente que pude, y vi cómo el capitán abría la puerta de un camarote y metía dentro a Jacqueline.
-Yo sé que quiero un trago de ron –dijo el pirata-. Voy a la cocina a beber, vuelvo ahora.
No supe en dónde esconderme para que el capitán no me viese al pasar. Empujé una puerta, la de otra habitación, y me alegré muchísimo de que se abriese, y de que dentro no hubiese nadie. Cerré la puerta, y mientras el corazón me latía fuertemente, escuché los pasos del capitán alejándose. Volví a abrir y entré en la habitación en la que estaba Jacqueline. El capitán había dejado la puerta abierta de par en par, pero yo por dentro le eché el cerrojo. Jacqueline estaba acostada sobre la cama.
-No me hagáis nada, me mareo –murmuró.
-Soy Joachim –declaré.
Ella intentó sentarse en la cama al oír eso.
-Ayúdame. El capitán está a punto de volver.
Me arrodillé a su lado. En la distancia, los piratas se estaban riendo.
-Vamos –dije-. Te llevaré a los calabozos. No suena bien, ya lo sé, pero estás mejor allí conmigo que aquí con los piratas.
La cogí en brazos y la llevé a otra habitación, para evitar que el capitán nos viese al andar por el pasillo. Esperamos en silencio y por fin escuchamos pasos, y poco después, al capitán diciendo:
-¿Dónde estás? ¡Eh, chavalita! ¿Dónde te has metido?
-Me duele la cabeza –susurró Jacqueline-. Tengo náuseas.
-Es por el alcohol. Se te pasará –dije.
-No. No es por eso. No han llegado a darme alcohol. Pero me mareo en el barco.
El capitán gritó amenazas para obligar a Jacqueline a que se dejase ver.
-Vámonos –le dije-. Te llevaré corriendo a la celda, antes de que el capitán nos pille.
-Tengo que decirte una cosa –comentó Jacqueline.
-Espera solo a llegar a la celda. Luego hablaremos con calma.
Bajé las escaleras corriendo, con Jacqueline en brazos, y me encerré con ella en la celda en la que seguía estando Blanc.
-¿Eres estúpido? –me dijo este-. ¿Para qué la encierras aquí?
-La han amenazado y no se encuentra bien –respondí-. Aquí estará protegida, los piratas no pueden entrar. Yo tengo la llave, no ellos.
Jacqueline apoyó su cabeza en mi torso.
-¿Te sigues mareando? –le pregunté.
-Sí –susurró.
De repente llegaron los piratas y el capitán gritó:
-¡Tú, niña tonta! ¿Para qué te encierras con estos estúpidos? ¡Sal de ahí inmediatamente!
-No me tratéis, así. Espero un hijo –respondió Jacqueline.
Blanc sonrió al oír la disculpa.
-¡No soy tonto, no me lo creo! –dijo el capitán.
-Pues es cierto –insistió Jacqueline-. Dejadme un poco en paz.
El capitán miró a los demás hombres, y al fin propuso:
-Puedes quedarte ahí a pan y agua; o salir, estar con nosotros y comer bien.
-Me trataréis mal escoja lo que escoja –supuso Jacqueline-. Pero me voy a quedar aquí.
-Tú decides, niña. Ya verás como mañana por la mañana ruegas que te saquemos de aquí.
Los piratas se fueron.
-Buena disculpa, por lo menos –comentó Blanc-. Has logrado que se marchen, y que te dejen quedarte aquí.
-No les he mentido – dijo Jacqueline-. Joachim... no te lo conté. En casa de la madre de Blanc no quería hablar sobre eso, no quería que ella nos escuchase...
-Eh, ¿pero es cierto? –se interesó Blanc-. ¿De verdad vas a tener un bebé, no son solo suposiciones?
-No son solo suposiciones –murmuró ella.
Yo me quedé tan impresionado que no reaccioné. Iba a ser padre, y ahora que me había enterado, me daba la impresión de que siempre lo había sabido, pero a la vez, paradójicamente, no terminaba de creerlo.
Acaricié a Jacqueline en los brazos y en la espalda. Sentí que ahora había algo que nos unía incluso más que anteriormente.
-No pude decírtelo antes... –comentó ella.
-No importa.
-Joachim, tengo miedo de no estar a la altura –admitió.
Yo también era joven, pero sabía que estaría a la altura porque querría a mi bebé y le daría todo lo mejor. Eso le expliqué a Jacqueline.
-Si podemos volver a París, mi madre nos ayudará a cuidarlo –añadí.
-Yo os ayudaré de todas formas –intervino Blanc.
Jacqueline se acostó en la litera de arriba. Yo me quedé sentado al lado de Blanc.
-Te va a cambiar la vida –comentó él-. Pero no te preocupes, Jacqueline te seguirá queriendo como antes.
Me puse colorado al oír a Blanc diciendo eso.
-Al niño lo va a querer muchísimo –supuso-. Pero eso no va a cambiar nada. También quiere a su madre y a sus hermanos, y a pesar de eso te sigue queriendo a ti. El amor no es una lucha. No hay que escoger a quién se quiere. Se puede amar a muchas personas de manera distinta. El amor de un matrimonio es diferente al de un padre y un hijo, pero no por eso va a ser menor un tipo de amor que otro.
Lo miré de reojo y él añadió:
-Yo siempre he querido que tuvieseis un hijo, y era para cuidarlo yo. Voy a estar más tiempo con él que tú. Es muy divertido.
Nos quedamos en silencio. En la celda había dos literas y éramos tres personas. Se puede pensar que yo podría dormir con Jacqueline, pero las literas eran tan estrechas que me resultaría imposible.
-Yo sobro, ya lo sé –comentó Blanc-. Si tuviéramos la llave de otra celda, me iría para allí.
Cuando fue hora de dormir, le dejé la litera de abajo y yo me apoyé en un saco, en el suelo.
Me despertaron unos golpes en la celda y unos gritos. Abrí los ojos y vi a Guillaume-Thomas Lebon y a Claude Olivier golpeando los barrotes desde fuera.
-¿Qué hacéis aquí vosotros? –pregunté.
-¡La malla, entregádnosla de una vez! –gritó Lebon.
-No la tengo aquí –respondió Jacqueline.
-¿Y dónde, entonces? Fuimos a casa de los padres de Joachim Clerc, y ellos nos dijeron que os habíais marchado con la malla. Alguien miente, y a mí no me gustan las mentiras.
Nadie mentía. Nosotros nos habíamos marchado con la malla, tal como decían mis padres, pero ahora no la teníamos en el barco. La habíamos dejado en Le Havre, en casa de la madre de Blanc.
Todos nos quedamos en silencio hasta que Guillaume dijo:
-Me llevo a mi hermana de rehén. La cargaré de trabajo en mi barco hasta que alguien me explique lo que pasa.
-No –intervine-. Espera un hijo.
-¡No, esta vez no cuela! ¡Ya me engañaste una vez con esa disculpa, Clerc! ¡Pero ahora no pienses que te voy a hacer caso!
-Esta vez es cierto –aseguró Jacqueline-. Guillaume, yo no te miento.
-¡¡¡Llámame capitán Lebon!!! A ver, ¿cómo se sale de la celda? ¿Dónde está la llave?
Los piratas del barco en el que viajábamos ahora se acercaron.
-Eh, ¡pero si es el niño Lebon! ¿Qué haces aquí? –dijo el capitán.
-Hola, Granger. Tengo... un asunto pendiente con mi hermana, me gustaría llevármela a mi barco.
Granger miró a Guillaume con sorpresa.
-¿Es tu hermana? Bueno, mira, pequeño, es que tenemos escasez de mujeres en el barco y... mejor llévate a otro. ¿No te vale este? –preguntó, señalando a Blanc.
-En ese caso, mejor al alto –dijo, al mismo tiempo que yo me sobresaltaba-. También me servirá.
Granger se mostró de acuerdo y buscó las llaves de la celda para sacarme de allí. Pero las llaves estaban en mi bolsillo, y por supuesto que no las encontró.
-La chica sabe algo –supuso él, finalmente-. Ayer estaba con nosotros, se escapó, y se encerró aquí. Para eso ha necesitado las llaves.
Granger desenvainó la espada, y entre las rejas, apuntó a Jacqueline.
-Las llaves –le pidió.
Las saqué rápidamente del bolsillo. Los piratas sonrieron y abrieron la puerta.
-Joachim –murmuró Jacqueline-. No me dejes.
La besé. Ella me agarraba la manga de la camisa para impedir mi marcha, pero yo me solté.
-O tú o yo –le dije-. No te preocupes, no me pasará nada. Procura cuidarte.
Los piratas me agarraron y me sacaron de allí. Fui con ellos a cubierta, y agarrándome a un cabo, me obligaron al saltar a otro barco, al de Guillaume. Me asusté, dado que las dos naves se hallaban en movimiento, pero no me pasó nada. Guillaume me condujo a su camarote. Yo creía que me iba a castigar, sin embargo, me equivocaba.
Noté bastante nervioso al capitán. Me mandó sentarme mientras que él se quedaba de pie, enfrente de mí, al otro lado de la mesa.
-Joachim, la piratería ha dejado de atraerme –admitió-. Me ocasiona más gastos que ganancias. Y es demasiado arriesgada. Estoy pensando en buscar otra ocupación. Pero antes... me gustaría conseguir un último tesoro, y me refiero a la malla de Jacqueline. Si me la dais, no volveré a atacaros, ni a secuestraros. Tendré que hablar con ella también, pero por lo de pronto, ¿tú aceptas el trato?
No me fié, me pareció una trampa. No es de extrañar, un capitán pirata no ofrece mucha confianza, ¿verdad? Me imaginé que nos secuestraría a Jacqueline, a Blanc y a mí en cuanto le entregásemos la malla.
-No llevamos la malla con nosotros –respondí-. Y aunque la llevásemos, no habría trato.
Guillaume se quedó en silencio durante unos segundos y luego comentó:
-Mi tripulación y yo fuimos a Le Havre después de abandonar París. Supusimos que al menos Blanc estaría allí, dado que es su ciudad. Luego nos encontramos con el capitán Granger y le pedimos... una unión entre su tripulación y la nuestra. Pero me ha puesto unas condiciones inaceptables y le voy a decir que no. Joachim, tú seguramente estás contra Granger, él tiene secuestrada a Jacqueline. Entonces, si vas contra él, tú y yo estamos del mismo lado.
-No voy a colaborar contigo. Ahora Granger tiene a Jacqueline, pero si no, la tendrías tú. Acabas de amenazarla con un trabajo durísimo si no te entregaba la malla. ¿Por qué voy a ayudarte si lo que quieres es hacer daño?
-Bueno, vete a trabajar, entonces. Pero si cambias de opinión, avísame.
Guillaume me mandó trabajar mucho. En otras ocasiones nunca me había mandado ocuparme de las velas, pero esta vez sí. Eso era terrible, las alturas me dan algo de miedo. No obstante, semanas después, me encargó otros trabajos, también duros, pero menos temibles para mí. Guillaume seguía proponiéndome un trato, y yo lo rechazaba. Yo le pedí que me dejase ir al barco de Granger, que avanzaba parejo al nuestro, para ver a Jacqueline, pero Guillaume no me lo permitió. Así todo, yo iba a visitarla varias veces, a escondidas. Unas semanas más tarde la trasladaron a una habitación, es decir, que le permitieron salir de los calabozos.
Pasó algún tiempo, un mes, aproximadamente, y entonces Blanc se presentó en mi camarote.
-Tengo que irme enseguida, pero quería avisarte –me dijo-. He aprovechado que los piratas estaban comiendo y... me he escapado, pero tengo que volver pronto. Verás, Jacqueline está enferma; los piratas le dieron comida en mal estado y se ha puesto fatal del vientre. Antes tenía fiebre. Además, se ha puesto muy nerviosa porque está débil y teme perder al bebé, a vuestro hijo.
Me sentí como si me acabasen de golpear sin motivo. Me sacudió un sentimiento de incredulidad y de incomprensión. “Esto no puede estar pasando”, pensé.
-Quiero ir a verla –respondí.
-Te comprendo, pero es arriesgado –advirtió Blanc.
-Ya lo sé, no importa. Ya he ido más veces.
-Como quieras, entonces vamos ahora juntos.
Echamos a correr, nos agarramos a un cabo y saltamos al otro barco. Blanc me llevó por el piso de los camarotes.
-¿A ti también te han sacado de los calabozos? –pregunté.
-Sí. A mí me obligan a trabajar, y a ella... no sé. Apenas la veo, solo es que coincidí hace poco con ella y la vi así.
-¿Así cómo?
-Con fiebre, ya sabes.
Blanc se detuvo delante del camarote de Jacqueline. Sacó una llave y abrió.
-Jacqueline me pidió que la dejase encerrada con llave para que los piratas no pudiesen entrar –me explicó.
El joven me cedió el paso, mientras él cerraba la puerta otra vez. Jacqueline estaba acostada en la cama, con paños de agua fría sobre la frente. Me acerqué a ella, estaba muy colorada. Intentó incorporarse al verme a mí, pero yo la empujé suavemente para que volviese a echarse sobre el lecho.
La joven no me dijo nada, pero clavó en mí sus ojos azules, ligeramente humedecidos por el calor que le saturaba el cuerpo. Me incliné, la besé en la mejilla y de repente Blanc exclamó:
-Venga, ya la has visto, vámonos.
Jacqueline me agarró la mano todo lo fuertemente que le permitió su enfermedad.
-Ella no quiere que me vaya –respondí.
-¡Vamos, Joachim! ¿Y si te ven los piratas? Si descubren que están aquí se darán cuenta de que su control no funciona totalmente y nos tendrán más vigilados.
Me entró rabia.
-¡Pues me la llevo conmigo! –grité.
-¡Venga! Si los piratas descubren que Jacqueline no está...
-¡Pues si se queda aquí, haz algo por ella! ¡¿Te crees que dejándola aquí encerrada ya eres un héroe?! ¿La ha visto un médico, por lo menos?
-Aquí no hay médico –apuntó Blanc-. Le he aplicado los remedios que conozco contra las indigestiones y contra la fiebre. Estoy haciendo todo lo que puedo.
No respondí. Sentía rabia, pero no debía desahogarme metiéndome con Blanc. La culpa era de los piratas. Y Blanc tenía razón, había que marcharse por seguridad.
-Voy a volver –le dije a Jacqueline-. Te prometo que te sacaré de aquí.
Eso quise hacer. Anteriormente yo había rechazado un trato con Guillaume-Thomas Lebon, pero ahora tal vez esa fuese la única manera de que Jacqueline se recuperase. Abandoné el camarote y justo entonces, todavía en el barco de Granger, escuché unas voces:
-Sí, sí, hay que hacer algo para que Lebon acepte unirse a nosotros- decía Granger-. Tenemos que retenerlo aún más tiempo navegando junto a nuestra nave, y entonces, cuando menos se lo espere, le atacamos el barco. Tal vez ese chico alto...
-¿Clerc?
Me estremecí cuando me nombraron.
-Sí, Clerc. Tal vez le haya revelado a Lebon la localización de la malla. Incluso, puede que Clerc ya se la haya entregado. Mira, y si no da igual. Le robamos a Lebon todo lo que tenga y ya está.
Esperé a que los dos hombres se marchasen y volví al Francés Temerario pensando en su conversación. Se me ocurrió avisar a Guillaume a cambio de que hiciese algo para mejorar la salud de Jacqueline. Me acerqué al despacho del capitán y llamé. Este no tardó en abrir.
-¡Ah, Joachim! Al fin aceptas el trato, ¿verdad? Era tentador –comentó.
Me invitó a pasar, con una amabilidad inusual, y cerró la puerta.
-Vengo a proponeros otro trato –declaré-. Tengo información muy útil acerca del futuro de este barco. Sé lo que Granger piensa hacer...
Lebon puso cara de extrañeza.
-¿Sí? –preguntó-. ¿Y cómo? ¿Cuándo y dónde has visto a Granger?
Dudé durante unas décimas de segundo, pero me pareció que lo mejor sería confesar la verdad.
-Acabo de oír a Granger diciendo algo sobre este barco –dije-. Fui a su barco porque... quería ver a Jacqueline. Me he enterado de una información muy valiosa, seguro que a vos os interesará oírla.
Guillaume me propinó un puñetazo en la barbilla.
-¡Tenías prohibido ir allí! –gritó.
-Ya lo sé. Pero esa información es crucial, os lo prometo. Solo pido una cosa a cambio de contárosla.
-¡¿Y si mientes?!
-Por favor, tenéis que creerme. No perderéis nada.
Guillaume se encogió de hombros.
-Venga, pues cuenta.
-Primero debéis oír mi condición.
-Dímela.
Jugueteé con las manos. Guillaume estaba serio, parecía reacio a aceptar.
-Tenéis que sacar a Jacqueline del barco y... llevarla a un lugar seguro –pedí-. Veréis, se encuentra muy débil. Unos días más así y perderá al bebé.
Mis palabras sonaron fuertes, pero tal era la realidad.
Guillaume hizo una mueca que parecía decir:<
-¿Qué era lo que decía Granger?
-¿Vais a ayudar a Jacqueline? –quise saber.
-Tú habla. Si no me cuentas lo de Granger, desde luego que no la ayudaré nunca.
Le expliqué lo que Granger tenía pensado hacer, y para mi sorpresa, Guillaume me creyó. Admitió que desconfiaba de Granger desde hacía unos días, que su comportamiento le resultaba sospechoso.
-Gracias por la información, Clerc, pero pido algo más –dijo Guillaume acto seguido-. La malla. Si me la das, sacaré a Jacqueline del barco. Si no, no hay trato.
-Está bien. La malla se encuentra en Le Havre –dije-. Al salir de aquí, os la daré.
Guillaume sonrió. Pasé horas su despacho diseñando un plan para liberar a Jacqueline. Decidimos realizar un falso trato con Granger: hacerle creer que teníamos la malla, y proponerle el cambio de dicha malla por Jacqueline. No le daríamos la armadura, sino que le diríamos el nombre de un lugar para que fuese a buscarla (de un lugar falso) y nos escaparíamos. Esa parte final a mí no me gustaba, carecía de elaboración suficiente. Además, todo el plan estaba plagado de mentiras, pero para liberar a Jacqueline no tuve más remedio que aceptarlo.
Me fui al barco de Granger acompañado por Guillaume y le hicimos esa proposición.
-De acuerdo, pero primero entregadme la malla –dijo Granger.
-Está en... –empezó a decir Lebon.
-No. O me la das ahora, o no hay trato.
Guillaume insistió, pero no sirvió de nada.
-Bueno, Clerc, lo hemos intentado –me dijo.
Lo miré, temblando. No iba a resignarme. Él volvió al Francés Temerario, pero yo me rezagué e intenté entrar en el camarote de Jacqueline. Estaba cerrado. Golpeé la puerta del camarote de al lado y Blanc abrió la puerta. Ya era de noche.
-¿Pero todavía estás aquí? –me preguntó Blanc.
-Dame las llaves. Voy a ver a Jacqueline otra vez. Ven conmigo.
Obedeció. Pasamos al aposento y vimos a Jacqueline acostada, con una vela encendida en la mesilla de noche.
-Vamos al barco de Guillaume –le dije a ella.
Asintió con la cabeza.
-Pero, Joachim... –susurró Blanc.
-Me voy a escapar con ella, no podrás impedírmelo –respondí-. Si quieres acompáñanos.
Una idea acababa de formarse en mi cabeza: volver al Francés Temerario, tomar uno de sus botes y escaparme allí con Jacqueline. Se lo comenté a Blanc y él enseguida vio inconvenientes.
-¡Nos perseguirán! –exclamó-. ¡Enseguida se darán cuenta de que no estamos! ¡Nos obligarán a volver y nos castigarán!
-Pues no vengas si no quieres –respondí-. Yo me voy, y si nos pillan, diré que yo obligué a Jacqueline a marcharse. Que la culpa es mía.
-No –murmuró ella.
-¡Sí! –grité-. ¡Tú ya has sufrido bastante!
Enseguida me di cuenta de que gritarle a una persona que arde de fiebre no es un gran método de curación.
-No te aguantas de pie, ¿verdad? –le pregunté justo después, más suavemente-. ¿Te tengo que llevar en brazos?
-Creo que me voy a marear. Al levantarme –supuso.
Le vestí una chaqueta por encima del camisón, la calcé y la cogí en brazos.
-Deja que te ayude –dijo Blanc.
-No hace falta –contesté.
No nos encontramos con nadie por los pasillos del barco. Blanc me seguía, aparentemente indeciso. Al llegar a cubierta, a la borda, dejé a Jacqueline sobre el suelo y cogí un cabo.
-¿Quieres...? –intervino Blanc-. ¿Cómo vas a hacer?
-Que se agarre a mí –le dije.
-¿Crees que tendrá fuerza?
-Solo es un momento. Ayúdala a sentarse y a agarrarse.
Me quedé de rodillas. Pronto noté los cálidos brazos de Jacqueline sobre mis hombros y mi pecho. Y también la parte de atrás de su zapato izquierdo clavada en mi ingle. Eso último era lo peor.
-Descálzate, me haces daño- dije-.Ya... después, si quieres, te dejaré mis zapatos.
-Trae –intervino Blanc-. Guardaré sus zapatos en una bolsa. Saltaré también al otro barco.
Acepté. Jacqueline volvió a agarrarse a mí.
-No te sueltes –le dije-. Pase lo que pase, no te sueltes nunca hasta que yo te lo pida. No tengas miedo, he saltado unas cuantas veces más. Si quieres, cierra los ojos. ¿Estás lista?
-Sí.
Salté como siempre, solo que esta vez ella me oprimía el pecho. Me agarraba con muchísima fuerza. Salté por encima de la borda del Francés Temerario, y en cubierta, al caer, frené raspándome las rodillas. Otras veces, si no paraba justo encima de la borda, me tiraba de lado, pero entonces temí hacerle daño a Jacqueline y busqué otro método.
Lo dicho, me pelé las rodillas y con el dolor que eso me producía, me olvidé de avisar a la joven de que podía soltarme.
-¿Ya estamos? –me preguntó.
-Sí. Suéltate.
Ella aflojó. Luego alguien saltó violentamente a mi lado. Levanté la vista y observé a Blanc incorporándose.
-Voy a sacar un bote –declaró, tirando los zapatos de Jacqueline en el suelo.
Le di las gracias y él se perdió en la distancia durante unos segundos. Pero pronto volvió, con Guillaume a su lado.
-¡Vaya, qué bien! –exclamó el capitán-. ¡Has traído a la chica! ¡Bueno, vamos por la malla, entonces!
-No –respondí-. No me has ayudado a rescatar a Jacqueline, lo he hecho yo solo. Así que no hay trato.
Guillaume sonrió.
-La malla está en Le Havre –dijo-. Veremos quien llega antes. Si tú en un bote, o yo en el barco. Aunque... si es cierto lo que tú dices, que unos pocos días más y Jacqueline se pondrá tan débil que perderá al niño... tal vez te interese permanecer en el barco. La verá un médico, y si este no termina de convenceros, llegaréis pronto a un puerto en el que hay otros médicos. Clerc, solo te pido la malla.
-Dásela, Joachim, por Dios –intervino Jacqueline.
Guillaume no era legal. No había cumplido la parte de su trato y pretendía obtener beneficios. Pero ahora no quedaba más remedio que aceptar sus condiciones.
-En Le Havre te entregaremos la malla –respondí.
Guillaume sonrió con burla.
Se llevaron a Jacqueline a un camarote. A mí me encerraron en una celda por haber ido sin permiso al otro barco. Una noche en los calabozos. Pero la información que yo había escuchado en la nave de Granger, bien que le servía a Guillaume. Nos estábamos alejando del barco de Granger, después de que Lebon le comunicase a este que se iba a retirar definitivamente y que no iba a hacer más tratos con piratas. ¡Retirarse con catorce años! ¿Qué haría después?
Pasó bastante tiempo y Blanc bajó a los calabozos. Le pregunté por Jacqueline y él respondió:
-El médico la está atendiendo. Lleva un buen rato examinándola.
-Yo quería estar con ella ahora –comenté.
Hablé como un niño caprichoso, pero no lo hice por egoísmo. Uno de los motivos por los que deseaba estar con ella era para que no afrontase sola su enfermedad.
Me liberaron de la celda a la mañana siguiente, y lo primero que hice fue ir a visitar a Jacqueline a su camarote.
-¿Qué tal estás? –le pregunté-. ¿Qué te ha dicho el médico?
-Tengo que tomar eso.
Señaló vagamente unas cajitas situadas en la mesilla de noche. Las abrí, una contenía una bebida, y la otra, plantas.
-¿Y tú cómo te sientes? –añadí.
-Ya no tengo apenas fiebre, pero...
-¿Qué?
-Que el médico... no sabe si existen muchas o pocas posibilidades de que el bebé nazca bien. Es... no sé qué va a pasar.
La abracé. Lo que decía ella era demasiado duro, y por eso mi cerebro prefería centrarse en otros detalles. Le acaricié la espalda y el pelo.
-¿Quieres que te ayude a lavar la cabeza? –le pregunté.
-¿No me estás prestando atención? –dijo.
-Sí, claro que sí. Pero... pensaba... tal vez te encuentres mejor con un baño. Yo... oye, lo siento muchísimo. A mí me afecta igual que a ti. También se trata de mi hijo.
Procuré estar con ella todo el tiempo que pude. Pasaban los días, por fin llegamos a un puerto y Guillaume cumplió su promesa de dejarnos bajar. A Jacqueline la examinó otro médico, yo fui con ella y descubrí en primera persona que este no nos aclaraba nada. Ella se iba sintiendo mejor, y esa era la base de nuestra esperanza.
Lo teníamos todo preparado para regresar a Le Havre, pero pronto descubrimos que el barco de Granger seguía al nuestro, es decir, al de Guillaume. No se habían tomado nada bien que Jacqueline y Blanc se les hubiesen escapado, y le iban a declarar la guerra directamente a nuestro capitán.
Hubo batallas. En el barco todo era alboroto y eso rompía la tranquilidad que Jacqueline tanto necesitaba. Encima, ella se preocupaba mucho por mí, dado que Guillaume me obligaba a luchar. Yo tenía mucha rabia acumulada, por todo lo que estaba sucediendo, pero al estar con Jacqueline me comportaba con dulzura.
Todo era siempre lo mismo: el ajetreo, las batallas, intentar dormir, pese a todo, por la noche... hasta que esa rutina dio un giro: un balazo destrozó nuestro camarote.
Jacqueline se incorporó y suplicó que no nos matasen. Yo también me senté rápidamente en la cama. Encendí una vela y descubrí que no había nadie más allí, excepto Jacqueline. El balazo procedía del barco de Granger.
Noté que entraba mucho viento y frío. Era normal, una pared se había venido abajo, la que daba al mar. Seguí con la vela, cogí a Jacqueline de la mano y juntos bajamos las escaleras en busca de un bote. Jacqueline temblaba, o a lo mejor era yo mismo.
Teníamos tanta prisa que bajamos al bote sin ropas de abrigo ni alimentos. Jacqueline estaba en camisón, y yo tenía puestos la camisa delgada y los pantalones con los que dormía. Una ropa poco abrigada para una noche fresca, aunque fuese de primavera.
Había mucha gente en nuestra situación, piratas que intentaban huir al notar que el barco se deshacía. Dudé si volver al camarote a coger mantas, pero en tanto que ayudaba a Jacqueline a subir a uno de los botes vi a Blanc con ropa de abrigo y alimentos.
-Tengo que estar en todo –dijo-. Si me dejáis ir en vuestro bote, os prestaré las mantas. Y podréis comer cuando tengáis hambre.
Por supuesto que aceptamos. Le dejaríamos subir aunque fuese con las manos vacías.
Blanc y yo le pedimos a Jacqueline que se echase como pudiese en el bote, que intentase dormir como si no pasase nada raro. Blanc la tapó con una manta y a mí me dejó una chaqueta feísima, pero que abrigaba.
-El capitán tiene que abandonar el barco en último lugar –recordó Jacqueline-. Mi hermano.
Blanc hizo un gesto de indiferencia.
-No me gustaría estar en su lugar –dijo-. Bueno, no es que el barco se vaya a hundir solo con ese balazo, pero si Granger continúa, le deshace el barco.
-Para salvar la vida, Guillaume se saltará las normas, no te preocupes –le dije a Jacqueline.
Blanc y yo remamos y Jacqueline desistió en sus intentos por dormir. Dijo que acostada en el bote se encontraba muy incómoda, así que decidió sentarse.
-¿Cuándo va a nacer tu bebé? –le preguntó Blanc a Jacqueline de repente.
-A finales de año –dijo ella.
Blanc se encogió de hombros.
-Aún queda mucho –comentó.
Navegamos hasta el alba y llegamos a un pueblecito cercano a Le Havre. Desde allí fuimos en carruaje a la ciudad de Blanc.
Volvimos a la casa de la madre de nuestro amigo. Esta se alegró de ver a su hijo, pero miró de mala manera a Jacqueline. Blanc contó todo lo sucedido, y cuando le pedimos la malla nos la entregó con reticencias.
-Niña, te estoy salvando de los piratas, ya puedes agradecérmelo –le dijo a Jacqueline.
-La malla es mía, como no me la dieseis, me estaríais robando –respondió la joven.
La señora Blanc golpeó a Jacqueline en la cara y en la espalda.
-¡Mamá, ya está débil, no hagas tú el resto! –gritó Blanc-. Además, va a tener un bebé en Navidades.
Lo de las Navidades acababa de inventárselo, la noche anterior Jacqueline le había dicho que “a finales de año”. La señora Blanc se detuvo. Miró a Jacqueline fríamente, luego a mí.
-Perdóname –le dijo a ella-. No sabía... Bueno, ya tienes la malla. ¿Quieres algo más?
-No.
-¿Quieres quedarte a vivir aquí?
Jacqueline me miró.
-Creo que vamos a volver a París –dijo-. Gracias de todas formas.
Yo no hablé en aquel momento, pero estaba de acuerdo con ella. Ahora Guillaume creía que la malla estaba en Le Havre, ya podíamos volver a París. Y Guillaume... tenía más preocupaciones que esa en aquel momento.
Antes de abandonar la ciudad, visitamos a nuestra conocida la señora Fiquet. Siempre daba ánimos hablar con ella. Jacqueline estaba algo preocupada por la suerte que iba a correr su hermano pequeño, y Fiquet logró tranquilizarla en cierta medida.
Volvimos a París, allí todo seguía como siempre. Nuestros familiares se alegraron de vernos, y todo pareció tranquilo durante los meses siguientes. Ya no había que preocuparse por si Guillaume venía a secuestrarnos... pero eso en sí mismo constituía una preocupación: si Guillaume no venía por la malla era que tal vez le ocurriese algo malo.
***
Diciembre
El 4 de diciembre por la tarde, Auguste, uno de mis cuñados, vino a casa con la disculpa de ver a Jacqueline. Estuvo con ella, sí, pero luego habló conmigo y me contó que las autoridades habían apresado a Guillaume. Se celebraría un juicio, y si perdía, lo condenarían a muerte. Por el momento Guillaume ya estaba en la cárcel.
Auguste parecía muy afectado y así me quedé yo también.
-Joachim –me dijo-. ¿Vas a ir de testigo?
Me quedé pensando. Guillaume mandaba trabajar mucho a los marineros, saqueaba barcos... pero no mataba. No era un asesino. Mi testimonio debía sostenerse en eso.
-Sí. Haré lo que pueda por ayudar –le aseguré a Auguste.
-Gracias. Te lo agradezco muchísimo. ¿Sabes una cosa? Ahora que... con este asunto de Guillaume mi familia ha quedado deshonrada, me alegro de que Jacqueline se haya casado contigo. Por lo menos, tu familia sigue manteniendo el honor. Y ella también.
-Tu familia también –declaré-. Todos menos Guillaume sois honrados. Sus actos no deben perjudicaros a vosotros.
-Ya, pero la gente siempre tiene algo que decir al respecto.
-No te preocupes.
-Joachim... voy a marcharme –añadió-. No le comentes nada de esto a Jacqueline, ¿de acuerdo? No es bueno que se entere en su estado.
No dije nada.
-¿Cuándo va a nacer vuestro hijo? –me preguntó.
-Para Navidades –respondí, utilizando una frase que también había usado Blanc hacía meses.
Le oculté la noticia de Guillaume a Jacqueline todo el tiempo que pude, pero el día 7 hablé con Blanc acerca del juicio del joven. Blanc no iría, tenía miedo que le hiciesen una pregunta difícil, responder mal y condenar así a Guillaume. Mi madre me acompañaría hasta los juzgados. Blanc y yo estábamos hablando de esto en el salón, y de la pena que le caería a Guillaume si lo declaraban culpable, cuando de repente entró Jacqueline. Nos callamos y ella entró. Estaba palidísima, yo creí seriamente que se iba a desmayar.
-Joachim, eres un mentiroso –me dijo ella.
Luego se echó a llorar con rabia.
-¡No me dijiste que lo iban a matar! –gritó-. ¡He tenido que enterarme ahora! ¡Me tomas por tonta!
Intenté abrazarla, pero ella me lo impidió.
-Escúchame, puede que no lo maten. Yo... oye, no me parecía que... –empecé a decir.
Pero no pude continuar con << fuese bueno para ti llevar una impresión tan fuerte>>.
-¡No me consideras madura suficiente! –me interrumpió-. ¡No mereces respeto! ¡En realidad no me quieres!
Lloró con mucha rabia y pena. Mamá entró en el salón, le pasó un brazo por los hombros y se la llevó a otro lado, intentando consolarla. Me fui detrás de ellas, pero mamá me dijo: <
Esperé durante veinticinco minutos y entonces me acerqué de nuevo a la habitación en la que estaban ellas. Hacía un rato que ya no se oía llorar fuerte a Jacqueline.
-Es hora de irnos –le comenté a mamá.
Hablé a través de la puerta, no pasé a la habitación.
-Yo también quiero ejercer de testigo –le oí decir a Jacqueline.
-No. Quédate aquí –le pidió mi madre-. Con Joachim bastará, no te preocupes. ¿Quieres que me quede aquí contigo?
-No hace falta.
Mi madre salió y nos marchamos. Permanecimos bastante tiempo en silencio, hasta que nos encontramos en el carruaje no volvimos a hablar. Primero fuimos a casa de los padres de Jacqueline. Hablé con su padre y me preguntó por ella.
-Está bien –dije-. Bueno... no sé, es que se ha enterado de... esto, de todas formas.
El padre de Jacqueline puso cara de “¡Es terrible!”.
-Tienes que ser muy amable con ella –dijo.
-Ya lo sé, haré todo lo posible por apoyarla –prometí.
Yo me mostré apenado. La situación de Guillaume me había entristecido, sin duda, pero además, unas palabras que Jacqueline había pronunciado se clavaban en mí como puñales: <<¡No mereces respeto, en realidad no me quieres!>> -me había dicho. Y yo siempre la había querido muchísimo. Me sentía mal por no ser capaz de demostrárselo.
Llegamos a los juzgados. A mí me apartó un hombre desconocido, me mantuvo aislado del juicio hasta que me tocó intervenir. Al volver a la sala del juicio recordé otra vez las palabras de Jacqueline. <
-¿Consideráis que el acusado era un pirata? –me preguntó el juez.
-Nunca mató a nadie –dije.
-¿Era un pirata?
-Creo que sí.
La madre de Jacqueline me miraba con tristeza. Al momento me di cuenta de por qué: la ley condenaba a muerte a los piratas.
-Robaba, pero no era un asesino. Entonces no estoy seguro de que se le pueda considerar pirata –añadí-. Creo que el significado de pirata conlleva ser un asesino.
-¿Llevaba la bandera pirata en el barco? –me preguntó el juez.
-Sí, pero eso no es definitivo. Me parece que lo que importan son los actos, no los símbolos.
El juez me recordó que me encontraba bajo juramento y me preguntó cosas de los periodos que había pasado en el barco de Guillaume. No mentí. Hablé de los trabajos, de las luchas...
-Él apresaba, pero no mataba –insistí.
Hablé durante varios minutos y comenté que Guillaume había mandado que a Jacqueline la viese un médico la última vez que había estado enferma, y que al saber que esperaba un hijo no le había mandado trabajar.
Conté alguna cosa más y luego me mandaron salir. Al terminar el juicio permanecí junto a la familia de Jacqueline, que me comentó lo mucho que había ayudado.
Esperé por el veredicto y noté una punzada en el corazón al oír que lo declaraban culpable. Pero me tranquilicé al escuchar el matiz: no se lo acusaba de piratería, sino de robos, y no sé qué. Por lo tanto, aunque culpable, no lo matarían. Cumpliría una condena en la cárcel.
Me alegré muchísimo de que no lo fuesen a matar, pero luego, por otro motivo, sentí algo de pena. Eran otra vez las palabras de Jacqueline que volvían a mí cabeza las que me atormentaban. Llegué a casa pensando en eso, y por un momento, algo me distrajo: mi bebé había nacido en el transcurso de aquella tarde.
Yo no sabía nada, al entrar en casa estaba pensando en hablar con Jacqueline sobre las palabras que me torturaban, y entonces Blanc bajó las escaleras con un bebé en brazos.
-Toma, Joachim, es tu hijo –aseguró.
-¿De verdad?
-Sí. Es un niño. Yo me quedé con Jacqueline mientras tu padre iba a avisar a un médico. El médico ya se ha ido.
Blanc me entregó a mi hijo. Yo no estaba demasiado acostumbrado a ver recién nacidos y tal vez por eso el bebé me pareció muy pequeño. Tenía mucha ropa y un gorro de tela le cubría la cabeza. Le quité esta prenda para verlo mejor y él se movió. Apenas tenía pelo, pero parecía rubito. Lo acaricié, y mi madre me pasó una mano por la nuca. Yo me sentí alegre, pero a la vez, más responsable que antes. Y esa responsabilidad me llenaba de un sano orgullo.
-Debe de estar cansado –comentó Blanc-. Ha estado llorando hasta ahora.
El joven me preguntó por el juicio y le expliqué lo sucedido. Mi madre cogió al niño en brazos y yo fui a ver a Jacqueline. Mi padre se hallaba en la habitación, mirando por la ventana. Al verme sonrió, me estrechó la mano y se fue. Seguro que no me preguntó por el juicio porque Jacqueline estaba allí, por miedo a un mal veredicto.
Jacqueline se encontraba en la cama, de lado, con varios mechones pegados a la frente por el sudor. La noté muy pálida.
-¿Cómo estás? –le pregunté.
-¿Y Guillaume?
-Tranquila, te prometo que no lo matan. Solo irá a la cárcel, de verdad.
La besé en la mejilla.
-¿Cómo estás? –repetí-. Te veo pálida.
-Regular. Es por momentos –aseguró.
-¿Cómo quieres que se llame el niño? –le pregunté.
-Joachim-François, ¿no? Lo teníamos decidido.
Eso era verdad, pero no sabía cómo explicarle lo que yo suponía. Tras lo ocurrido hacía unas horas, pensé que ella ya no querría que el niño llevase mi nombre.
-Jacqueline, antes dijiste que yo no merecía respeto y que no te quería. No sé qué piensas ahora.
-No me hables de eso –respondió-. Estoy muy cansada.
-¿No te sientes querida?
-No es eso. Sí que me siento querida, pero habría preferido que no me ocultases lo del juicio.
-Pero... yo pensaba...
-No importa.
Me senté a su lado.
-No sé si van a matar o no a Guillaume, pero tú sí que mereces respeto–aseguró-. Y sé que me quieres. Cuando lo negué, hablé sin pensar.
-No lo van a matar, te lo acabo de decir.
-Quieres que yo no sufra –dijo-. Por eso, aunque lo vayan a matar, no me lo vas a decir.
-Confía en mí. Te he ocultado cosas, pero nunca te he mentido. Si lo fuesen a matar, cuando me preguntases, habría cambiado de tema, pero no te diría mentiras.
No contestó.
-Cuando estés mejor, podrás ir a ver a Guillaume a la cárcel –aseguré-. Comprobarás que lo que te cuento es verdad. ¿Me crees ahora?
En ese momento mi madre entró con el bebé. Se lo dio a Jacqueline, le preguntó qué tal estaba (ella respondió “bien”, secamente), y mi madre se marchó.
-Sí que te creo –me dijo Jacqueline.
Acarició al bebé y este se movió. No noté eufórica a Jacqueline, pero supe que era consciente de su nueva situación, y que estaba contenta por dentro. Estaba seria porque se sentía responsable. El bebé agitó las manos y le dio a ella en la barbilla.
-Eso no, Francis –dijo ella.
-¿Vamos a llamarle “Francis” familiarmente? –pregunté.
-No sé. Estoy muy cansada. Lo dije sin pensar.
A los pocos días tuvo lugar el bautizo del bebé. Definitivamente le llamamos Joachim-François, y de forma familiar sigue predominando “Francis”, aunque Jacqueline a veces también le llama “Joachim”. En el bautizo el padrino fue Blanc; y la madrina, mi suegra.
Los ojos del bebé son verdes, como los míos, y aunque tiene poco pelo parece que va a ser rubito. Blanc se ocupa muchísimo de él.
El padre de Jacqueline había comprado una casa para nosotros. La habíamos vendido para que Guillaume no nos localizase, pero con él en la cárcel la hemos vuelto a comprar. Es un poco raro, pero los que la adquirieron se fueron a vivir a otra ciudad. Llevaban una vida algo ambulante. Entonces, Jacqueline y yo volvemos a vivir en esa casa, y Blanc, de sirviente, también.
Por ahora atravesamos un momento de calma, con Guillaume en la cárcel y sin otras dificultades a la vista. Pero Guillaume ya se había escapado una vez de otra prisión... y cuando voy a verlo siempre me recuerda que le debo una malla. Estoy seguro de que viviremos más aventuras. Y mientras tanto, estaremos alerta.

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