Corría el año 1728, estábamos en agosto y aquel día se cumplían siete meses de mi captura. Cuando me cogieron, yo estaba pintando un cuadro en el puerto de La Rochelle. De repente se me acercó una tropa de hombres por detrás. Me dijeron que me perdonarían la vida si me unía a ellos, y... sé que fui un cobarde, pero acepté su propuesta. Luego, siete meses más tarde, en alta mar, el capitán del Francés Temerario nos ordenó atacar a los tripulantes de un barco que se vislumbraba a lo lejos. Estos intentaron huir al ver la calavera que ondeaba en nuestro barco, pero no fueron capaces.
-Clerc, ocúpate de la mujer gorda y de la chavalita –me pidió mi capitán-. Róbales lo que tengan. ¡Y no te quejes del trabajo! Esas no ofrecerán resistencia.
Miré adonde me indicaba el capitán y efectivamente, vi a una mujer gorda y a una jovencita rubia y delgada. A esta última no la pude ver bien, se hallaba de espaldas, pero en cuanto se dio la vuelta descubrí que era preciosa.
-A ella no le hagáis daño –pidió la mujer gorda, refiriéndose a la muchachita, y abrazándola.
-Yo solamente... –empecé a decir-. Bueno, a ver, tenéis que darme el oro. ¡Rápido! ¡Ahora mismo!
Era imposible que mi tono de voz las atemorizase, no podría haber hablado con menos seguridad. Sin embargo, el hecho de verse en un barco pirata ya debió de ser motivo de susto, pues la jovencita me entregó sus monedas y sus joyas rápidamente.
-¡Pero mi pequeña, si es la pulsera de tu madre! –exclamó la mujer gorda-. Me has contado que la ibais pasando de generación en generación hasta...
-Hasta ahora, para salvar mi vida –respondió la muchacha.
Yo creía que aquella mujer era su madre, pero entonces descubrí que no.
-Os he dado todo lo que tengo, señor. Ahora... no me toquéis – me suplicó la joven.
Me gustaría haberle dicho que yo jamás le haría daño voluntariamente, pero Claude Olivier, el segundo de a bordo, se encontraba cerca, así que solo hablé para decirle a la mujer gorda:
-Vos también. Dadme vuestro oro.
A esta le costó obedecer, pero la jovencita, al ver que la otra se negaba, gritó:
-¡Van a mataros, señora Fiquet! ¡¿Para qué queréis conservar vuestro oro si no conserváis vuestra vida?!
Entonces noté que la mujer comenzaba a revolver en los bolsillos. Pero el segundo de a bordo se nos acercó y a mí me dijo:
-Si ya las has desvalijado, devuelve a esta –señalando a la más mayor- a su barco. Al capitán no le gusta llevar mujeres a bordo, dice que distraen a la tripulación. No obstante, él busca una criadita, así que tú te quedas –le dijo a la joven.
Observé el rostro atemorizado de la muchacha.
-¡No, por favor, ya os he dado mi oro! –exclamó.
La mujer (a la que por cierto, yo no había desvalijado) agarró a la jovencita y la apretó contra sí, pero Claude Olivier las separó. Y yo observé cómo la muchacha se despedía de su protectora enviándole un beso con la mano, mientras esta última, la señora Fiquet, era conducida a su barco.
-Clerc, lleva a la niña a la estancia del capitán, él quiere hablar con ella –me dijo Claude Olivier.
Agarré a la muchacha del brazo y obedecí al secretario. Ya que la chica se iba a quedar en el barco, me pareció adecuado hacerme su amigo. Por eso, mientras nos dirigíamos juntos al aposento del capitán, le dije:
-¿Cómo os llamáis, señorita?
-Si no os lo digo, ¿me vais a matar? –preguntó.
-¡No! No, hagáis lo que hagáis no os voy a matar. No viváis con ese miedo. Es más, podéis confiar en mí.
Le tendí la mano y ella me la estrechó con cierta desconfianza.
-Soy Jacqueline Lebon –murmuró.
-Tenéis el mismo apellido que el capitán –comenté-. Por cierto, yo me llamo Joachim Clerc.
Golpeé la puerta del camarote del capitán y él enseguida abrió.
-¡Guillaume! –exclamó Jacqueline-. Guillaume, ¿qué haces aquí? ¡Pensaba que estabas en Inglaterra! ¿Qué pasa, también te han capturado?
-¡Vaya, hermanita, cuánto tiempo! – respondió el capitán-. Bueno, y ahora, silencio. Desde este instante me llamarás señor Guillaume-Thomas Lebon. Soy el capitán de este barco pirata, ¿qué te crees? Ahora estás a mis órdenes.
-¡Pero bueno! ¡Eres un muchachito de trece años! ¡¿Cómo vas a ser tú el capitán?!
-Soy lo que me apetece. ¿Te crees que yo, el mejor pirata de todos los tiempos, iba a estar encerrado en un colegio de Inglaterra, estudiando tonterías, mientras puedo surcar y saquear los mares? No, claro que no. Con el dinero que papá y mamá me han dado para los estudios, y con la ayuda de otros piratas, como Claude Olivier y compañía, me he comprado un barco. Y ahora tú eres mi esclava. Te dejo esta tarde libre, pero mañana por la mañana, a las seis y media como muy tarde, quiero verte levantada y trabajando.
-Déjate de tonterías –dijo Jacqueline.
La chica y yo nos echamos hacia atrás cuando el capitán Lebon desenvainó su espada.
-Es difícil que un chiquillo de trece años sea ya capitán de un barco, ¿verdad? –dijo-. Pues obedece si no quieres que te muestre mis técnicas malévolas. ¡Hala, márchate!
Yo me fui con ella.
-Esto... parece una tontería –murmuró la muchacha una vez fuera del camarote-. Es mi hermano pequeño, ¿cómo puede dominar a tantos hombres? ¿Por qué lo obedecen? Y siempre fue muy travieso, pero yo no sabía que fuese tan malvado.
-Les ha prometido riquezas, por eso lo siguen –le expliqué-. Bueno, a mí también, pero a mí me ha capturado, no estoy en el barco voluntariamente.
Le conté cómo había sido el rapto, y de paso la conduje a mi camarote. Una vez allí, la encerré con llave. Ella se puso blanca como la cera y pidió auxilio, seguía teniéndome miedo. Yo le tapé la boca con la mano y le dije:
-Tranquilizaos, señorita Lebon. No os voy a hacer nada. Solo... os he traído aquí para devolveros lo que es vuestro. Mirad.
La solté, y encima de la cama vacié un saco que contenía las joyas y las monedas de Jacqueline.
-Cogedlas, señorita, son vuestras. No me gusta robar, pero delante de los demás hombres debo aparentar que lo hago. No obstante, a escondidas, siempre procuro devolver lo robado. El capitán manda dejar en un lado todo el oro, y aunque falte mi parte, él no se da cuenta.
Jacqueline escondió sus joyas y observó:
-Es cierto, vos dejasteis marchar a la señora Fiquet sin haberla saqueado.
-¿Veis? Podéis fiaros de mí.
-Bueno. Gracias, señor Clerc.
Solté una carcajada.
-¡Podéis llamarme Joachim, simplemente! –exclamé-. ¡Señor Clerc! ¡Pero si soy un esclavo!
-Bueno, me parece que yo también seré una esclava a partir de ahora y vos me llamáis señorita Lebon.
-Es cierto, pero... no sé que pasa, no es lo mismo, es que vos sois una esclava muy hermosa.
-Gracias –respondió ella, sonriendo y ruborizándose-. Bueno yo... no me encuentro muy bien, quisiera ir a tomar el aire, ir a asomarme a la borda.
-Por supuesto.
Abrí la puerta y ella se marchó. Yo también me fui, a hacer mis trabajos. Varios minutos más tarde, cuando pasé por la cubierta, vi a la muchacha asomada a la borda, mareada, devolviendo, y a unos marineros burlándose de ella.
-¿ No tenéis trabajo? –les dije a ellos.
-Sí, pero tú no eres el capitán para controlarnos –contestó uno de ellos.
Le dirigí una dura mirada y me acerqué a Jacqueline.
-Señorita Lebon, yo estaré ayudando al cocinero –le expliqué -. Si os molestan mucho, venid a avisarme.
-Gracias, Joachim –dijo, aunque luego no acudió a mí en busca de protección.
Volví a verla a la hora de la cena. Vino a sentarse a mi lado y la noté muy pálida.
-Señorita Lebon... –empecé a decirle.
-Llámame Jacqueline –me pidió.
-De acuerdo. Jacqueline, ¿estás mejor?
-Sí, algo mejor. Es que siempre me mareo cuando viajo en barco.
Esperamos a que llegase el capitán Lebon. Este entró en el comedor sonriendo, con su lorito verde en el hombro y comentándole algo a Claude Olivier. El capitán pasó al lado de su hermana y la golpeó en la espalda.
-¡Jacqueline, alguien tendrá que servirnos la cena! –le gritó.
-Has dicho que yo empezaría a trabajar mañana –le recordó la muchacha.
Y recibió otro golpe de su hermano.
-¡Pues cambio de planes! –gritó este-. ¡Entra en la cocina y sírvenos!
Jacqueline obedeció. Anduvo de un lado a otro del comedor, suministrando comida y bebida a los hombres, y aguantando en silencio los piropos y comentarios subidos de tono que recibía. Los hombres no dejaban de pedirle alimentos, por lo tanto, a ella no le daba tiempo de sentarse ni un minuto para comer. Yo cogí comida de una fuente y se la guardé para que los demás no acabasen con todo, dejándola a ella sin comer. Pero Jacqueline no estaba al tanto de lo que yo hacía, y cogió para sí un trozo de pan de una bandeja. Un viejo la vio y le pegó en las nalgas. Y el capitán la amenazó.
Momentáneamente, Jacqueline se vio libre de peticiones y se sentó junto a mí. Agradeció la comida que yo le había guardado, pues de no ser por eso, tendría que haberse conformado con sobras. Pero pronto tuvo que levantarse otra vez para servir, ahora licores. Tras haber asaltado un barco, el postre solía consistir en eso, en bebidas que todos probaban menos yo, y esta vez, menos Jacqueline y yo. Una vez que sirvió las botellas, la chica volvió a sentarse a mi lado. Ella intentaba obviar los comentarios que los hombres hacían a su costa, cada vez más socarrones, por causa del alcohol. Pero aunque se lo propusiese, y aunque no les contestase, no lograba ser indiferente a ellos.
-No aguanto esto –admitió.
-Tranquila. No les hagas caso –le dije.
Me gustaría haber mantenido con ella una conversación, pero los demás hombres hacían tanto ruido, entre cánticos y gritos, que nos impedían oírnos. Entonces, yo cogí de la mano a Jacqueline. Ella no se soltó, sino que me apretaba la mano fuertemente, como si eso le diese fuerzas para olvidarse de los piratas.
Pasaban las horas y nadie se acostaba. A mí me habrían dejado ir a mi camarote, que compartía con otros sirvientes, si yo hubiese querido. Y ganas no me faltaban, pero me aguanté para no dejar sola a Jacqueline en el comedor, entre tanto salvaje.
-¿Dónde voy a dormir yo? –me preguntó Jacqueline, que al parecer, pensaba en asuntos similares a los míos.
-No lo sé. Pregúntale a tu hermano. Voy contigo.
Nos levantamos y fuimos hasta la cabecera de la mesa, en donde se hallaba el jovencísimo capitán. Este no bebía mucho alcohol, pues a su edad, si lo hubiera hecho, se habría puesto borracho como una cuba. Miró con burla a su hermana cuando nos acercamos, y la muchacha dijo:
-¿Dónde voy a dormir?
El capitán se tocó una cuerda que llevaba alrededor del cuello, a modo de collar, y se la desató para sacar de allí una llave. Le ofreció esa llave a su hermana y le explicó:
-Tendrás un camarote para ti sola. En el segundo piso, al fondo. Dormirás allí, pero primero tendrás que limpiar el comedor cuando quede vacío, cuando los demás nos hayamos acostado. Al terminar, podrás irte a dormir.
-¡Pero Guillaume, me he mareado, estoy cansada!
-¡Haz lo que te ordeno! Porque si no obedeces, te quitaré la llave y tendrás que dormir donde puedas. ¡Y llámame señor Lebon, o capitán, o algo que indique que estás subordinada a mí!
-Sí, mi capitán –respondió Jacqueline, con lágrimas en los ojos-. Pero... mi capitán, somos hermanos, quisiera hablar con... vos de otra forma. Como cuando éramos más pequeños. ¿Es que no os interesa saber nada de nuestra familia?
-¿Y qué me quieres contar de nuestra familia? Déjame adivinarlo: papá y mamá están como siempre. Y nuestros hermanos mayores, también. ¡Eso ya lo supongo yo sin que me lo cuentes! ¡Así que vete!
Jacqueline asintió con la cabeza y volvió a ocupar su sitio. Yo la acompañé y le sequé las lágrimas. Los piratas no abandonaron el comedor hasta altas horas de la madrugada. Entonces la muchacha y yo nos quedamos solos. Ella no dejaba de llorar.
-No te preocupes, voy a ayudarte –le dije-. Cálmate. Repartiremos el trabajo, y si ves que no puedes más, vete a dormir. Yo me ocuparé de limpiarlo todo.
-Gracias. Joachim, eres la mejor persona de todas las de este barco.
-Lo mismo digo.
Primero trabajamos sin hablar porque Jacqueline seguía llorando. Pero poco a poco se calmó y yo le pregunté:
-Aquella señora... Fiquet, la que estaba contigo... ¿no era tu madre?
-No. Es una señora que conocí en el otro barco. No es mi madre, pero conmigo se portaba como si lo fuese.
-¿Y tu madre de verdad? ¿No viajaba también en aquel barco, contigo?
-No. Yo no viajaba con nadie –me explicó-. La señora Fiquet me vio sola y... cuidó de mí.
Me incliné sobre la mesa para limpiar un charco de ron.
-¿Y por qué viajabas sola, si se puede saber? –le pregunté.
-¡Uf, es una historia un poco larga! Pero, de acuerdo, te la contaré.
-Sí, tenemos toda la noche.
-Verás, hay un abogado, el señor Martel, que quiere casarse conmigo. A él... si le apetece algo, lo compra. Cuando tiene caprichos, quiere satisfacerlos. Y como le ha venido la apetencia de casarse conmigo, pues... ha ido a hablar con mis padres y ellos le han dicho que sí encantados. Mis dos hermanos mayores no estaban en ese momento, no se enteraron. Si no, tal vez hubiese sucedido algo distinto.
Sentí que el señor Martel me estaba resultando antipático.
-Yo no quiero casarme con él –declaró la joven-. Solo me desea porque me considera rica. Y además, él es demasiado viejo para mí.
-¿Cuántos años tiene él? –me interesé.
-Treinta y cuatro. Y yo, dieciséis.
El dulce rostro de la joven no aparentaba más de catorce.
-Vaya, yo tengo diecisiete –comenté.
Jacqueline restregó un trapo por el suelo y siguió contando su historia.
-Él es rico, pero no me gusta. Se lo he dicho a mis padres, he tratado de hacerles entrar en razón, pero no me ha servido de nada. Mira, Joachim, la boda entre ese hombre y yo debería haberse celebrado hace casi dos semanas. Todos los preparativos estaban hechos, pero yo me escapé el mismo día de la boda al amanecer, antes de que se celebrase. Huí de París...
-¿Eres de París? –me interesé-. ¡Porque yo también! ¡Mi madre es alemana, pero mi padre es francés, y habitualmente vivimos en París!
-Sí, yo también soy de París –confirmó Jacqueline, sin mucho ánimo-. Bueno, me escapé de allí y fui en carruaje hasta Le Havre. Me subí al primer barco que encontré, sin importarme el destino. Yo solo quería escapar. Oye, les dejé una nota a mis padres diciéndoles por qué me marchaba... y... que los quería.
Las lágrimas volvieron a surcar sus mejillas.
-¡Quiero enviarles otra nota y contarles lo que pasa! –añadió-. ¡Contarles en qué anda metido Guillaume!
-Se la enviaremos desde un puerto –intenté tranquilizarla.
-¿Tú también?
-Bueno, no, pero yo escribo mis propios mensajes. A mis padres.
Seguimos hablando y a mí me pareció que la historia de Jacqueline tenía algo especial. Era hija de un médico de buena fama, parecía que en su vida todo era color de rosa, y sin embargo, había tenido que fugarse para no verse abocada a una vida triste, ocasionada por un matrimonio forzoso. Por un matrimonio con un hombre que, según ella, ni le convenía ni la haría feliz a pesar de sus bienes materiales. Y ahora, esa niña bien, por haber sido fiel a sus principios, no tenía más remedio que quedarse hasta las tantas limpiando comedores, y obedeciendo las órdenes que le daba su hermano pequeño. Desde luego, eso era algo fuera de lo común.
-Jacqueline, lo bueno, lo que debería hacerse, es casarse por amor –le dije-. Y tú has actuado según ese criterio. Eres muy valiente y muy noble.
Ella se encogió de hombros. Estaba demasiado cansada y abatida como para contestarme.
A la mañana siguiente nadie madrugó. Algunos teníamos órdenes de levantarnos temprano, pero no lo hicimos, y como los jefes tampoco, no nos ocurrió nada malo. Yo me desperté sonriendo. Había soñado que me enfrentaba al pretendiente de Jacqueline, y que quedaba como un héroe delante de ella. Ese nuevo día y los siguientes estuve muy pendiente de la muchacha. Esta ejercía una indudable atracción sobre mí, era una persona especial, y yo trataba de agradarla cada vez que estábamos juntos. Yo a ella le resultaba digno de confianza, ella buscaba mi compañía y eso me hacía sentir muy afortunado.
Hacía siete meses, cuando me capturaron, yo me devanaba los sesos diseñando planes para huir del barco pirata. Luego, poco a poco, me fui olvidando de esas fantasías para centrarme en el trabajo que estaba obligado a hacer. Sin embargo, al conocer a Jacqueline volví a ilusionarme ideando estratagemas para abandonar el barco junto a ella. Verse liberada del barco agradaría a Jacqueline enormemente, y si yo era el artífice de esa liberación, la joven me apreciaría cada vez más, me valoraría mucho más que ahora. Pero incluso si yo no era capaz de sacarla del barco, tal vez hubiese posibilidades de conquistarla. Ella, seguramente, ya me prefería a mí antes que a su pretendiente Martel, y eso me llenaba de felicidad.
Cuando yo tenía unos minutos de tiempo libre y Jacqueline se encontraba trabajando, yo la buscaba por todo el barco para ayudarla en sus tareas. Y eso no me resultaba ningún fastidio, sino que lo hacía con muchísimo gusto, porque esos eran minutos que pasaba junto a ella.
-Si Martel estuviese en este mismo barco ahora mismo, ¿tú qué harías? –le pregunté en uno de esos momentos, mientras ella lavaba la ropa de su hermano el capitán.
-Alejarme de él siempre, huir de sus manos grasientas... pero... no me lo recuerdes. ¿Ves a los piratas que se meten conmigo?
-Sí.
-Pues él... me decía cosas parecidas, solo que de manera más fina, más disimulada. Pero era un sinvergüenza, de todas formas –me explicó.
-¿Y tus padres qué, no se enteraban de eso?
-No. Me las decía en secreto, me hacía sufrir. Delante de mis padres aparentaba ser muy educado, y ellos lo creían.
-¿Y yo...? ¿Me parezco a él? –le pregunté.
-Para nada, ¿no te das cuenta? Tú eres... respetuoso.
Sonreí, con orgullo.
-¿Y físicamente? –insistí.
-No, tampoco. Él... ahora está algo gordo, no demasiado, pero con los años llegará a convertirse en un amasijo de grasa. Además, está un poco calvo, usa el modelo de gafas más feo que existe... Es repelente.
Seguí sonriendo.
-Entonces... ¿te parezco más atractivo que él? –me atreví a preguntarle.
-Sí, claro, muchísimo.
Jacqueline se ruborizó tremendamente al admitirlo. Noté que era muy tímida, pero que se sentía a gusto conmigo. Yo le inspiraba confianza.
-No soy un amasijo de grasa ni estoy calvo –comenté-. Y tampoco llevo gafas horribles.
Entonces ella también sonrió.
-Tú y yo no llevamos gafas de ningún tipo –comentó-. Pero si tuviésemos que usar algunas, las escogeríamos más bonitas que las de Martel, te lo aseguro.
-Y tal como estoy ahora, ¿qué te parezco? –me aventuré a preguntarle-. Si tuvieras que hablarle de mí a alguien, a Martel, por ejemplo, ¿cómo me describirías?
En la cara de la muchacha volvió a dibujarse una bonita sonrisa.
-A Martel le diría que... hay un muchachote muy alto, fuerte pero a la vez delgado; de pelo corto, castaño oscuro, un poco encrespado; y de ojos verdes que... se preocupa por mí y... así Martel se enfadaría de veras, y no sabes la gracia que me haría.
Me sentí triunfante.
-Si yo tuviera que hablarle de ti a alguien, le contaría que eres muy amable y muy hermosa – declaré.
Ella sonrió. Su rubor persistía y yo no sabía qué hacer. Sin duda, yo a Jacqueline le resultaba agradable, pero tal vez solo como amigo. Si yo le confesaba mi enamoramiento, igual a ella le parecía mal y nuestra relación empeoraba. Decidí reflexionar sobre ese tema yo solo, por eso le dije adiós a la muchacha, para recluirme en mi camarote.
-Joachim, espera –me pidió ella.
Me di la vuelta y la miré.
-Es que siempre me da la sensación de que me quieres decir algo más –explicó-. Como si quisieras algo de mí y no te atrevieses a pedírmelo.
Me encogí de hombros y negué con la cabeza. No tenía valor para admitir la verdad.
-¿Seguro que no es nada? –insistió ella-. Tú háblame, si lo que quieres no resulta una ofensa para mí, no me voy a enfadar, aunque se trate de una estupidez.
Me di cuenta de que ahí se encontraba mi ocasión para declararme, de que como esa no habría ninguna. Ella estaba arrodillada, lavando ropa, y yo me arrodillé justo detrás. La cogí de la cintura (entonces a ella se le resbaló el jabón de las manos) y la besé en el pelo.
-Estoy enamorado de ti –le solté sin más preámbulos.
Ella sonrió y se dio la vuelta para mirarme a la cara.
-Joachim, he tenido que abandonar París por culpa de un hombre repulsivo, y resulta que en este barco se hallaba mi amor de verdad –contestó.
Me llenó de satisfacción que ella me calificase así.
-Me gustas casi desde el principio –admitió-. Desde que me ayudaste a limpiar el comedor por la noche, me pareciste admirable. Pero... yo no sabía... creía que tú no sentías eso por mí.
-Pues te equivocabas.
La felicidad me duró bastante tiempo. Esa noche apenas pude dormir, por la emoción, y durante los meses siguientes continué sintiéndome muy afortunado. Pensaba en Jacqueline a todas horas, y cuando estaba con ella, me sentía la persona más feliz de la Tierra. Ella y yo vivíamos nuestra propia vida al margen de lo que sucedía en el barco pirata. Los planes de los marineros no nos interesaban, solo deseábamos que las cosas no empeorasen, para al menos poder seguir viéndonos a las horas de las comidas, y algunos minutos más al día.
Eso me bastó para ser feliz durante un tiempo. Pero cada vez que yo me enteraba de que la noche anterior Jacqueline se había acostado tarde por culpa de los trabajos que debía realizar, yo notaba una rabia por dentro, y me decía a mí mismo: <
La rabia era tan fuerte que a duras penas podía yo contener las lágrimas. <
Guillaume-Thomas Lebon ordenaba guiar el Francés Temerario de tal forma que nos tuviésemos que enfrentar a algún otro barco sobre el diecisiete de octubre, día de su cumpleaños. El capitancito creía que la mejor forma de celebrar su decimocuarto cumpleaños era luchando. Él muchas veces actuaba como un mocoso, pero en nuestro barco había hombres competentes, capaces de llevar a cabo las ideas del pequeño mandatario.
El diecisiete de octubre me preparé para luchar. Estaba asustado, lo admito. En los entrenamientos de espada que realizábamos diariamente en el barco, yo era uno de los menos aventajados, por el miedo que me daba herir al enemigo. Claro está que yo quería sobrevivir a la batalla, y no solo por mí, sino por Jacqueline, porque me preocupaba qué sería de ella si a mí me pasaba algo. Entonces, antes de la batalla, me dirigí a los aposentos de la joven por primera vez desde que ella estaba en el barco y llamé a la puerta.
-Soy Joachim, no tengas miedo –le dije.
Ella abrió. Tenía cara de preocupación. Yo pasé y ella cerró la puerta.
-Por si me ocurre algo, hay una cosa que me gustaría decirte –declaré-. Jacqueline, para mí eres la única, estoy completamente seguro de que nunca encontraré a ninguna muchacha como tú. Quiero que sepas que te amo en serio.
Ella asintió con la cabeza, la noté demasiado atemorizada como para hablar.
-Si me matan en esta batalla... –añadí.
-¡¡¡No digas eso!!! –me interrumpió -. ¡No quiero oír eso, tú eres lo único que me impulsa a seguir adelante cada día en este barco desgraciado!
La abracé, la acaricié en las mejillas.
-Mi camarote es el de los criados. Está al fondo del piso de abajo –seguí diciendo-. Si me pasa algo, vete allí y quédate con mis pertenencias antes de que me las birlen los piratas. Y si logras salir del barco, llévate mis bienes y utilízalos.
Jacqueline asintió con la cabeza, con cara de fastidio, de resignación forzosa. Yo me despedí de ella con un beso y me marché. Unos metros más adelante me encontré con el capitán. Por fortuna, él no vio de qué camarote salía yo.
-Clerc, ¿has visto a mi hermana? –me preguntó-. La estoy buscando, tengo trabajo para ella.
-¿La vais a poner a luchar, mi capitán? –dije, alarmado-. Disculpad, pero...
-¡No, no la voy a poner a luchar! No quiero perderla, estoy bastante contento con sus servicios. Pero dime, ¿tú la has visto?
-Creo que... se ha metido en su cuarto –respondí.
Al capitán no le agradaría saber que yo tenía bastante confianza con su hermana, por eso fingí dudar.
-Bueno, veamos si está. Vente conmigo –contestó el capitán.
Lo seguí. Él llamó a la puerta y su hermana abrió.
-Jacqueline, vete a la cocina y prepárame una comida especial, ya sabes que hoy es mi cumpleaños –dijo Guillaume-Thomas Lebon-. El cocinero es muy habilidoso con la espada y sería una lástima que no luchase en el combate, por eso tú debes sustituirlo en la cocina. Pero, espera un momento. Necesitarás que alguien te ayude a preparar el manjar. Y, Clerc, tú eres perfecto para ese cometido. Tu manejo de la espada es mediocre, pero no quiero perderte; en los demás trabajos eres bueno y rápido. Además, eres ideal para acompañar a Jacqueline. Los demás hombres centrarían sus pícaras miradas en el cuerpo de mi hermana, y mientras tanto, dejarían quemarse la comida, ¡qué descuidados! Sin embargo, he notado que tú la respetas, por decirlo de algún modo, así que supongo que ella te descentrará menos que a los demás.
Jacqueline sonrió, ahora tenía mejor cara que hacía unos minutos.
-¿Y vos, mi capitán? –le preguntó a su hermano-. ¿No os uniréis a nosotros en la cocina? Así, la comida iría más a vuestro gusto.
La joven recibió un puñetazo en la mejilla y la siguiente respuesta del capitán:
-Tú obedece sin hablar. Si no, te mandaré participar en la batalla, incluso a riesgo de que algún enemigo te arranque las tripas de un sablazo.
Jacqueline le prometió obediencia a su hermano, y yo fui con ella a la cocina.
-Yo quería que Guillaume nos acompañase, porque tengo miedo de que le pase algo en la batalla –me confesó Jacqueline.
-No le harán daño –le aseguré-. Con esa carita de niño que tiene, nadie se atreve a atacarlo en serio. Ahí está la clave de su éxito.
Mientras cocinábamos, hablamos de la suerte que había tenido yo para librarme de la batalla, y yo le comenté a Jacqueline que si lográsemos escapar del barco pirata, nuestra felicidad sería completa. Ideamos planes para huir, imposibles de llevar a la práctica, hasta que a mí se me ocurrió uno muy simple que podía funcionar: darles mucho vino a los piratas, para adormilarlos, o al menos atontarlos, y mientras tanto, guiar el barco hasta un puerto y bajarnos allí.
-¿Y tú sabes pilotar un barco? –me preguntó Jacqueline.
-Bueno... algo. Me enseñaron por si el timonel caía herido y alguien tenía que sustituirlo.
-Pues probamos –aceptó ella-. Si sale mal, seguiremos perdidos por el mar, pero como ya andamos perdidos ahora...
Unas horas más tarde los piratas llegaron a la cocina dispuestos a comer tras la batalla. Primero todos escuchamos las palabras del capitán.
-Muy bien, compañeros piratas, estoy muy orgulloso de ser vuestro jefe –declaró-. Nuestras batallas se libran en los mares, y muy bien libradas, por cierto. Les hemos enseñado a esos inglesitos lo que puede hacer una buena flota francesa. Y ahora, ¡a comer, que nos lo merecemos!
La comida duró muchas horas. Es que los piratas tenían importantes motivos de celebración: la victoria y el cumpleaños de su capitán. Mientras tanto, la primera condición para que Jacqueline y yo pudiésemos irnos se estaba cumpliendo: los piratas cada vez razonaban menos por causa del alcohol que nosotros les habíamos servido en los alimentos. Tal vez sea necesario explicar que la chica y yo habíamos preparado comida aparte para ambos, porque si no, habríamos acabado borrachos como los demás.
El capitán estaba atontado, adormilado. Y el timonel había abandonado su puesto para unirse al banquete. Tras haber comido lo que necesitábamos, Jacqueline y yo nos levantamos. Y pese a que algunos piratas nos vieron abandonar el comedor, estos se hallaban tan afectados por la bebida, gritando canciones sin sentido, que no nos detuvieron.
Una vez fuera de allí, corrimos a manejar el timón a nuestro gusto. Jacqueline encontró un plano bastante bueno que indicaba la situación del puerto de La Rochelle a no demasiadas millas de distancia.
-¿Qué te parece, tiramos hacia allá? –le consulté-. Allí conozco una pensión aceptable, y sé dónde se encuentran varios cazadores de piratas que podrían ayudarnos.
-Vamos, entonces –aceptó.
Pasaron bastantes horas desde aquel momento hasta que nos bajamos por fin de ese barco, entonces ya estaba anocheciendo. Lo primero que hicimos al pisar tierra fue avisar a los cazadores de piratas.
-Esto en principio parece estar muy bien, pero he oído que los castigos que se les aplican a los piratas son muy duros –me dijo Jacqueline-. A muchos los matan, y... ¡mi hermano está ahí, es el capitán!
-Tranquila. Tú y yo hemos sido víctimas de esos piratas, y si precisamente nosotros queremos que sigan con vida, no los matarán –le aseguré.
En efecto. Los piratas que no lograron escapar fueron capturados inmediatamente, llevados a los calabozos, pero se decidió perdonarles la vida. Y esos malhechores se creyeron que habíamos llegado a La Rochelle por accidente. Es decir, que jamás descubrieron que Jacqueline y yo éramos los responsables de su captura, por lo tanto, no pensaron en vengarse de nosotros.
Después de averiguar todo esto llegó el momento de despedirme de Jacqueline. Me rondaba por la cabeza la idea de pedirle matrimonio, para así no tener que separarnos, pero como ella había renunciado a casarse con Martel, puede que tampoco quisiera casarse conmigo, y si yo se lo pedía, tal vez le quedase un mal recuerdo de mí. Así todo, a lo mejor se lo pedía en otra ocasión, más adelante, si es que la veía por París. Pero en aquel momento le dije:
-Bueno, ha sido un placer grandísimo haberte conocido. Nos veremos por las calles de París cuando los dos estemos allí, supongo. Y ahora, si quieres irte a una pensión, te recomiendo una que...
-¿Ya está? –me preguntó, fastidiada-. ¿Vamos a despedirnos para siempre, no vamos a volver a vernos nunca más? Hay muchas calles en París, ¿piensas que vamos a coincidir por ellas? Te estás desentendiendo de mí, ¿por qué el amor tiene que ser de esta manera?
-Bueno, yo...pensaba quedarme en mi casa de La Rochelle, por unos días. Y luego marcharme a París. Pero bueno, si tú quieres volver a tu casa de París cuanto antes, hacer el camino de vuelta, súbete a un barco hasta Le Havre y te acompañaré.
Ahora que estábamos libres, me sentó mal que se hallase tan enojada, tan fastidiada. A mí también me dolía muchísimo despedirme de ella, pero me aguantaba sin protestar.
-¿Y de qué serviría que me acompañases? –dijo-. Solo sería retrasar un poco nuestro adiós.
-Ya, ¿pero qué quieres...?
Le saltaron las lágrimas.
-¡¡Esta mañana decías que me amabas en serio!! –gritó-. ¡¡¿Por qué no me lo demuestras?!! ¡A mí solamente me valen los hechos! ¡No quiero tus palabras bonitas!
-¡Te he dicho que te acompañaría a París! ¡Jacqueline, no sé qué te pasa!
-Puedo volver a París, pero, ¿y si mi familia ya no me quiere, después de lo que he hecho? ¡Si ellos me rechazan, no tendré a nadie! ¿Y qué hago yo después? ¿Aceptar ese asqueroso matrimonio con Martel, para tener a alguien que me mantenga? ¡¡¡¿Y para eso tanto sufrimiento en el barco, para estar igual que al principio?!!! ¡¡¡Para eso mejor me habría sido quedarme en casa!!! ¡Porque ahora, como lo dejé plantado en la boda, tal vez ni siquiera Martel me acepte! ¿Por qué me pasa esto? ¡Yo respeto a mi familia, solo me escapé porque Martel me hacía sufrir, y por eso yo no lo quería como esposo! Y ahora no tengo a nadie en el mundo. Eso es lo que me pasa.
Cuando Jacqueline dijo lo de << aceptar ese asqueroso matrimonio con Martel>>, comprendí por qué estaba tan irritada. Ella suponía que yo le iba a pedir que nos casásemos, una vez fuera del barco. Y yo no lo estaba haciendo, simplemente, por creer que a ella le parecería mal. Pero yo debía proponérselo inmediatamente, no iba a dejarla desamparada ni un solo segundo en este mundo cruel. La amaba, y ese era motivo suficiente para tomarla en matrimonio. Yo estaba completamente seguro.
Yo nunca la había visto llorar tanto, nunca tan histérica. Y era la primera vez que le escuchaba soltar una sarta de frases de ese tipo.
-Puedo ponerme a trabajar, quedarme en La Rochelle y pedirle a alguien que me contrate –prosiguió diciendo-. Trabajaría para vivir yo sola, sin contar ni siquiera con una persona en el mundo que me quisiese ¡¿Pero dónde viviría yo?! ¡¡Aquí no tengo dinero suficiente para comprar una casa!! Pero... si vuelvo a París y ni siquiera Martel me quiere... no sé qué voy a hacer. Joachim, no me dejes así, por favor. Ayúdame. ¡Tantas veces que me dijiste que me amabas...! Pues ahora necesito que lo demuestres.
Entonces la tomé entre mis brazos, y cuando se quedó en silencio, le dije dulcemente:
-No hace falta que le vayas rogando a Martel que te siga aceptando en matrimonio. Otra opción es casarte conmigo. Haz lo que prefieras.
Ella me miró a los ojos y dejó de sollozar. Yo lo pasé malísimo porque no respondía, creí que dudaba. Pero luego me di cuenta de que no, de que Jacqueline simplemente estaba asimilando mi propuesta, y la vida que se presentaría ante ella si me escogía a mí.
-Gracias –me dijo finalmente-. Gracias por decirme esto, de verdad, me estás salvando la vida.
-No es “gracias”. Es que te quiero.
-Yo también.
La miré, sintiéndome responsable de lo que a ella le fuese a ocurrir a partir de entonces, y le dije:
-En París trabajo en un hostal que da comida y alojamiento. Soy cocinero, lo que pasa es que en el barco yo no hacía la comida porque ya se encargaba otro. Al hostal suelen ir bastantes personas, así que, con lo que gano allí, podremos vivir holgadamente. Además, pinto cuadros y... cuando vendo alguno, me lo pagan bien.
Yo ya había estado en La Rochelle anteriormente; sabía en dónde se encontraban la iglesia y la vivienda del cura. Por eso Jacqueline y yo nos casamos ese mismo atardecer. En la ceremonia estuvimos presentes los dos solos y el sacerdote, sin invitados, y llevamos puesta la misma ropa que en el barco. Yo le comenté a Jacqueline que ella se merecía algo mejor. Y la joven me aseguró que prefería esa boda conmigo que una muy pomposa con Martel. Además, yo a ella la noté muy serena y muy segura de estar haciendo lo correcto.
Cenamos en la pensión que yo conocía, y la dueña nos redujo el precio cuando yo le dije que me acababa de casar con Jacqueline. Una cena con los demás huéspedes hizo las veces de banquete de bodas, y los comensales se divirtieron mucho con las anécdotas que yo les conté sobre el viaje en barco pirata. Al terminar de cenar, Jacqueline y yo nos dirigimos a la vivienda que yo tenía en La Rochelle. Allí pasamos nuestra primera noche de casados.
Al día siguiente cogí todo el dinero que tenía guardado en mi casa de La Rochelle y emprendí el viaje a París con Jacqueline. Ella quería ver a su familia, ya sin miedo, pues ahora nuestro matrimonio le cubría las espaldas: al estar casada conmigo, nadie podía mandarle que se casase con Martel. Al principio parecía que las cosas iban bien; en Le Havre nos encontramos con la señora Fiquet y a ella le alegró saber que a Jacqueline no le había pasado nada malo en el barco pirata. Nos dio la enhorabuena por nuestro reciente matrimonio y nos proporcionó su dirección por si necesitábamos ayuda para cualquier cosa.
Una vez en París fuimos a la casa de mis padres. Yo les conté lo que me había sucedido en el barco y les presenté a Jacqueline. Me agradó que la calificasen de encantadora. Sin embargo, en la casa de mi esposa no corrimos tanta suerte. El único de la familia que se encontraba allí en aquel momento era su padre. Primero se mostró muy correcto, abrazó a su hija, se notaba que la quería. Pero me di cuenta de que él se había decepcionado al enterarse de que Jacqueline se había casado conmigo. No obstante, intentó ocultar su desilusión para no volver a enfrentarse a su hija. Pero no lo consiguió. Él estaba enfadado y era cuestión de tiempo que su rabia explotase. Y eso ocurrió cuando Jacqueline le explicó que Guillaume-Thomas se encontraba preso en La Rochelle por ser pirata. El señor Lebon se negó a creer que su hijo pequeño había cometido tal crimen, y acusó a Jacqueline de mentirosa.
-¡No quiero que me vengas con mentiras! –le dijo-. ¡Si aún no tienes valor para admitir las barbaridades que hiciste por fuera, prepárate y vuelve más tarde! ¡Pero no inventes tonterías!
Intenté convencer al señor Lebon de que Jacqueline decía la verdad, pero él tampoco me creyó a mí. Volvió a repetirnos que volviésemos cuando estuviésemos dispuestos a admitir la verdad, y yo, al no poder convencerlo, ya me levanté para irme.
-Quiero ver a mamá y a mis hermanos –dijo Jacqueline.
-Ahora no están –respondió su padre-. Si quieres verlos, aprende a ser sincera y vuelve otro día.
A Jacqueline le afectó la actitud de su padre. No sabía qué hacer, ni cómo congraciarse con él. De cualquier forma, la joven y yo nos quedamos en París. Vivíamos los dos en casa de mis padres; ellos en el piso de abajo y nosotros en el de arriba. Yo trabajaba en el hostal, al igual que Jacqueline. Ella se empeñó en trabajar también, a pesar de que yo le había asegurado que no era necesario, que viviríamos muy bien con mi único sueldo. Pero ella no trabajaba por dinero, solamente quería mantenerse ocupada. Decía que necesitaba pensar en otra cosa que no fuese el rechazo de su padre hacia ella, que si no se volvería loca.
Esa actitud de su padre era una lástima. Jacqueline estaba ansiosa por volver a ver a su madre y a sus dos hermanos mayores, pero no se atrevía a volver a su casa por miedo a que su padre se enfadase más. Exceptuando ese asunto, Jacqueline y yo éramos felices; vivíamos cómodamente y siempre nos habíamos llevado muy bien.
No volvimos por la casa familiar de Jacqueline hasta Nochebuena. Entonces, por fin pudo reencontrarse con su madre y sus hermanos. A los chicos les pareció bien que Jacqueline se hubiese casado conmigo. Y a su madre ya no le importaba nada en este mundo más que volver a ver a Jacqueline, así que se alegró de tenerla otra vez entre sus brazos, sin importarle si el esposo de la muchacha era Martel o era yo. Pero eso no impidió que me tratase muy bien. En cuanto al señor Lebon, no armó ningún escándalo, intentó ser amable. Sin embargo, a su hija y a mí nos trató con cierta frialdad al principio. Pero no al final.
Resulta que a media tarde se presentó un hombre que coincidía con la descripción física que Jacqueline me había hecho de Martel: algo gordo y calvo y con unas gafas horribles. Nos saludó a todos con una falsa cordialidad y luego dijo:
-¡Vaya, Jacqueline, has vuelto! ¿Y para qué? ¡¡Piensas que no tengo nada que hacer más que esperarte!! Te burlaste de mí, ¿y ahora qué quieres? ¿Vienes a suplicarme que reconsidere mi oferta?
Yo lo miré con rabia, sin duda era Martel. Cuando nuestras miradas se cruzaron, él me dijo:
-¿Algo que objetar? Y eso que no nos conocemos.
-Solo quiero que sepa que Jacqueline no ha vuelto para suplicarle nada. Ha venido a ver a su familia –respondí-. Y dado vos no me conocéis, me presentaré: soy Joachim Clerc, esposo de Jacqueline.
Martel se enfureció. No soportaba que la chica lo hubiese abandonado a él para aceptar a otro. Por eso esta vez no fue capaz de aparentar ser educado. Delante de todos nosotros y de la servidumbre, agarró a la joven con violencia, con intención de golpearla, y le llamó traidora y bruja. El padre de Jacqueline lo expulsó inmediatamente de casa. Por fin todos acababan de descubrir cómo era Martel realmente.
El padre de Jacqueline nos trató mucho mejor a su hija y a mí desde entonces. Pasamos una feliz Nochebuena, pero la confirmación de su cambio de actitud llegó a finales de enero. Jacqueline recibió en nuestra casa una nota que decía:
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El asunto de Guillaume nos ha apenado realmente, pero al menos nos alegra saber que tú estás contenta con ese joven Joachim. Yo me obligaba a mí mismo a reprobarlo, en beneficio de Martel, pero ahora admito que Joachim parece muy buena persona, un chico muy simpático, incluso.
Sin duda recordarás que hace unos años hemos comprado una casa cerca de nuestro barrio. Tal vez Joachim y tú queráis trasladaros allí.
Besos,
Jean-Pierre (tu padre) >>.
Aceptamos la proposición de irnos a vivir a esa casa. Mi madre posee una vivienda en Alemania, pero como aquí nos van bien las cosas, no tenemos pensado marcharnos para allá. En efecto, Jacqueline y yo somos felices y por eso resulta extraño pensar que nos conocimos en un barco pirata. Sin embargo, eso no nos ha afectado negativamente. Solo es una anécdota para contarles el día de mañana a los hijos que tengamos.

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