Llovía con viento en París y yo volvía a casa tras abandonar el hostal en donde trabajo. Creía que Jacqueline, mi joven esposa, estaría allí. Y en efecto, estaba, pero no ella sola. Al abrir la puerta me encontré con más de diez hombres armados con espadas, encabezados por el jovencísimo Guillaume-Thomas Lebon. A Jacqueline la tenían atada de pies y manos y con la boca tapada. Los hombres me apuntaron con sus armas.
-Perfecto, ya tenemos a mi cuñadito Joachim Clerc –comentó Guillaume, y añadió dirigiéndose a mí-: ¿Te sorprende vernos? Sí, los chicos y yo estábamos en la cárcel hasta hace bien poco. Pero algunos hemos logrado escaparnos, y queremos continuar con nuestra vida pirata. Necesitamos gente. Cuando nos pillaron los cazadores de piratas, tú y mi hermana lograsteis huir, no obstante...
-Éramos inocentes –lo interrumpí-. Ella y yo no somos piratas.
-Bueno, ¿y qué importa? Yo estaba satisfecho con vuestro trabajo en el barco, así que... os contrato de nuevo. A los dos.
-¿Y si no queremos serviros?
Las espadas apuntaron ahora a Jacqueline. Incluida la de Guillaume, su propio hermano. Este era un bárbaro, como acababa de demostrar. Por eso no quise correr ningún riesgo.
-Está bien, haré lo que sea necesario, pero no la toquéis –dije.
A mí también me ataron las manos y me taparon la boca con una tira de tela. Me agarraron dos hombres, me sacaron de casa y me metieron en un carruaje. A Jacqueline también la llevaron allí, pero en brazos, pues ella estaba atada de pies. A mí me los ataron dentro del vehículo. Recorrimos varias calles y de repente el coche se detuvo. Varios piratas viajaban en otro carruaje, detrás del nuestro, y yo vi cómo lo abandonaban. Al cabo de un rato volvieron y metieron a otro hombre en el compartimento en el que viajábamos Jacqueline y yo. Reconocí a ese hombre inmediatamente: era Jean-Charles Martel.
Martel es un abogado gordo y calvo de treinta y cuatro años. Anteriormente, él estaba loco por casarse con Jacqueline, dieciocho años menor que él. Ella rechazaba esa unión, pero como sus padres la obligaban a casarse, la pobre muchacha se marchó en barco antes de la boda y la capturaron los piratas. A mí también me habían capturado, hacía meses. Entonces nos conocimos, y nos casamos al llegar a tierra.
Un pirata nos tapó los ojos a los tres, con sendas tiras de tela, y así estuvimos unas cuantas horas, mientras el carruaje avanzaba. Yo escuchaba gemidos, y podría asegurar que su autor era Martel. Esa voz era de hombre. Me dio repugnancia, me habría gustado ordenarle que se callase, pero como yo también tenía la boca tapada, no podía hacerlo.
Por fin, bastantes horas más tarde, un pirata nos destapó los ojos. Cogió a Jacqueline en brazos y la metió en el barco de Guillaume, el Francés Temerario. A mí me agarraron dos hombres, y otros dos a Martel. Nos llevaron con Jacqueline, y una vez que todos los hombres se hubieron subido al barco, levaron anclas. Nos desataron de pies y manos, nos condujeron al comedor y nos invitaron a ron. De nosotros tres, solamente Martel lo probó.
El repugnante abogado compartía camarote con otros piratas. Jacqueline y yo teníamos un aposento para nosotros. Fuimos para allí con la intención de alejarnos de los marineros, pero ni ella ni yo teníamos sueño.
-Logramos escaparnos la pasada vez –le comenté a ella-. Seguro que ahora también lo conseguimos. El capitán tiene trece años.
-Catorce –me corrigió ella.
-Bueno, ¿y qué más da?
-No importa mucho. Pero yo tengo dieciséis, y tú, diecisiete. No tenemos mucha más experiencia que él. Y lo malo es... la tripulación. Guillaume cuenta con piratas experimentados. Y nosotros no sabemos casi nada de barcos.
-Ya se nos ocurrirá algo. Ahora, duérmete.
Tuvimos que madrugar para desempeñar las tareas que nos imponía el capitán Lebon. Martel trabajaba entre quejidos y yo me preguntaba por qué Guillaume habría querido apresar a semejante bola de grasa.
El capitán me cargaba de trabajos, un día, incluso a la hora de comer. Acompañé a Jacqueline al comedor y luego le dije:
-Tengo trabajo. Comeré después, yo solo.
-Te esperaré, yo no tengo hambre –respondió.
-Tú comes ahora, que después tienes tus ocupaciones –intervino el capitán, que pasaba por allí.
Así que me fui, dejando a Jacqueline sola con aquellos salvajes. Bastantes minutos más tarde, mientras me acercaba a cubierta, escuché una voz de hombre.
-¿Por qué estabas en el comedor, si no querías ni comer ni hablar con nadie? –preguntaba.
Lo único que escuché fue un ruido de cubiertos, no una respuesta.
-Venga, ¿por qué estás así? –insistía el hombre-. ¿No tienes hambre?
-Os he dicho que no –respondió una jovencita.
Era Jacqueline. La conocí por la voz, y además, no había más mujeres en el barco.
-No me extraña que estés delgada. ¿Pero por qué no tienes hambre? –le preguntó el hombre-. ¿Qué te pasa? ¿Acaso Clerc no es capaz de satisfacer tus deseos, y por eso te enfadas y se te retira el apetito? Sí, el chaval parece perfecto: alto, esbelto, pelo castaño oscuro y ojos verdes... pero en realidad, deja mucho que desear, sé que lo estás pensando.
-Ya basta, dejadme en paz.
-Aún no me has contestado. Eh, ¿qué te pasa? ¿Es eso, lo que yo creo?
Jacqueline no contestó.
-¡¡¡¿Qué te pasa?!! ¡¡¿Hay que amenazarte para que hables?!!
-Creo que el silencio es mejor que una mala respuesta.
-¿Y por qué habrías de darme una mala respuesta?
Por fin cogí ángulo para ver quién era aquel fastidioso hombre. Se trataba de Martel.
-Ya podéis ir marchándoos, señor Martel –le dije.
Él y Jacqueline me miraron. La muchacha sostenía un plato con comida.
-Bueno, pero tú no la tienes muy contenta, Clerc –respondió, señalando a Jacqueline con la cabeza-. Te vas, la dejas sola...
-He estado trabajando.
-Qué mala disculpa. La abandonas porque no puedes hacerla feliz.
-Fuera de aquí –le dije.
-¿Por qué?
-Nos estáis agraviando.
-¿Sí? ¿Pues qué tal un duelo? –preguntó.
Tomó el cuchillo del plato de Jacqueline y lo blandió ante mí. Ella cogió el tenedor, y con dicho instrumento golpeó el cuchillo y desarmó a Martel. Yo no sabía que tuviese tantas habilidades para desarmar a alguien.
-Deberías luchar en las batallas –comentó el abogado.
Y por fin se fue y nos dejó en paz.
-¿Qué te ocurre, estás bien? –le pregunté a Jacqueline.
-Sí, pero Martel se ha sentado enfrente de mí en el comedor y no ha dejado de molestarme. Yo me he venido para aquí y él me ha seguido.
Yo confiaba en que ese desajuste de horario que me impedía comer con los demás se solucionase, y así fue. Yo incluso tenía tiempo libre para observar el mar junto a Jacqueline.
-Tengo tanto trabajo que tal vez no me muestre tan amable como debería, pero te sigo queriendo. No lo dudes –le dije uno de esos días.
Escuché una risa de hombre. Me di la vuelta, detrás de nosotros estaba Martel.
-¡Martel, esto es privado! –le dijo Jacqueline.
-¿El qué? ¿Esta zona de barco? No. Te equivocas, cualquiera puede quedarse aquí.
De repente notamos revolucionada a la tripulación. Los piratas corrían de un lado a otro, y el capitán daba órdenes.
-¡Vamos, hay que pillar a ese barco! –gritaba-. ¡Venga, necesitamos dinero, hay que saquear!
Se acercó a nosotros y nos dijo:
-Preparaos, ¿dónde están vuestras espadas? Quiero que luchéis los tres. Tú también, Jacqueline. Ha llegado a mis oídos lo fácil que te ha resultado desarmar a Martel.
Yo no podía permitir que ella luchase, por eso me inventé una disculpa instantáneamente.
-No, mi capitán, ella no puede –declaré-. Está esperando un hijo.
Jacqueline me miró con cara rara y yo le tapé la boca con disimulo, aparentando que la acariciaba, antes de que dijese que era todo mentira.
-¡Mirad por dónde! –exclamó Martel-. Mi capitán, vais a ser tío.
-Sí, no sabes la gracia que me hace – murmuró Guillaume, con sorna, y añadió-: Espero que al menos sea un niño y que en el futuro se convierta en un buen guerrero. Bueno, vete, entonces.
Me dirigí con Jacqueline al camarote, y una vez allí, le dije:
-Supongo que he mentido, pero solo quiero protegerte. No quiero que luches.
-¿Solo supones que has mentido? ¿No estás seguro?
-Bueno... si fuésemos a tener un bebé, me lo habrías contado –dije-. Pero, ¿ellos qué saben? Quiero decir que podría ser verdad.
Me puse colorado y ella añadió:
-Vale, te lo has inventado para librarme de la batalla, pero yo tampoco quiero que luches tú. ¿Y sabes lo que pasará cuando todos descubran que hemos mentido? Nos van a castigar, y eso es igual o peor que luchar.
-No tienen por qué descubrirlo.
-¡Vaya! ¿Cómo que no? Eso, precisamente eso, es bastante fácil de descubrir.
-Bueno, no te preocupes. Quédate aquí.
Cogí mi espada y Jacqueline murmuró:
-Ten cuidado.
La besé y me adentré en la batalla. Me fastidiaba muchísimo combatir contra gente inocente, que viajaba tranquilamente en un barco y de repente se encontraba con el bárbaro de Guillaume-Thomas. Pero yo tenía que luchar. Si me negaba, los piratas podrían incluso matarme, y yo no quería dejar a Jacqueline desprotegida. Me había casado con ella para que tuviese a alguien en el mundo que la quisiese, para que pudiese contar conmigo. Además, si yo perdía la vida en la batalla, tal vez Martel forzase a Jacqueline a casarse con él, y yo no pedía permitirlo. Yo luchaba por ella. Procuraba simplemente desarmar al rival, nunca hacerle daño con la espada. Y si me veía obligado a desvalijar a alguien, siempre hacía lo posible por devolverle lo robado, a escondidas.
Volví al camarote bastante tiempo después y me alarmé al no ver a Jacqueline. Corrí a buscarla por el barco y la vi de lejos, hablando con su hermano el capitán. Este último se marchó, y yo me acerqué a Jacqueline.
-Temía por ti, ¿a qué has salido del camarote? –le pregunté.
-No importa –dijo -. ¿Estás bien?
-Sí.
-Pero estás sangrando. Hay que vendarte la mano.
Era cierto, tenía heridas en los dedos, pero eso no era nada. Jacqueline me las vendó en nuestro aposento. Yo a ella la noté entre triste e irritada. Le pregunté si le pasaba algo y ella terminó diciendo:
-Van a azotarnos. Le he contado a Guillaume que no espero ningún hijo, que eso era una invención para no luchar.
-¡¿Y para qué has hecho eso?! -grité-.¡¡Intento protegerte y así me lo agradeces!!
-Creí que el castigo sería más blando cuanto antes confesásemos la verdad.
-Pues por lo menos, haber consultado conmigo antes de exponerme a ese castigo.
-Tú no consultaste conmigo cuando te inventaste la mentira. ¡Van a azotarme sin culpa, yo no he mentido, has sido tú!
No le respondí. Estaba enfadado con ella, pero no iba a permitir que nadie le pegase. Alguien llamó a la puerta y me dispuse a abrir. Entonces me encontré cara a cara con Claude Olivier, el segundo de a bordo.
-Venid los dos –dijo-. Aprenderéis lo que les pasa a los mentirosos.
-Jacqueline no es mentirosa –respondí-. Yo me inventé la mentira, y le tapé la boca a ella para que no desvelase la verdad. Ella no tiene nada que ver.
-Veamos lo que opina el capitán. Mientras tanto, venid los dos.
Nos llevó a cubierta. Todos los piratas se encontraban allí, esperando ver el “espectáculo” de los azotes. Olivier habló con el capitán y este accedió a perdonarle el castigo a su hermana. La muchacha se dirigió rápidamente al camarote. Yo no tuve manera de librarme de la sanción. Aquí narrado parece un castigo corto, pero cuando lo recibí, me resultó larguísimo. Martel me dio seis azotes con un látigo. Luego volví tambaleándome al camarote y me encontré a Jacqueline sentada en la cama, sollozando. Tenía su melena rubia revuelta, como si ella también acabase de sufrir un duro correctivo. En otra ocasión habría intentado tranquilizarla, pero los golpes me habían enfadado y no fui amable.
-Joachim, por favor, perdóname –me dijo-. Yo no quería esto.
-Déjame en paz. Tus disculpas no me quitan el dolor.
Me di la vuelta y ella gimió al ver mi espalda magullada.
-Voy a hacerte las curas –prometió-. Siéntate a mi lado.
Acepté que me limpiase las heridas. Le temblaba el pulso. Era lógico, porque estaba llorando y además se espanta al ver sangre. No ha heredado de su padre aptitudes para la medicina, pero me atendió lo mejor que pudo.
-Cuando te pegaban, desde aquí se oían tus gritos –me dijo-. Y yo tengo la culpa de que te hayan castigado. No sé qué hacer para que me perdones.
No respondí a eso. Ella lo había pasado mal durante mi castigo, y seguía pasándolo mal ahora. Desinfectarme las heridas le estaba resultando un martirio y yo temí que se marease.
-Para –le dije-. No sigas, te estás poniendo muy pálida. Esto te hace mal, cada uno vale para lo que vale, y la medicina no es lo tuyo.
-Pero alguien tendrá que atenderte.
-Ya. Le pediré ayuda a un chico que han raptado los piratas. Venga, vamos. Es hora de cenar –respondí.
-¿Tienes hambre después de todo eso? Pues yo no.
-Como sigas así, te vas a poner enferma. Luego te traeré algo.
Ella se quedó allí y yo entré en el comedor. Me senté enfrente del chico que habían secuestrado los piratas. Me pareció nervioso y sagaz, y de una edad similar a la mía. Él, al igual que yo, tenía el pelo corto y algo encrespado, pero la diferencia residía en que sus cabellos eran rojos y los míos no. El joven miraba a un lado y a otro, como si estuviese buscando a alguien.
-Eh, antes he visto a una chavalita guapísima –me dijo-. Quiero sentarme a su lado y cortejarla, ¿sabes por dónde puede andar?
-Sí, pero está cogida –respondí.
-Pues vaya lástima. Déjame adivinarlo: el capitán la guarda para sí.
-No. El capitán es su hermano; yo la guardo para mí. Estamos casados.
El pelirrojo soltó un silbido de admiración. Yo me sentí orgulloso.
-¿Ella es muy pirata, te gustan las malas? –me preguntó.
-No. Es buena chica. No tiene nada que ver con su hermano.
-Vale, de acuerdo. Yo solo... oye, no te la quiero quitar. Eso sería muy feo.
Noté que hablaba con sinceridad. Él comía con muchísimas ansias, ni siquiera utilizaba los cubiertos, sino que agarraba los alimentos con las manos.
-Oye, chaval, ¿por qué te han azotado? –se interesó.
-Le dije al capitán que ella esperaba un hijo. Y es mentira, me lo inventé para que no la obligasen a luchar.
El pelirrojo se rió por lo bajo.
-Es bastante evidente que mentías –comentó-. Y te descubrieron, el capitán no se lo tragó, ¿verdad?
-Sí, pasó algo así –respondí.
Yo no quería contarle que la propia Jacqueline me había delatado. Me daba cuenta de que ella lo había hecho por bien, para evitarme un castigo mayor. Dejé de estar enfadado con ella justo entonces. Al hablar con el muchacho pelirrojo me percaté de lo afortunado que era yo por ser el esposo de Jacqueline. No quería enfadarme con ella nunca más. Me levanté para ir a decírselo, pero el joven me retuvo.
-Eh, chico, ¿cómo te llamas? –me preguntó.
-Joachim Clerc.
-Bien. Yo soy Antoine Blanc. Puedes confiar en mí, si tengo alguna virtud es que soy fiel.
Asentí con la cabeza y me dirigí a la puerta del comedor. Me quedé quieto porque me encontré con Jacqueline allí mismo.
-No quiero enfadarme contigo nunca más –le dije-. No quiero hablar de los azotes, ni de la mentira que me inventé, pero sé que me delataste para librarme de un castigo mayor, y te lo agradezco. Si hubiésemos esperado... no sé... unos meses a descubrir la verdad, tal vez me hubiesen dado doce azotes en lugar de seis, y eso se nota. Y otra cosa, me azotaron por mi propia culpa, porque fui yo el que inventó la mentira. Tú no te sientas culpable.
Cuando nos abrazamos, el suave tacto de sus dedos causó dolor en mi magullada espalda. Pero ese dolor es el más dulce que he sentido nunca.
Los días pasaban y Antoine Blanc repetía una y otra vez que había que hacer algo para escapar del barco pirata. Él, Jacqueline y yo solíamos sentarnos juntos a las horas de las comidas.
-La otra vez, Jacqueline y yo echamos vino en la comida –dije en voz muy baja-. Los piratas se emborracharon y nosotros condujimos el barco hacia un puerto. Pero ahora, eso va a ser difícil. Ahora siempre hay alguno en guardia, hay varios que comen a otra hora.
-Tenemos que enfrentarnos a los piratas, tenemos que luchar –susurró Blanc.
-Eso no sirve –lo contradije-. Somos dos personas contra... ¿cuántas? Contra más de treinta, seguro.
-Somos tres, ¿o tú no nos apoyas? –le preguntó Blanc a Jacqueline.
-Estoy con vosotros, pero no quiero que hagamos cosas raras, no vamos a luchar contra tantos piratas –dijo ella.
-A ver, estamos solos por ahora, pero tenemos que descubrir si aquí hay más gente en contra del capitán –susurró Blanc.
-Cuidado, que es mi hermano –dijo Jacqueline.
-Ya lo sé –prosiguió Blanc-. No lo vamos a matar, tranquila. Pero si hay marineros con ganas de revolución, pueden unirse a nosotros. Y luego, nosotros pondremos las normas. Tú también, Jacqueline, no haremos nada que tú no consientas. Por ahora, lo primero es descubrir quiénes nos van a apoyar. Dejadme a mí, eso lo haré yo. No leo la mente de la gente, pero casi. En cuanto descubra algo, os lo contaré.
Y se marchó. Yo no estaba de acuerdo con Blanc, no me parecía adecuado realizar una revolución en el barco. Era demasiado arriesgado.
-Jacqueline, tenemos que darle esquinazo. No nos conviene, es un revolucionario –dije.
-Es cierto. Se cree muy listo, pero no me convence. La gente como él suele acabar castigada con una muerte horrible. En la horca, o algo así.
Ese razonamiento me pareció demasiado dramático, sin embargo tal vez fuese acertado. Intentamos evitar a Blanc, pero él nos seguía siempre que podía. Nos hablaba de su plan, de los hombres que parecían estar en contra de Guillaume, y ni Jacqueline ni yo nos atrevíamos a decirle que no lo apoyábamos.
-¿Conocéis a ese gordo, a Martel? –nos preguntó Blanc una tarde-. Pues está deseando irse de aquí. Así que ya tenemos a un hombre más, y mirad...
-Es una bola de grasa, ¿crees que sirve para luchar? –le dije.
-Todos servimos para luchar.
-Yo no quiero seguir con esto –le soltó Jacqueline, finalmente.
-¡Venga! –exclamó Blanc-. ¿Tienes miedo? Todo el mundo sabe que desarmaste a Martel, puedes hacer lo mismo con cualquiera. ¡Te necesitamos!
-Blanc, esto no nos gusta –admití, por fin-. Tú quieres un baño de sangre...
-¡¿Y qué otra opción hay?!
-No lo sé, pero pensaremos algo mejor.
-Ya, claro. Esa es tu respuesta para todo, Clerc. Tú no estás tan mal en el barco, eres el único que tiene a una chica para sí, pero Martel y yo queremos irnos de aquí. Y si vosotros no nos ayudáis, nos arreglaremos de todas formas.
Dicho esto, Blanc se marchó, enfadado.
Los días pasaban, y Blanc seguía con sus planes sin contar ya con nosotros. Hasta que un día nos llevó al comedor, junto con Martel, y nos dijo:
-A estas alturas, la mitad de los piratas están con nosotros, palabra de honor. Podemos luchar mañana mismo. Y vosotros decidiréis si vais de nuestra parte o de la otra.
No le dijimos lo que haríamos. Yo estaba pensando en quedarme en el camarote con Jacqueline hasta que pasase la batalla. Entonces Martel sonrió con picardía, diciendo:
-Disculpadme un momentito, voy a hacer mis necesidades.
Regresó poco más tarde con un montón de piratas.
-¡Son ellos, los conspiradores, los que desafían el mandato del capitán! –gritaba Martel.
Jacqueline y yo no hacíamos nada de eso, pero no serviría de nada negar las palabras de Martel, los piratas no nos creerían. Agarré a Jacqueline y la llevé a una pequeña estancia contigua, que era en donde se preparaba la comida. Nos metimos allí y cerramos con llave. Yo solía cocinar, por eso tenía la llave y conocía ese sitio. Había dos espadas en un armario. Las cogí y le enseñé a Jacqueline nociones básicas de lucha por si los piratas lograban abrir la puerta. Me acordé de Martel, ¡menudo traidor! Él deseaba irse del barco, pero seguramente, tampoco estaba de acuerdo con Blanc, y se le ocurriría que la mejor solución era acusarnos ante el capitán para así quedar bien ante la tripulación.
Desde la estancia en la que nos encontrábamos se oía ruido de lucha. Alguien debía de apoyar a Blanc, pues no parecía probable que estuviese luchando él solo contra veinte piratas.
-Joachim, ¿qué vamos a hacer? –me dijo Jacqueline.
-Si alguien quiere atacarte voy a protegerte, pero si no puedo, tú intenta desarmarlo. Como a Martel, ¿te acuerdas?
-No es lo mismo –murmuró.
Intenté pensar en algo para tranquilizarla, pero de repente notamos que la puerta se abría: los piratas también tenían llave. Jacqueline me agarró el brazo con muchísima fuerza.
-No tengas miedo –susurré-. Estoy aquí. Voy a ayudarte.
Unos piratas armados se nos acercaban.
-No tenemos nada que ver –dije-. Nosotros no hemos planeado nada.
-Eso dicen todos –respondió uno.
Nos pusimos a luchar. Miré a la izquierda de reojo y vi a Jacqueline luchando contra un viejo. Los otros piratas se enfrentaban entre sí: algunos eran del bando de Guillaume, y otros, del de Blanc. El desarrollo de la lucha me obligó a volver al comedor, y de esta manera, a perder de vista a Jacqueline. Pensaba en ella mientras rechazaba los golpes de mi adversario mecánicamente. Me tranquilicé un poco cuando le oí al viejo gritar:
-¡Eh, cuidado con ella, se ha quedado con mi espada! ¡Eh, nenita, vuelve aquí! ¡Me rindo, pero devuélveme la espada!
Mi adversario no era tan fácil de batir como el de Jacqueline. La lucha duraba y yo me llevaba algunos rasguños en los brazos y en los dedos al intentar desarmar a mi contrincante. Él me insultaba y se burlaba de mi corta edad.
-Pues el capitán tiene catorce años –respondí-. Incluso menos que yo.
Intenté desarmar a mi rival golpeando muy fuerte su espada, pero este la conservó en la mano. Justo después él hizo fuerza con su arma y yo tuve que sostener levantada la mía para que no me la clavase en el pecho. Pero si mi muñeca cedía, mi esfuerzo sería inútil. Entonces Jacqueline se acercó por detrás de mi rival y empujó conmigo para desarmarlo. La espada cayó al suelo y Jacqueline pisó la empuñadura.
-Cógela –me dijo-. Yo no tengo dónde aguantarla.
Era cierto, ya llevaba una espada en cada mano. Seguimos luchando no sé cuánto tiempo más, por lo menos tres cuartos de hora, cada uno por nuestro lado. Hasta que al cabo de un rato yo me acerqué a un grupo de piratas que ya no luchaba, sino que armaba escándalo gritando. Vi que tenían apresado al capitán Lebon. Iban a hacerle desfilar por una pasarela para tirarlo al mar.
-¡¡No me matéis!! –gritaba Guillaume-. ¡Éramos un grupo de amigos piratas! ¿Qué os pasa ahora?
-¡Ah, órdenes de Blanc! –respondió un pirata-. Pero vos nadad, mi capitán. Así llegaréis a tierra.
Guillaume se percató de mi presencia.
-¿Dónde está mi hermana? – me preguntó.
-No lo sé.
-¡¡¿Dónde está?!! ¡Ella no permitirá que me hagan esto! ¡Clerc, vete a buscarla! ¡Tráemela aquí!
Los piratas me reprocharon que siguiese obedeciendo al capitán, pero no me atacaron. Encontré pronto a Jacqueline, ella también se hallaba en cubierta. La vi sentada al lado de Blanc.
-¡Vamos, por favor! –decía él.
-No sé si lo haré bien. Pídeselo a otro.
-Otro me matará. ¡Por favor! ¡Me duele muchísimo! Si no haces nada, me voy a morir.
-De acuerdo, te ayudaré, pero... ríndete. O por lo menos, deja libre a mi hermano –le pidió Jacqueline.
Blanc hizo un gesto de dolor.
-Está bien –aceptó.
Blanc me vio acercándome a ellos dos, por eso me dijo:
-Clerc, diles a los hombres que liberen al capitán.
Obedecí, aunque no comprendía muy bien lo que estaba pasando. Los piratas no me creyeron y entonces yo los llevé con Blanc. Este repitió la orden mientras Jacqueline le hurgaba con un pañuelo en una herida que él tenía en la espalda. Ella no se atrevía a mirar lo que estaba haciendo, sino que tenía la vista clavada en el suelo. Los dos estaban abundantemente manchados de sangre. Al verme a mí, Jacqueline abandonó la tarea que tanto le estaba costando.
-Alguien le ha clavado un listón de madera en el hombro –me dijo, hablando sobre Blanc-. Y le han quedado trozos en... el cuerpo, en la piel. Se los estoy sacando a cambio de que él libere a Guillaume.
-Creo que hay un médico por algún lado –respondí.
-Ya, en el bando del capitán –intervino Blanc-. No creo que le interese ayudarme.
A mí tampoco me hacía ninguna gracia ejercer de médico, pero lo hice.
-Eh, Clerc, eres estupendo, eres... –empezó a decirme Blanc, al ver que lo ayudaba.
-Cállate –lo interrumpí-. Le prometiste a Jacqueline que no le harías daño al capitán, y si cumples tu promesa es porque tu salud depende de ello.
-No. Le dije a Jacqueline que si colaboraba conmigo, haríamos lo que ella quisiese con Guillaume. Y ella se negó a colaborar, así que yo ideé los planes. Pero el traidor es Martel, en eso estaréis de acuerdo. Yo os advertí que habría lucha.
No quise contestarle, y además, Guillaume se acercó a nosotros en aquel momento.
-¡Clerc, ya verás! –exclamó-. ¡Estás ayudando a un enemigo, al que conspiraba contra mí! ¡Te voy a poner un castigo que...!
-Lo ayudo, sí, pero en cambio, él y su bando se rinden. Si quieres, me desentiendo de él y volvemos a estar como antes, contigo desfilando hacia el mar abierto.
Guillaume se quedó serio.
-No. Sigue, y cúralo bien –ordenó, y le preguntó a su hermana-: ¿Y tú por qué estás así?
-¿Así cómo? –dijo Jacqueline.
-Manchada de sangre.
-Porque también he ayudado a Blanc. Es su sangre.
Guillaume sacó un pañuelo del bolsillo de la chaqueta y se lo dio a su hermana.
-Venga, límpiate –le dijo.
-Gracias, Guillaume.
-¡Eh! ¡Llámame capitán Lebon! ¡A ver si te enteras de cómo hay que llamarme!
Siempre era la misma historia, Guillaume-Thomas dándole órdenes a su hermana mayor. Ella lo había soportado hasta entonces por miedo, pero ahora no se contuvo.
-¡Te llamo como quiero! –le gritó-. ¡Y si alguien tiene que obedecer al otro, tú estás subordinado a mí! ¡No vas a hacer siempre conmigo lo que te da la gana!
-Me parece que sí que lo haré –respondió él, sonriendo-. Vete a los calabozos.
-No, por favor, perdóname.
-¡Sigues sin llamarme “mi capitán”! No pienses que voy a levantar mi castigo.
-Por las buenas o por las malas, lo haréis, mi capitán –intervine.
Guillaume sonrió.
-Las palabras no me asustan –dijo-. Fuérzame a obedecerte, pero de otro modo. Demuestra de verdad que eres un hombre.
Lo agarré del cuello de la camisa y él me dio un puñetazo. Entonces lo solté.
-¡Bien, Clerc, tú también irás a los calabozos! –exclamó.
-¡Pero bueno! –gritó Blanc-. ¡¿Y quién me saca a mí las astillas del hombro?!
-No te preocupes –respondió Guillaume-. Vete al calabozo con ellos, así te cuidarán.
Guillaume nos encerró ayudado por otros piratas. Nos metió a los tres en una misma celda y nos dejó un baúl lleno de comida y bebida para no tener que ir a servirnos en un buen periodo de tiempo.
-¿Y luego qué haréis, mi capitán? –le preguntó el segundo de a bordo-. ¿Los vais a abandonar en una isla desierta?
-¡No! –respondió Guillaume-. Me son útiles, por eso los he capturado. Los tendré unas semanas encerrados. Saldrán para desempeñar sus tareas, y luego se quedarán aquí dentro durante el resto del tiempo. Jacqueline, tú ya puedes salir un momento. Quiero que sirvas la cena a la tripulación. A los hombres les gusta que los sirvas tú.
Ella obedeció sin decir una palabra. Yo me quedé en la celda con Blanc, curándole la herida. Él se dedicaba a quejarse, a criticar al capitán y a decir que preferiría estar en una isla desierta antes que en los calabozos. Unos minutos después llegó Jacqueline, con un vestido distinto al que llevaba antes, y entonces Blanc levantó la vista y le dijo:
-¿Qué, te han dejado cambiarte?
-Sí, a los piratas no les gustaba que los sirviese manchada de TU sangre –contestó ella.
-Cosa rara, qué delicados –comentó Blanc.
Revolvió en el baúl de la comida y encontró una botella de ron.
-¡Mirad, no nos tratan tan mal! –exclamó-. ¿Queréis?
-Sí, para tirarlo por esas rejas, para que así no lo bebas tú –dijo Jacqueline-. No me apetece aguantar a borrachos.
En efecto, en la pared, a pocos centímetros del suelo había unas rejas con una cerradura muy frágil. Se me ocurrió que tal vez podríamos romper la cerradura y escapar, pero ¿adonde? ¿Al mar? Para eso era mejor quedarnos en el barco.
-No, guapa –respondió Blanc-. Me parece que no te lo voy a dar. Me voy a beber todo el ron. Porque tú no quieres, ¿verdad, Joachim?
-Tal vez un trago –le dije.
Bebí un poquito y luego se lo pasé a Blanc. Este empezó a beber sin control y yo intenté quitarle la botella. Él se resistió y yo insistí, hasta que la botella se cayó al suelo y se rompió.
-Clerc, verás... las rejas... me voy a escapar por ahí –murmuró.
La abundancia de alcohol ya estaba mostrando sus consecuencias, Blanc no razonaba. Se puso a patalear contra las rejas y logró romperlas, las envió al mar. Entonces intentó escaparse por el agujero que dejaba la ausencia de las rejas, por el que cabía perfectamente una persona, y yo lo agarré de la mano para que no se precipitase al agua.
-Antoine, ven –le dije-. Somos tus amigos. No pasa nada.
Él pareció calmarse un poco. Me miró y murmuró algo como: << está muy oscuro, dame una vela>>. Yo le acerqué una vela encendida, y él la lanzó al suelo, justo encima del charco de ron. Entonces se levantó un fogonazo entre Jacqueline y yo. Ella gritó y yo intenté cogerla de la mano.
-¡¡¡Joachim, ayúdame!!! –dijo.
La agarré del brazo y la acerqué a mí para que no se quedase rodeada por el fuego, sabiendo que la única opción para no quemarnos era salir del barco. Miré a mi izquierda, desesperado, y me fijé en las estrechas literas de la celda. Cogí los dos colchones y los lancé rápidamente al mar.
-Toma el baúl de la comida –le dije a Jacqueline-. ¡Y salta! ¡Vamos, el mar está cerca, no te harás daño!
No hizo falta que se lo repitiese, el miedo al fuego la impulsó a lanzarse al agua sin pensar en las consecuencias. Empujé a Blanc y luego me lancé yo. Al mirar atrás, ya desde el mar, vi la celda ardiendo.
Jacqueline flotaba sin necesidad de nadar, gracias a ir apoyada en uno de los colchones. Blanc y yo íbamos en el otro. Antes de media hora, el mar nos llevó a una playa. Explorándola, descubrimos que nos encontrábamos en una isla, por lo visto, desierta. A Blanc ya se le había pasado la borrachera, el agua de mar le había hecho entrar en razón.
Buscamos algún lugar para refugiarnos y dimos con una cueva. Yo encendí un fuego y todos nos sentamos alrededor. Estaba claro que nos encontrábamos en algún lugar del Hemisferio Sur. Aunque Guillaume-Thomas nunca nos hubiese indicado con claridad por dónde navegábamos, todos pensábamos ya que ese clima en esa época del año no era el propio del Hemisferio Norte. Además, aquella noche noté que solo hacía fresco, no frío, eso que estábamos a comienzos de febrero. Tenía que ser verano.
A pesar del clima favorable, Jacqueline se estremecía de frío, por haber permanecido tanto tiempo en el mar. Yo le frotaba el cuerpo y Blanc se reía.
-Somos libres –comentaba él-. Qué bien lo vamos a pasar.
CONTINUARÁ
martes, 22 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario